En un puente sobre el Homochitto

Peter Orner

 

Sucedió hace más de la mitad de su vida, pero incluso ahora su mente regresa a la mañana de un día entre semana de 1948 en el que caminaba por un puente. Entonces estaba desempleado, la única vez en su vida hábil que él no estuvo en el trabajo en la mañana de un día entre semana, y caminaba por Postal Route 31 con las manos en los bolsillos de su chamarra, solo. Tenía 26 años y era un veterano, todavía seguía abrumado por las cosas que vio en Alemania y en Polonia al final de la mitad de la guerra que había comenzado Hitler. No había visto mucho combate, pero entonces sabía, como lo sabe ahora, que lo que vio al ser parte de la Infantería 222, “El Escuadrón de la Limpieza”, como lo llamaba, nunca se podría comparar a dispararle a alguien o a ser disparado. Seres humanos que no parecían personas, manos marchitas tratando de agarrarle o haciendo puño, como si se trataran de los pequeños dedos de una muñeca, y a veces, pero no siempre, zanjas repletas de cadáveres. Un lugar llamado Nordhausen, donde él y otro soldado encontraron el cuerpo de una mujer embarazada que yacía en una letrina llena de sangre. Un intérprete del ejército les dijo que uno de la SS intentó hacerla parir dándole patadas con sus botas. Él y otro soldado, cuyo nombre nunca supo, la enterraron. El otro soldado pronunció una oración, que él repitió.

            Un año y medio más tarde, ahí estaba él —sorprendido porque algo tan tranquilo pudiera existir otra vez en el mundo—, caminado cuesta abajo por la ruta 33 en Sibley, Mississippi, a unas diez millas del lugar que tenía su madre en St. Catherine Creek, en la mitad de una mañana. Él tomaba largas caminatas ese año, lo hacía para pensar en las cosas que había visto y para salir de la casa, para mantenerse alejado de la agitada respiración de su madre, de su zumbido. Alguien que ha hecho tanto por este país como vos lo has hecho merece descansar, y ni si quiera por doce segundos creas que sos flojo, o que no valés la pena, o que no has hecho tu parte. Sus puños metidos en sus bolsillos, rodeado por la desolación del hogar, el bosque, el borboteo del río Homochitto. Dio un giro en el camino y empezó a cruzar el puente. Uno simple, hecho de vigas en doble T, revestido por tablas de madera que carecían de ralladuras, del grosor de un camión. Entonces, aún era un lujo arquitectónico optimista. Un pequeño puente que no conducía a nada, no había casas colina arriba, sólo un camino de tierra que terminaba a cien pasos del puente en el otro lado del río. Más allá del final del camino, el escarpado y el bosque crecían a lo alto, hacia aquello que su padre solía llamar la colina de Steve Glower. Quizás planearon construir algunos edificios, pero eso nunca llegó a suceder.

            Nada queda ahora, salvo las desmenuzadas ruinas de los dos arcos del puente que cayeron al río.

            Pero esa mañana, hace tanto tiempo, se apoyó en la barandilla, el mentón reposaba en el reverso de sus manos, miró a las aguas y fantaseó con una chica, ninguna en particular, ninguna que él pudiera describir o nombrar, una que no tenía forma, el pelo y la sonrisa, rápida con las palabras y con las carcajadas. La veía pero no conseguía mirarla, y de esa forma era más seguro. Pero luego, como si el dedo de Dios la hubiera empujado desde el bosque, ella emergió de entre los árboles, desnuda y blanca como un pudín de vainilla, seguida de cerca por un hombre con la piel oscura pero no negra, indio quizás, que también iba desnudo. Por un momento la chica le pareció conocida, tenía un aire a su prima Jackie, aquella que tenía el pelo rizado y alborotado por el que todo el mundo la molestaba, pero esta era mayor que Jackie, quizás mucho mayor. Esta chica pudo tener unos treinta años. Era difícil determinarlo desde allí arriba. Observó su rápido caminar a través de las rocas que había en la orilla hasta que se zambulló emitiendo un grito que carecía de palabras. Más indeciso, el hombre la siguió a través de las rocas y se introdujo, sin siquiera echar una mirada furtiva, en el agua. Ninguno alzó la mirada hacia el puente. Quizás por la misma razón por la que él no retiró la suya. ¿Quién hubiera esperado gente? ¿Quién estaría de pie en un puente que no conducía a ninguna parte? ¿Quién nadaría, desnudo, en pleno marzo? Observó cómo los senos de la mujer flotaban en el agua; observó cómo el hombre la miraba, sin sonreír, como si desde ya estuviera contando los segundos que le quedaban con ella, con esta mujer que tan obviamente  —incluso se podía saber desde allí arriba, en el puente— era la esposa de alguien más. (Su agitada alegría en el agua demasiada libre para ser algo que ocurría todos los días). Es por eso que ambos hombres, el hombre en el agua y el hombre en el puente, la miraban con tanto deseo inútil. La pareja no habló. Esto recuerda —atesora, en realidad—. Que ninguno de los dos sucumbió a la tentación de mentirse sobre aquello que nunca tendrían. Sólo el pesado jadeo y aleteo de nadar en la estación equivocada. Recuerda la presión que ejerció su erección y la incomodidad que sintió cuando caminó con esta al irse por el camino. Recuerda las manos del hombre cuando sostuvo a la mujer por encima del agua  y cómo por ese instante él no quiso nada más que asesinarlo para que esas pudieran ser sus manos.

Y recuerda haber recordado esto. En 1977, manejando a través de una tormenta de nieve  en St. Louis a las 2:00 de la mañana, él de pie sobre el puente. No hubo algo que lo hubiera detonado, ninguna razón para que ella hubiera aparecido. Nada en aquel torbellino cegador que lo hubiera llevado tan atrás. Pero allí estaba ella,  en medio del ruido sordo que hacían los copos cuando se estrellaban en el parabrisas: la forma en la que su pelo húmedo se envolvió alrededor de su cuello como si fuera una bufanda. La extensión de sus delgados brazos. La forma cómo ignoraba al hombre y al frío. En otro tiempo, comiendo con Manda y su padre en un refinado restaurante de Atlanta, se llevó un tenedor lleno de carne a la boca, y otra vez, sin ninguna razón exacta salvo quizás la alegría de la comida, apareció ese río. Otra vez ella surgió desde los árboles. Su deseo le fue concedido y arrebatado al momento siguiente; la aparición de la cabeza y los hombros de ese oscuro sujeto. Lo que deseas y lo que nunca podrás tener —ambos emergen del bosque en el mismo momento—. No peleaste una guerra. Limpiaste lo que quedó de esta. Aun así, sos el héroe de tu madre. No querés trabajar en este momento. Querés deambular por los viejos caminos. Querés pararte en el puente y mirar.

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Peter Orner, nacido en Chicago-EEUU, es autor de las novelas “The Second Coming of Mavala Shikongo” y “Love and Shame and Love” y de los libros de relatos “Last Car Over the Sagamore Bridge” y “Esther Stories”. Sus cuentos han sido publicados en distintos medios, incluidos: Atlantic Monthly, the New York Times, Granta, McSweeney’s, y the Paris Review. Orner es profesor de escritura creativa en la Universidad de San Francisco.

Cuenta en Twitter del autor: @Peter_Orner

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‘En un puente sobre el Homochitto’ fue traducido por el escritor Maximiliano Barrientos. 

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