Mosaico

 

De Fabricio Callapa-Ramírez

……….Son hasta ahora dos meses desde que cerraron la chichería del barrio y parece definitivo, no hay rastro alguno de la dueña o alguno de sus familiares, solamente los niños –que antes veían a sus madres trabajar con los ebrios de turno– se pasean por la casa como si estuvieran saboreando su orfandad.
Hay algo extraño en todo esto, pero creo que sólo ha de afectarme a mí, y no porque que sea un borracho empedernido y cliente habitual, sino que esa puerta sin abrirse despierta un vacío, un trabajo inconcluso que se hizo familiar.
……….Desde la apertura de aquel local, hace tres o cuatro años, uno podía contar a los borrachos del día, todos con una mezcla de albañil y pantalones jean y alguna que otra chamarra de negro. Y como la esquina del barrio daba a una espaciosa avenida, aún bloqueada por la tierra, se volvió un campo libre para que ellos terminaran botados entre el cemento o apoyados en algún árbol de las aceras.
……….Aquel cuadro siempre suscitaba una mirada curiosa y hasta indignante para algunos vecinos. Al comienzo pensaba lo mismo y, como ellos, me uní en una campaña para que clausuren semejante lugar de alcohol y perdición. Temía que los borrachos fueran a provocar algún que otro desmán, asaltaran a cambio de trago o dinero o sencillamente nos mataran. Quizás exageré, pero las luchas de los vecinos contra la chichería parecían los típicos correteos de gato y ratón, sucesivos encuentros de tira y afloja sin llegar a ningún destino. La chichería cerraba… por unos días, los vecinos armaban despelote, otra vez cerraba, otra vez abría, otra vez así, un juego infinito.
……….En fin, pienso que situaciones así son moneda común en una pequeña ciudad como ésta, y más aún en sus zonas periféricas o de tránsito donde profesionales, al igual que yo o mi esposa, asientan sus hogares como dormitorio y patio durante los fines de semana y le pillan algún cariño al barrio, a su relativa tranquilidad, a la falta de estrépito, a la indiferencia vecinal que se resume a la imagen de niños jugando los sábados en las plazuelas con misioneros evangélicos, adoctrinándose y jugando… sí, a esa clase de indiferencia.
……….Además, siempre fui un fanático de los atardeceres y nuestro barrio quedaba detrás de unas calles empinadas que te invitaban a ver el paisaje en su esplendor. Por aquel motivo había comprado una cámara fotográfica semiprofesional para capturar aquellas puestas de sol, tan llenas de colores intensos cuando parecían desvanecerse. Sin embargo, terminé sintiéndome enredado a los distintos cables de electricidad que sofocaban el encuadre, así que me resigné a tomar algunas fotografías con un matiz más deprimente del que tenía imaginado.
……….Estaba desanimado hasta que una tarde de domingo, mientras regresaba de un paseo con mi esposa, sentí el deseo y el riesgo de fotografiar a uno de esos borrachos que estaban tirados en plena calle. Había un hombre cuyo cabello, grasiento y negro, se encontraba alborotado mientras de sus labios salía una espuma verde y blanca. Me acerqué con sigilo y me paré sobre él, con las piernas abiertas, sin tocar el cuerpo. Pensaba capturar su imagen, pero no desde un ángulo cualquiera, sino de frente, tomarle la foto como si de un carnet se tratase o del trabajo de un foto-estudio.
……….No puedo negar la emoción y el miedo que llegué a sentir en aquella tarde, pues al escuchar el clic de la máquina lo vi toser de golpe. Giró hacia un costado, dejándome su perfil y babeando hacia el suelo. Estaba tan nervioso que me moví a una velocidad milimétrica. Para mi suerte, el hombre permaneció quieto y yo ya me hallaba en la cuadra del frente, con mi esposa, revisando la fotografía en la pantalla y, tras esta pequeña hazaña, llegamos a casa como si no hubiera tomado una sola fotografía, sino todo el concepto para un mosaico.
………..Así, durante ochenta y tres o noventa semanas discontinuas, salía de mi casa a los alrededores de la chichería, con la cámara en mano, dispuesto a cumplir mi obra. Tuve la fortuna de no toparme con los mismos tipos, ya que cada semana traía al nuevo borracho. Si no capturaba alguna foto que me convenciera era porque los veía revolcarse con desidia o ganas de levantarse en cualquier minuto.
……….En los archivos de la compu abrí una carpeta con el nombre de “Mosaico de Promoción”. Mi esposa sólo se mantenía en silencio, aunque sentí una especie de apatía disimulada ante mi obsesiva obra. Supuse que tarde o temprano este pasatiempo podría volverse un tema de discusión, supuse que no le parecía correcto mi actuar, pues ella había trabajado como profesora de Artes Plásticas en una escuela rural y allí, parte de los ancianos indígenas, mantenían una actitud distante y huraña ante las formas de registro, a las cámaras y las grabadoras. Yo imaginaba que todas esas comunidades creían que estos aparatos capturaban parte de tu alma a un objeto alejado de ti, y este era el respeto que mi esposa esperaba para ellos. Pero no era sólo aquello, porque lo confirmé al escuchar su murmullo mientras la música cubría nuestra sala de estar, ella soltó la voz en un tono de reproche: estás agarrando pueblo.
