Perras y soldaditos (Giovanna Rivero)

Los orígenes de este cuento según la autora: 

Escribí “Perras y soldaditos” a fines del año 2005, durante tres días de licencia que pedí de mi trabajo de correctora. Había sacado esos días de vacación precisamente para escribir. En verdad, no tenía claro qué. Solo necesitaba escribir para rearmar el refugio de mi imaginación después de un año lleno de equívocos.

Desde hacía un tiempo el tema de la infancia como el único y último paraíso me convocaba poderosamente. Mi propia infancia en Montero había estado poblada de leyendas, verdades y rumores políticos, en simultaneidad delirante con hiperbólicas promesas religiosas en ocasión del fin del mundo. De ese almacén de símbolos adulterados por la fe tomé algunos biografemas con los cuales construir un relato, un mundo donde volviera a sentirme en casa.

Y de la penumbra imprevisible del inconsciente saltó primero la perra. En la gran casa de mi abuela tuvimos una perra que devoró a sus propios cachorros. Durante mucho tiempo sufrí pesadillas con ella, con su decisión saturnal, hasta que me resigné al misterio. Nunca iría a comprender qué la llevó a ese extremo. Aunque quizás la escritura –maestra rigurosa y sorprendente– podría ayudarme ahora a leer mejor a la perra que se volvió a loca y prefirió la intemperie total. Fue ella, su ánima canina, la que me condujo a otros símbolos, a otros personajes.

Uno de mis tíos había pasado una temporada en Alto Madidi, campo de concentración (durante la dictadura de Banzer) donde los mosquitos se encargaban de una parte de las tareas de tortura. A mi tío lo habían confundido con otro universitario y ninguna explicación o súplica consiguió que lo liberaran de esa nueva identidad, una identidad –contaba él– que terminó poseyéndolo como una deseada encarnación. Mi tío me contó esa historia tantas veces que, con absoluta naturalidad, integré esa vegetación cómplice a mis juegos infantiles. Los helechos del patio eran Madidi. A los dictadores no necesitaba inventarlos. Yo no era yo.

En esos tres días tipo “retiro espiritual de escritura”, me sintonicé profundamente con toda esa fauna y esos queridos traumas familiares que se heredan como las más genuinas de las joyas, y fue solo así como pude volver a casa y sentirme protegida otra vez por la memoria del amor.

(Giovanna Rivero)

 

 

Perras y soldaditos


 

Acababa de cumplir nueve años cuando ocurrió lo que voy a contarles. Mi abuela había comprado a Yerka para que inspirara respeto a los soldaditos del Control de García Meza. Yerka era grande, peluda y sonreía, porque les juro que antes de que ocurriera lo que ocurrió, la perra sonreía, mostraba unos colmillos tan blancos que me provocaba envidia, pues aunque yo le daba duro al Kolynos sabor menta, nunca pude conseguir ese brillo, ese centelleo rabioso parecido a la alegría y al temblor. Después de que Yerka hiciera lo que hizo, mi abuela empezó a envejecer. A veces uno se identifica con los animales más que con las personas, y es posible que mi abuela se hubiera sentido culpable. No sé de qué modo ella podría haberse sentido culpable por lo que ocurrió, pero es una impresión que me salta cada vez que pienso en ese asunto. Después de eso, nunca más hubo animales en la casa de mi abuela, nunca hubo, por decirlo de algún modo, ninguna criatura cuya forma de proceder se volviera incomprensible para la inteligencia humana. Los motivos de los animales son siempre extraños y si tratás de entenderlos, podés perder los tornillos. Sin embargo, hasta mis nueve años, los más felices de mi vida, teníamos a Lucía, una gata de ojos bicolores, a Yerka, la perra sonriente, y a tres gallinas ponedoras que hacían las vacaciones mucho más bonitas y bulliciosas. También me gustaban las tardes de silencio, poner el oído en el pasillito donde mi abue había enterrado al tojo muerto, imaginar que escuchaba su llanto de bebé-bárbaro, de almita en pena, susurrarle palabras de consuelo, promesas que no estaba segura si un día iba a poder cumplir. Lo imaginaba morado por el cordón que le había quitado el último oxígeno, la lengüita como un gusano dormido, morada igual. Aun así no le tenía miedo. No lo había conocido, pero lo extrañaba; se suponía que debía ser otro tío, pero no había podido crecer, se había estancado dentro de la tierra como una raíz equivocada, éramos iguales.

