Almuerzo en familia

Tapa web Sombras de verano-01 1

de Guillermo Ruiz Plaza

Al bajar del Volkswagen, delante de su casa, Humberto vio la puerta de la calle entreabierta. Fue lo primero que le llamó la atención. Empujó la puerta de hierro y entró en el jardín. Le extrañó escuchar las voces de sus suegros. ¿Cómo podía ser? Dio unos pasos y las voces callaron. Sus suegros, su mujer y sus dos hijos estaban sentados a la mesa circular en medio del pequeño jardín. Había dos jarras sobre una charola que brillaba al sol. Habían almorzado con ellos el día anterior, como todos los domingos. ¿Vendrían también los lunes? No faltaba más que eso. Deseó que llegara el viernes de cacho y póker con sus amigos. Se acercó y saludó. Nadie se volvió. A los pies de la mesa, Laika mordía con saña uno de esos huesos de plástico que siempre acababa deshaciendo. No quería ni tenía por qué recordarles a sus hijos y a su mujer que la perra debía permanecer en el redil, así que agarró a la doberman del collar y la arrastró hasta allí. No fue fácil. Laika se resistió gruñendo. Cerró la puerta metálica del redil y miró a los otros, que no parecieron inmutarse. Cada vez que se lo recordaba a Javier, este lo miraba con mudo desafío. “Cambios hormonales”, le había dicho Laura, como disculpándolo. Pero esa mirada lo ponía muy incómodo, y no era solo eso, sino también el entrenamiento al que, desde hacía meses, sometía a diario a la perra. Le molestaba que se pasara el día afilándose los dientes en esos huesos que Javier le compraba por decenas, atacando palos envueltos en trapos y cosas así. No entendía el empeño que ponía su hijo en convertir a Laika en un perro de presa. Le hubiera gustado que tuviera distracciones más sanas.

……….Humberto volvió a saludar a la familia. Creyó ver un saludo, discreto y educado –una leve inclinación de la cabeza–, en el ademán de su suegro. Los demás siguieron tomando en silencio. “Es verdad que hace calor”, pensó y se aflojó la corbata. Miró el pico y la pala, apoyados contra la pared de la casa, sobre la tierra del cantero. Ya hacía meses que había cavado esa banda de tierra a lo largo de la pared, cuando aún estaba desempleado. No tuvo tiempo de abonar la tierra ni de plantar nada, pues empezó a trabajar en el supermercado. En todo ese tiempo, nadie había tenido la iniciativa de hacer la siembra ni de tocar el cantero, ni siquiera de guardar el pico y la pala en el depósito. Y él no quería ni tenía por qué hacerlo. Carraspeó. Nadie pareció darse por aludido. Dándole la espalda, Martín sorbía una bebida granate de su vaso inclinado. Le dolió, pues su hijo menor era el único que aún lo recibía con cierto cariño, con cierta espontaneidad. Además, le pareció que se forzaba a beber bajo la mirada atenta de los otros. “¿Qué están tomando?”, preguntó. Necesitaba que alguien le contestase. No obtuvo respuesta. “Qué porquería habrán traído esos viejos”, pensó, y los imaginó, con la mirada paternalista de siempre, regalándole a Laura dos botellas baratas como si fuese vino del bueno. ¿El niño tomando?, ¿sería posible? ¿Laura era capaz de permitir algo así? Lo asustó hacerse la pregunta. No, no era posible. Además, ella podía tomar a mal cualquier comentario. Todo lo que pudiera decir delante de sus suegros podía ser interpretado por ella como una falta de educación o, peor aún, como una ofensa. No sabía a qué se debía exactamente la exasperación de su mujer. Desde hacía meses, todo era motivo de reproche. ¿Era por su nuevo empleo? El primer afectado era él, y no se quejaba. Por lo menos tenía un trabajo fijo. Laura no entendía lo que implicaba la crisis económica. No la vivía como él, en la calle, sino encerrada en la casa. Tal vez por eso tantas recriminaciones. Que con lo que él le daba no le alcanzaba ni para comprar fruta. Que se veía obligada a comprar leche en polvo en lugar de leche de vaca.

……….–Amor, te garantizo que esta es leche de vaca –respondía Humberto.