……….Entendía la alusión… a fin de cuentas, yo no era un fotógrafo de profesión y mucho menos un artista conceptual, pese a la idea que había seguido con tanta dedicación. Ella creía que iba a colar ese cuadro en alguna de sus exposiciones y que me haría de alguna especie de fama o de punto de arranque para creerme artista, lo que a ella le repugnaba por apropiarme de personas que eran ajenas a mi mundo, así como todos esos acuarelistas que pintan campesinos y se proclaman artistas populares de conciencia social. Hay gente que apenas tiene un rostro para ser alguien y es injusto que tú las tomes y sin su permiso y peor aún –me dijo cuando ya no lo pudo soportar– en circunstancias que nadie quisiera verse en público.
……….Se trataba de una cuestión ética, es cierto, pero mis intenciones no se orientaban hacia alguna exposición, sólo de un pasatiempo un poco más raro en comparación a los demás. Aquellas semanas fui armando el álbum y, pese a que había tomado más de ochenta fotos, descarté bastantes porque presentaban una cierta similitud expresiva. Traté de colocar un nombre a cada uno, escribía etiquetas como “borracho triste”, “borracho sonsoalegre”, “borracho cocalero”, “borracho ingenuo”, “borracho madrugado”, “borracho moribundo”, “borracho zombi”, “borracho cabra”, “borrachoco desabrido”, etc.
……….Había que pasar a la edición. Usé photoshop y comencé a vestirlos con togas azules y bandas rojas. Les añadía una especie de fondo, dibujando en la parte del asfalto y procurando efectos de tizas de colores. Y aunque se vieran despeinados y hechos mierda, iban quedando poco a poco en un conjunto armónico. Las fotos quedaron en un número de treinta y cinco, pero ya había encargado a la vidriería un marco para el mosaico de treinta y seis, y vaya estupidez, me faltaba una sola captura.
………..Sí, sólo una foto. En ese momento creí que ya nunca se iría a concretar, la chichería no daba alguna luz de abrirse y yo en la esquina del barrio, con la cámara, esperando al nuevo borracho que nunca aparecía, y si no era en esa cuadra, en los otros barrios, en las otras cuadras, pero nada, ninguna me convenció.
……….Mi esposa me acompañaba, más que todo para disfrutar el rostro de expectativas rotas que debía exhibir a todas luces, creo que incluso lo degustaba con una mueca de serenidad. Con todo el trabajo ya hecho, sentí que no debía dejarlo así, a medias, por lo que esa mañana le entregué la cámara y me eché en la vereda, desarreglé mi camisa abriéndola violentamente y reventando los botones como pequeñas pepas hacia el asfalto, me recosté y allí le pedí que me pegue, que lo haga sin temor.
……….No sé si fue por seguirme el juego o porque ella contuvo algo ante mi actuar obsesivo, pero empezó a propinarme una soberana paliza. No me quejé, se lo había pedido. Sujetó mi cabeza y jaloneó mis cabellos, hasta que por una torpeza me golpeó contra el cemento. Un fuerte dolor se apoderó de mí, sentía latidos agitados en la nuca mientras todo se volvía oscuro y me sentí desfallecer…
……….Me tomaron alrededor de tres radiografías para comprobar si el golpe me habría producido algún daño severo. Para hacer lo que usted me cuenta –escuché hablar al doctor con mi esposa–, ya debe venir roto desde fábrica. Conmigo recuperado a los dos días después, y por fortuna, sano y salvo ya que los exámenes no apuntaban a nada grave, quise concluir mi obra, pero mi esposa ya portaba en sus manos el mosaico completo. Fue algo extraño que ella lo continúe tras demostrarme su desacuerdo, aunque también estaba consciente de que se había pasado de la raya al pegarme y existía la posibilidad de terminar este trabajo como una forma de pedir disculpas.
……….Lo siento, espero que ahora estés contento, fue lo que dijo. Cargó consigo el mosaico y allí pude verlo, treinta y seis estudiantes de la Escuela de la Vida, a la que bauticé con el nombre de: “Colegio Viscarra: Vita Vulgaris”, y a la que ella diseñó un escudo con la forma de una botella de singani. En la base de cada una de las fotografías estaban escritos los nombres de cada miembro y unas semblanzas irónicas, inventadas por mi esposa.
……….En mi foto leí lo siguiente: “Un estudiante desarrapado que tuvo la ingeniosa idea de crear este mosaico para ser parte del olvido. Fue el último en posar para la foto y por culpa del flash sufrió un desmayo que lo dejó en coma durante un par de días. Uno de los tantos de quien sólo se sabrá gracias a este registro, más de muertos que de vivos.” Mi esposa se puso a reír, y no sé por qué, me dio algo de miedo, pues me sentí condenado a las palabras que escribió y a la imagen de un hombre en decadencia, como todos a los que había fotografiado.

 

Fabricio Callapa-Ramírez (1987, Sucre – Bolivia) Miembro del extinto Taller de Literatura Creativa de la Universidad de San Francisco Xavier de Chuquisaca (2005-2007),  publicó el libro de “Ahora que el espejo ya no recuerda mi forma” (2008, Pasanaku) y, de manera conjunta, el poemario “Next-Gen” (2016, Letras de Nuevo Tiempo). Participó en el Festival “Días de Poesía” (2009, Imaginea), la antología de cuentos bolivianos de terror “Gritos Demenciales” (2010, Gente Común), el concurso “Sucre en Micro” (2013, Editorial S) y “Sed y Sangre: Relatos de la Guerra del Chaco” (2017, Editorial 3600). Actualmente forma parte de la revista de narrativa “Lluvia Inversa”.

Imagen: Borracho, de Pedro José Segovia Lara

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