……….Definitivamente, sin embargo, el parloteo de las gallinas era lo único que me sacaba del aburrimiento. Era horrible estar aburrida. Mil cosas no tenían respuesta y eso era desesperante. No había una explicación satisfactoria para el comienzo de todo y el final final, absoluto final de las cosas. Tal vez el tojo bárbaro había muerto, no estrangulado con el cordón umbilical, como todos decían, sino a causa de esa otra asfixia que nace del estómago y sube y sube hasta clausurarte, sin respuestas a las preguntas más sencillas. Esa lesión también es fatal.

……….Ahora, es justo decir que las gallinas estaban condenadas desde el principio, cuando llegaban en su infancia de pollitos, todavía temblorosos en cajas de cartón, y entonces acariciarlos era todo un estremecimiento, podías sentir sus huesitos, los delicados cartílagos cediendo al tacto… Era tan grande la tentación de triturarlos que debías hacer un puño con la mano libre. Me calmaba pasando la mejilla por sus plumitas, como si en verdad los amara, como si mis sentimientos fueran serios y eternos. En ese momento lo eran. Con las gallinas ya crecidas, la idea era engordarlas, engordarlas y engordarlas para desplumarlas en Navidad, a ellas y a sus flamantes pollitos. Los huevos que no prosperaban los hervíamos por solo dos minutos para no calcinar toda su placenta y los bebíamos directo de las cascaritas. Pero lo mejor siempre fue el locro; allí flotaban las presas de nuestras gallinas como piezas irreconocibles de un rompecabezas. Confieso que esto no me hacía sentir mal. En cada bocado que me metía a la boca, una alegría ácida me hacía salivar, me abría el apetito. Comer lo que vos misma has alimentado es un aderezo irresistible. Puedo jurar que abue era de idéntica opinión, por el modo en que chupaba las presas peladas, sorbiendo hasta la savia oscura que rellena los huesos, absorta en ese placer tan pequeño, casi vergonzoso.

……….En cambio, Lucía, la gata, siempre fue más astuta. No confiaba demasiado en los humanos, sospechaba que éramos seres crueles, del modo en que se puede ser cruel cuando sos humano. O quizás solo fuese que Lucía percibía nuestras costuras, la torpeza de los remiendos, las cicatrices brotadas de nuestros miedos, y por eso se escurría como un río arisco por entre las macetas. En mi caso, era terrible tener nueve años y se me hacía cada vez más difícil seguir fingiendo, mintiéndoles a todos sobre mi frágil bondad. La gata registraba bien este dilema y maullaba con sarcasmo en el alféizar de mi ventana. Sus miau infinitos me hacían pensar en los “tímpanos horadados” sobre los que mi abue me había contado una historia horrorosa. Maldad pura. No la de mi abue, sino la de Lucía. Quiero decir que hay formas de ser cruel y que los otros, estos seres a quienes creemos domesticar, también pueden ser crueles. Cuando a Lucía le tocaba parir elegía tejados ajenos, buscaba otras patrias para sus gatitos, nos despojaba de ellos con explícito desdén. Sus crías eran bolas diminutas de pelos blancos y ojos bicolores que parecían anunciar con un precoz cinismo: “Los encontrás en Óptica el Ojo Maldito”. Eran tan bonitos como Lucifer antes de su caída. La extradición de los gatitos era imposible. Los vecinos del lado izquierdo de la casa, donde casi siempre Lucía decidía alumbrar, se enternecían y caían en la trampa del amor. Allá ellos con los dominios felinos a los que acababan de rendirse. Los vecinos del lado derecho de la casa, bueno, ella, la gorda enorme, solo tenía un loro, un loro eterno y verde que odiaba al resto de los animales. El loro chillaba “¡judíos, judíos!” en cuanto veía a uno de nuestros animales, fueran la gata, la perra o las gallinas. La gorda le remojaba pan en Toddy como premio a su falsa delación y el loro hundía el pico, orgulloso de sí mismo, verde y estúpido. Pero no, no es del loro que necesito escribir, faltaba más, ni de Lucía y sus gatitos malignos y hermosos, sino de Yerka. De Yerka, que había llegado un día con la pata agusanada, pese a ser una cachorra. Alguien la había atado con alambre de púas, quién sabe por cuánto tiempo y por qué desquiciadas razones. Abue le salvó la pata, pero de todos modos a Yerka le quedó una renguera casi imperceptible, un modo de asentar la izquierda delantera como si estuviera dando un pasito de tango o midiendo el borde de un precipicio. Esta especie de aristocracia, estoy segura, le alejó un montón de pretendientes.