……….Ella lo escuchaba, pero no parecía convencida y seguían lloviendo los reproches. Que ya no recordaba la última vez que les había comprado zapatos a los chicos. Que necesitaban útiles, ropa. Que Javier había tenido que conseguir trabajitos durante las vacaciones para ahorrar y poder comprarse un traje para su graduación de fin de año. Que ella no importaba, pero la verdad es que no tenía ni para comprarse una crema. Que lo importante eran los chicos y ya no recordaba la última vez que habían comido carne en esa casa. Él le respondía que había hierro en las lentejas y en los huevos que comían casi a diario y le preguntaba si no había oído hablar de las inundaciones en el Oriente y de la crisis alimentaria mundial para después asegurarle que eso explicaba –antes que su nuevo sueldo– los sacrificios que debían hacer para llegar a fines de mes. Ella insistía en que hasta sus padres, que vivían de sus jubilaciones, comían carne. Sus suegros… Esa era otra pregunta que se hacía. ¿Por qué venían tanto? Al principio, solo venían los domingos; después se fueron sumando a los almuerzos de los sábados. Y en los últimos tiempos, encontraban no sabía qué placer en meterse en casa en días de semana cuando, decían, “andaban por aquí”, y como por casualidad, siempre poco antes o justo en el momento de pasar a la mesa. Pero los lunes era un alivio saber que sus suegros no vendrían. Hasta hoy. Laura también había cambiado. Hacía muchos años que no trabajaba. Se había alejado de sus viejas amigas y no había hecho nuevas. Solo charlaba con la vecina cuando sus hijos pasaban la tarde juntos. Pero Laura le confesó a Humberto que se sentía incómoda porque los vecinos eran “gente con plata”. Qué vergüenza si los chicos, para hacer la tarea, tenían que pedirle prestado los útiles al vecino. Qué vergüenza no poder retribuirle a la vecina la invitación a almorzar. Y cómo se comía en esa casa, por Dios. La invitaron un par de veces en esos días en que los chicos hacían juntos la tarea. Chuletas de cordero a la plancha, puré de manzana, ensalada con nueces y roquefort. Prefería no invitarla y quedar mal a servirle un plato de arroz con huevo o arroz con lentejas. Por eso ya no iba a casa de la vecina y por eso ya no dejaba ir a sus hijos. Humberto le dijo que estaba castigando a los chicos, que la pasaban muy bien con el hijo de la vecina. Laura le contestó que él –sí, solo él– les estaba infligiendo ese castigo por su “sueldo miserable”.

……….Quizá por eso, por encontrarse aislada, Laura invitaba a sus padres cada vez más seguido. No le bastaba devorarlo a él con reproches. No le bastaba poner a los chicos de su lado con sus quejas mentirosas. Era evidente que Laura necesitaba a alguien más con quien desahogarse. Además, sus suegros, inmutables e impenetrables cuando él llegaba del trabajo, eran sin duda más que comprensivos con ella, pues en los últimos tiempos Laura le respondía con insultos inhabituales –“vago”, “tacaño”, “parásito”–. Humberto no decía nada. No quería y no tenía por qué discutir con su esposa.

……….Entonces se le ocurrió: ¿y si lo del dinero era solo un pretexto para traducir un malestar más profundo? ¿Era posible que Javier, que solía frecuentar las discotecas del centro, lo hubiera visto alguna vez con Nadia? Tal vez por eso Javier le dirigía miradas cada vez más desafiantes. ¿Cuántas veces le había pedido a Nadia que no salieran, que se quedaran en el apartamento de ella en Obrajes? Pero después del sexo, Nadia se ponía eufórica y ya no había quién la detuviera. Quería salir a bares, a discotecas, quería conocer gente, bailar. Había algo en ella que no le permitía quedarse en su casa. No parecía aceptar el hecho de que esa etapa de su vida ya había pasado. Nadia era joven aún –tenía 35 años–, pero a Humberto le habría gustado no tener que mezclarse con veinteañeros cada noche de viernes, en boliches de moda, exponiéndose y poniendo en peligro esas veladas en que, se suponía, jugaba cacho y póker con sus amigos. Ese espacio de libertad había sido una de sus pocas conquistas en la larga relación que mantenía con Laura. Por lo demás, solo le quedaban los minutos que le robaba a la vida. El momento en que, al coincidir en un descanso delante de la cafetera, Nadia lo miraba de una forma inequívoca, prometiéndole un goce que, poco después, cumplían con urgencia golosa en el baño del supermercado. ¿Era posible que, a través de sus continuas recriminaciones, Laura estuviera dirigiéndole una llamada de socorro?

……….Eran solo conjeturas suyas y no podía estar seguro de nada. Por un lado, sus suegros se mostraban serios y hasta fríos con él, pero también educados. Por otro, su mujer no había aludido jamás a sus reuniones de los viernes ni se había mostrado celosa o suspicaz los sábados por la mañana, cuando amanecían juntos. Pero en la cama, ella siempre le daba la espalda y se negaba a hacer el amor so pretexto de que ya no le gustaba su propio cuerpo. “Ya no soy una jovencita de treinta años”, decía. Por primera vez, Humberto vio en esa frase una indirecta directísima. Hizo memoria. Llevaba seis meses con Nadia. ¿Cuánto tiempo hacía que su esposa se comportaba así? Más, mucho más, se dijo con cierto alivio, ya que parecía descartar la posibilidad de que se hubiera enterado.

……….Pero ahí estaba Laura, rodeada de sus padres y sus hijos, ignorándolo, como si su llegada hubiera interrumpido una discusión confidencial, como si estorbara. Él, que apenas media hora antes le había dicho que no a Nadia, que otro día irían a comer juntos, porque hoy era lunes, y la regla del lunes ella ya la conocía. No quería perder el contacto con sus hijos, especialmente con Martín. Hacía apenas un año, Martín era todavía el niño que, al amanecer, se metía en la cama y le decía: “Papá, dame un abrazo de oso”, y se quedaba dormido a su lado con el pulgar en la boca. Ahora Martín le daba la espalda. Era extraño. Pero Humberto no quería forzar las cosas. Martín volvería a él.