……….Ese verano, sin embargo, Yerka ostentaba una panza enorme y nueve magníficos pezones (nos había venido impar), toda una madre. Por las tardes, se despatarraba sobre la losa fría del umbral para soportar el calor. Hasta las paredes sudaban, dibujando manchones como mapas de países imposibles. Los soldaditos sufrieron más que nunca, entraban a las casas y miraban bajo los catres y en los roperos por si encontraban algún traidor a la patria. Debido a algunos rumores, llegué a pensar que los traidores a la patria eran hombres que se acostaban con mujeres casadas y con viudas, una imprecisión, sin duda, pero una imprecisión que en el verano más importante de mi vida no implicaba ninguna inmoralidad. Nadie salía seriamente dañado de ese juego de escondites. Si entonces hubo un par de balazos se debió, como opinaba mi abue, a la incapacidad de atemperar la rabia. “Es un incapaz”, decía mi abue, y tal estigma era imborrable. Una vez realizada la inspección, los soldaditos exigían agua, bebían desaforados, se mojaban la nuca y seguían con la siguiente casa. Esto podía ocurrir cualquier día de cualquier semana de aquel verano.

……….Tío Pinocho, el tojo vivo, acababa de volver de La Paz, donde estaba terminando sociología, y el pequeño infierno lo esperaba para cocinarle las tripas. Era la forma en que mi abuela se refería al futuro de sus hijos y sobrinos que habían preferido los estudios universitarios a los cupos para sembrar caña. Ese verano tío Pinocho no quiso llevarme a upa sobre sus hombros. Se sentaba bajo la parra de uva a pensar, eso decía, “quiero pensar”, y pensaba. Pensar cansa. Tío Pinocho sudaba, pero no de la forma en que el verano te hace sudar, sudaba por las manos y por la frente, con gotitas frías y perfectas, canicas de cristal para jugar a las guerras. Eso era pensar. Tío Pinocho abría las palmas de las manos y Yerka se las lamía.

……….—¿Por qué no tenés uñas? Tío, ¿por qué no tenés uñas? ¿Por qué, por qué, por qué? —Los tíos no son lobos feroces. No mi tío, él no era el tipo de persona que fuera a contestarte: “Para limpiarte mejor los oídos” o “para horadarte los tímpanos”—. ¿Van a crecerte de nuevo las uñas?

……….Pero pensar te atonta. Pensar te quita las ganas de tener amigos. Por lo menos mientras te crecen las uñas. Yerka lo lamía como toda una madre, esa panza sería su primera camada y, sin embargo, parecía tener toda la experiencia del mundo. Aun ahora creo que a tío le crecieron de nuevo las uñas por las lamidas de Yerka, la entrega con que Yerka lo cuidó, como toda una perra, una amiga verdadera y leal, alguien que no tiene un solo pensamiento de crueldad hacia vos.

……….Yo estaba feliz de tener nueve años aquel verano. Apenas le daba importancia al dilema de mi crueldad interior.

……….—Nunca seré vieja —decía, probándome la dentadura postiza que abue dejaba reposando como un submarino en un vaso de cristal. No me importaba vivir en el pequeño infierno, no sabía que eso era un pequeño infierno.

……….—Cuando seas grande —me recomendaba mi abuela—, vas a irte de aquí, no vas a volver. Aquí no hay nada para nadie.

……….Pero en esas tardes largas, de un sol perpetuo, yo era feliz y me gustaba ver pensar a mi tío bajo la parra de uva. A sus pies, Yerka también pensaba, se le notaba en la humedad oscura del hocico. Además, Lucía por primera vez nos había traído un gatito asustado. Los ojos bicolores no le servían para nada. Nos enteramos de que todos los gatitos le habían nacido ciegos cuando vino la gorda de la vecina con una bolsa movediza, vociferando, gritándole a mi abuela acerca de ciertos abusos de confianza que ciertas personas se mandaban como si tal cosa. Su cocina, dijo la gorda, no era un lugar para que las gatas ajenas vinieran a parir ensangrentándolo todo, qué asco, decía la gorda, y vociferaba sobre la educación y por qué estaba de acuerdo con García Meza y los soldaditos que transpiraban como chinos para recuperar el mar y poner algo de orden en la nación. Dijo que su loro había empezado a gritar “¡judíos, judíos!” y que si un loro podía darse cuenta de las cochinadas de otros, cómo era posible que una persona no pudiera ser considerada con los demás. Un abuso de confianza.

……….En ciertas casas, dijo la vieja gorda, indicando con el índice cuál era esa cierta casa, y por supuesto apuntando a nuestra casa, no había diferencia entre las personas y los animales. ¡Ninguna diferencia!, vociferaba, todos éramos unas bestias.

……….Y este es el punto donde Yerka crea un problema. Porque Yerka le salta a la vieja gorda y le arranca un pedazo de mejilla. Nadie vaya a creer que Yerka se comió el cachete de un socollón, esto, en honor a la verdad, no ocurrió nunca. Que luego la vieja gorda dijera que Yerka era una perra muerta de hambre porque mi abuela era un puñete de avara es una exageración. Yerka le arrancó la mejilla y se la llevó a su escondite como si llevara un hueso. En honor a la verdad, mi abuela acompañó a la vieja gorda hasta el hospital y luego estuvo pagando la curación durante largo tiempo, incluso después de que llegaron los sures, el invierno, la primavera, la Navidad y yo cumplí diez años y luego once, doce, y el pequeño infierno se hizo todavía más pequeño, hasta que un día tomé mis cosas, es decir, una mochila, dos maletitas de cuero, mi colección de historietas y una caja musical con joyas de mi abue para “empeñar en caso de hambre”. Pero esa es otra historia, y hoy me he propuesto hablar de Yerka.

……….Decía, entonces, que Yerka se abalanza furiosa y babeante sobre la gorda, una cosa de tres segundos sangrientos, tres segundos potentísimos que terminaron convirtiendo aquel verano en un tiempo triste.

……….El verdadero problema, sin embargo, no fue la mejilla arrancada, sino la venganza de la vecina gorda. La vieja “Máscara de plata” —que así empezaron a llamarla los chicos de la cuadra— avisó al Control que mi tío Pinocho se pasaba la tarde “craneando”, así dijo la gorda, “craneando un modo de tomar el poder”. Los soldaditos vinieron una tarde, la más calurosa de todas, e hicieron todo al revés, es decir, primero exigieron agua, mi abuela les dijo que ahí estaba el grifo, que se sirvieran todo lo que quisieran, pero que a ella nadie le exigía nada de mala manera. Uno de los soldaditos la golpeó en la cara con el dorso de la mano, pero ella ni se movió, ni siquiera lloró, solo dijo: “eso se llama ser machito, ¿no?”. El soldadito quedó con la mano temblando en el aire, parecía listo para dar el revés, ahora con la palma tocando la cara, igual que una caricia, pero mucho más rabiosa. Mi abue lo miró fijo, no con ira, en realidad, sino con abrumadora compasión. “Ortiz”, le dijo bajito, y el soldado, que se veía mucho más niño que mi tío, no bajó la mano, pero se le suavizaron los ojos como si lo acabaran de bautizar. Ortiz. Lo estoy viendo, clarito, con nueve años otra vez, borracha de emociones, asustada pero orgullosa sin estar muy segura de qué, lo estoy viendo como si fuera aquel verano: el soldadito bajó la cabeza, aunque la mano golpeadora seguía en el aire, con ese gesto de los santos de yeso que decoran las capillitas, casi pálida debido a que la circulación de la sangre tiene el mismo camino interior en todos los humanos. Del patio llegaba un vapor que me hacía dudar de las cosas reales. Pensé en correr. Mi abuela se quedaría sola con el tal Ortiz. No me moví.

……….Nada se movió. Estaba tan quieto el mundo que podíamos escuchar a los gusanos de la parra sancochándose bajo el sol.

……….El soldado finalmente bajó la mano blanca, por suerte, porque si todos los soldaditos llegaban a enojarse, es seguro que venía el segundo paso: mirar debajo de las camas, abrir los roperos, y ahí, en el ropero que olía a naftalina y polvo Maja, estaba escondido mi tío Pinocho, sudando, sudando harto, de calor y de miedo.