……….Pensando en ello, se volvió, cruzó el patio y entró en casa. Recorrió el pasillo hacia la cocina. De costumbre, a esta hora lo recibía el olor de la comida, pero ahora no sintió más que el encerado. Sintió una punzada en el estómago. “No está listo. El almuerzo no está listo”, pensó con aprensión. Se detuvo frente a la puerta de la cocina, tomó el picaporte: estaba cerrada. Miró su reloj. Solo le quedaba media hora para comer. Fue hasta el comedor, esperando encontrar algo para picar. Notó con cierto disgusto que su esposa había sacado la vajilla de las ocasiones especiales, regalo de boda de sus difuntos padres. Los platos de cerámica relucían a la luz que se filtraba por la ventana. Pero no había comida. No había nada, solo platos vacíos. ¿Por qué no habían sacado los cubiertos? Sintió una vaga inquietud. La puerta entreabierta, el silencio de sus suegros, de sus hijos, de Laura. La cocina cerrada. Y, ahora, la mesa puesta sin tenedores ni cuchillos. Eran demasiadas cosas. ¿Qué estaba pasando?

……….Caminó hacia la pequeña ventana que estaba entre el comedor y la sala. La abrió. Solo podía ver una parcela del jardín y la mesa de hierro. Sin sacar la cabeza, vio cómo todos seguían en su domingo. Sentados, los vasos sobre la mesa, como si tomaran el sol o esperasen algo. Todos vacíos, excepto el de Martín, que seguía tomando. En las jarras no quedaban más que dos o tres cubos de hielo. Parecía el resto de una sangría sin frutas. ¿Laura era capaz de permitir algo así? Martín secó el fondo de su vaso y el mayor le dio una palmadita en la espalda, como cuando lo felicitaba por haberse defendido en la escuela. “Ya lleva tiempo comportándose como si fuera el…”, pensó Humberto, pero no tuvo el valor de terminar la frase. Entonces, como si hubiera leído sus pensamientos, Javier se volvió hacia él. Tenía la mirada vidriosa. Humberto vio cómo Laura se levantó y cómo los otros se volvieron hacia la ventana desde donde los miraba. Creyó ver en esos ojos un rencor antiguo y un coraje reciente, etílico. Se oyeron los ladridos chillones de Laika y la puerta del redil al abrirse. Los otros empezaron a levantarse uno tras otro, sin prisa. Todos, excepto Martín, que dejó caer el vaso y se resbaló al bajar de la silla. Su hermano lo ayudó a levantarse y le dirigió una última mirada a Humberto antes de salir de su campo de visión. Con un mal presentimiento, cerró la ventana y retrocedió unos pasos. Un crujido. Giró la cabeza. Había pisado el borde de un plástico de dos metros cuadrados cubierto de una fina capa de polvo. Lo reconoció, debía proteger el cantero que nunca llegó a sembrar. Recordó el pico y la pala apoyados en la pared de la casa, sobre la tierra intacta. Miró el plástico extendido a unos pasos de la ventana, como si hubieran estado seguros de encontrarlo ahí. Instintivamente, agarró un plato, puso el cuerpo en tensión y miró hacia la puerta. Entonces lo invadió un cansancio sin nombre y dejó caer el plato. No, ya no tenía por qué defenderse. Recordó a Nadia y sintió la necesidad de llamarla, de escuchar su voz por última vez, de pedirle perdón. Sacó el celular pero en ese instante se oyeron los zarpazos de Laika en la puerta, que se abrió con suavidad, como si la empujase un niño. Lo primero que vio fue la manita de Martín, luego su cuerpecito titubeante. Después ya solo el grupo a contraluz, del cual se levantó la orden tajante de una voz masculina, casi adulta, que lo estremeció, y, de inmediato, a la doberman que se abalanzaba sobre él con un gruñido, enseñándole los dientes como en una feroz sonrisa de foto familiar.

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Guillermo Ruiz Plaza (Bolivia, 1982) es autor de los libros de cuentos El fuego y la fábula (Gente común, 2010), La última pieza del puzzle (3600, 2013), Sombras de verano (Edite-moi, 2015 / Editorial 3600, 2016) / Cosas que se pierden (E-book, Suburbano Ediciones, 2016). En poesía es autor de Prosas sacras (Plural, 2009) y de  El tacto y la niebla (Paroxismo, 2016/ Editorial 3600, 2016). Ha publicado la monografía Eduardo Mitre y la generación dispersa (3600, 2013) y participado en la elaboración de Vértigos, antología del cuento fantástico boliviano (El Cuervo, 2013). Actualmente reside en Albi, Francia. El relato Almuerzo en familia, que presentamos en esta oportunidad, forma parte de su último libro Sombras de verano.

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