……….Los soldaditos se fueron sin tomar agua. Y recién cuando ellos terminaron de irse mi abuela se largó a llorar. Tío Pinocho salió del ropero, le habían vuelto a sangrar los dedos y Yerka no estaba cerca para lamerlo como toda una perra, se había escondido porque la hora de tener a los cachorros había llegado. Todo junto esa tarde de verano, los soldaditos, la mano pálida, el calor despiadado, mi tío sin uñas, los soldaditos, Yerka, los soldaditos, mi abuela que no pone la otra mejilla. Y de fondo, del lado derecho de la casa, el loro eterno que gritaba como a cuerda: “¡judíos, judíos!”. Qué inteligencia, qué vivaz.

……….Los posibles resultados de esta historia podrían, en realidad, no estar en conexión con nada. Intento, sin embargo, penetrar en el misterio que siempre fue para mí Yerka, desde que llegó con la pata agusanada, y después, cuando su saliva era capaz de cerrar heridas y de infectar otras. Yerka se comió a sus cachorros. Eran cinco, tres hembras y dos machos. Todos tenían ese color que las mujeres piden a sus peluqueras: chocolate beniano hervido a fuego lento. Los vimos una sola vez, revueltos sobre la estera; eran una manada tibia, cubierta apenas por esa grasita fina que suscita el amor y el hambre. Al día siguiente del nacimiento, un olor a carnicería te hacía picar la nariz. Por un instante mi abuela temió que a la vieja gorda se le hubiera gangrenado la cara. Pero la “Máscara de plata” estaba en su mejor momento, gozando su venganza.

……….Los motivos por los que Yerka se comió a sus propias crías solo ella podría explicarlos. Pero no es cosa de andar pidiendo explicaciones a un animal. Así que los restos, pelos color chocolate, pedacitos de corazón que más parecían de pájaros que de perros, fueron echados a la basura. Abue dijo que lo triste era no haberlos nombrado, como al tojito cadáver que dormía en el pasillo. La bolsa negra donde amontonamos a los cachorros descuartizados atrajo moscas verdes y azules, ninguna negra. Algunas moscas persiguieron a Yerka hasta el umbral y se asentaron en su hocico húmedo; ella ni siquiera las espantó.

……….Yerka nunca más quiso entrar a la casa, aun cuando las tropas de soldaditos pasaran trotando y jugaran a amenazarla con sus escopetas de mentira (luego supe que no tenían balas, que las habían heredado de la Guerra del Chaco y estaban todas oxidadas por dentro y todo era una pose, una pose de machitos, como había dicho mi abuela). A Yerka había que servirle su plato en el corredor, bañarla con manguera en plena calle y hacerle caricias alguna vez, con cuidado, porque de pronto te comenzaba a ladrar con furia y desesperación, poseída por una Yerka que no conocíamos, quizás la Yerka que fue antes, cuando le ataron la pata izquierda, siendo todavía una cachorra sin nombre y sin amos.

……….Lo peor, y es lo que desde el principio de esta historia quería contar, es que a Yerka empezamos a tenerle miedo. No el miedo natural que se le tiene a un perro, miedo a que te muerda, a que te pase su rabia feroz o ese tipo de cosas. Se trataba de algo distinto: evitábamos mirarla a los ojos, temíamos reconocer a alguien malo atrapado allí, encontrar en el fondo de ese animal un espíritu roto. Es, pues, jodidamente triste tenerle miedo a alguien que has amado mucho. De todas las cosas de este mundo, juro que esa es la más triste.

 

Giovanna Rivero nació en Santa Cruz (Bolivia) en 1972. Publicó, entre otros libros, las novelas Las Camaleonas (2001)  Tukzon, historias colaterales (2009) y  98 segundos sin sombra (2014) y los libros de cuentos Niñas y detectives (2009, de aquí sale el cuento que hoy publicamos) y Para comerte mejor (2015). Vive en Estados Unidos, donde realizó un doctorado en Literatura Hispanoamericana en la Universidad de Florida. Sus cuentos han aparecido en antologías como El futuro no es nuestro (Eterna Cadencia, 2009) y  Región. Antología del cuento político latinoamericano (Interzona, 2012). 

La imagen que acompaña este texto le pertenece a Kathy S. Leonard y se encuentra en el libro de cuentos Sangre  dulce (2006), donde  hay una primera versión de “Perras y soldados” con el nombre de “Ladrando bajito”.

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