Libros destacados de 2016 en Bolivia

Como todos los años (en realidad, este es el segundo año que lo hacemos) invitamos a algunos escritores, críticos, etc., que nos digan cuáles fueron -a su parecer- los libros que se destacaron este 2016 en los distintos géneros literarios que puedan existir. Cada invitado tenía que mencionar tres categorías: 1) Cuál fue el mejor libro que se publicó en Bolivia este año 2)El mejor libro de un autor y editorial extranjeros 3) Un libro que ya había sido publicado años antes en Bolivia pero que recién tuvieron la oportunidad de leer (descubrir) en 2016.

Acá les dejamos la selección de 15 participantes y sus respectivos comentarios, opiniones, reseñas:

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Aldo Medinacelli (escritor)

Libro boliviano publicado en 2016: Las visiones, de Edmundo Paz Soldán (Nuevo Milenio): Leer Las Visiones nos permite ingresar en un mundo que sintetiza mitologías nacionales junto a problemáticas globales, con un matiz tecnológico que al mismo tiempo aborda temas más amplios como los límites de la percepción humana o los conflictos espirituales que derivarían en guerras. Este nuevo mundo literario llamado «Iris» posee una solidez tan definida que bien podría sumarse a una lista de espacios ficcionales latinoamericanos como Santa María o Comala, por citar un par, renovándolos o, mejor dicho, actualizándolos desde una mirada fresca que deja de enfocarse en el pasado, aunque sin olvidarlo del todo, y así atisbar un posible futuro; construido mediante imágenes que se debaten entre el delirio psicodélico y las iluminadas ventanas que de tanto en tanto abren las fisuras cósmicas.

Libro de un autor extranjero publicado en 2016:  Las tres vanguardias, de Ricardo Piglia (Eterna Cadencia): En once conferencias magistrales reunidas por primera vez en un solo libro, Ricardo Piglia retoma, entre otras, la idea de Walter Benjamin, quien “concibe a la vanguardia como una respuesta formal al problema de la mercantilización estética”, para explorar así la relación de la novela con los medios masivos de comunicación –o podríamos decir: medios masivos de narración– como lo son el cine y la TV. Piglia, uno de los pensadores más precisos y menos burocráticos a la hora de expresar sus ideas, habla –literalmente habla, porque el libro parte de grabaciones– de tres autores argentinos, Saer, Puig y Walsh como tres centros desde donde partiría una nueva novela argentina, posterior a los grandes nombres. Resulta interesante seguir la línea de pensamiento de Piglia para quien la literatura argentina –o de cualquier país– encuentra momentos de consolidación a través de la novela, como sucedió con Macedonio Fernández, Cortázar y Borges, para posteriormente convertirse en un espacio más variado en donde cada poética solamente lucharía por expresarse desde una soledad que parecería mirarse a sí misma. Muy recomendable lectura para este tiempo cuando la idea de vanguardia parecería irónicamente una cosa del pasado.

 Libro boliviano publicado cualquier otro año que recién fue leído en 2016: Todo el mundo cumple sus sueños menos yo, de Wilmer Urrelo (El Cuervo): Varios de los relatos del libro poseen una memoria paceña de los años noventa con una claridad que asombra causando esa misma reminiscencia, si es el caso, en el lector. Creo que la psicología de algunos de sus personajes son un retrato fidedigno y de una profundidad pocas veces vista de aquella categoría literaria llamada el “ser nacional” de hoy en día. Solo por citar una escena, la imagen del minibús rojo –en el último relato del libro– brilla en mi memoria por su claro referente a una manera de transporte con un contexto específico (casi como los carruajes que aparecían en la mejor literatura rusa del siglo XIX), expresando así una época a través de uno de sus elementos característicos, además de –en este caso– mostrar el leitmotiv criminal del personaje a través de elementos externos, como un vehículo tan rojo como roja será la violencia del asalto que se cometerá en su interior.

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Kurmi Soto Velasco (correctora de estilo de la Biblioteca del Bicentenario de Bolivia)

 Libro boliviano publicado en 2016: Rodolfo el descreído (Mariposa Mundial) [1939]: Como ya es costumbre, la Mariposa Mundial ofrece a sus lectores fruitivos libros de colección y, este año, fue particularmente prolífica en su quehacer. Entre los varios títulos de antaño, debemos darle un lugar especial a la pulcra reedición de Rodolfo el descreído. Se trata de una lisonjera obrilla escrita en un estilo ligero y coqueto. Este es perfectamente complementado por un primoroso corpus visual, lleno de retratos de elegantes demi-mondaines entre los que destaca la negra y soberbia mirada de Regina Imperio del Solar.
Sin embargo, lo más impresionante de este texto es que ilumina con una nueva luz la guerra del Chaco, uno de los eventos más traumáticos de nuestra historia, llenándola de humor y dandyism. Nada ilustra, quizás, mejor esto que la escena en la que, tras haberse embarcado en el tren que los llevará hasta la guerra, Rodolfo y un amigo suyo comparten, entre cocktails, sus inquietudes: “–Y, ahora, my dear, para la tragedia. –Bonito título para una novela”.

Libro de un autor extranjero: The Public Domain Review, Selected Essays, vol. III (The PDR press): The Public Domain Review es un sitio web especializado en archivos libres de derechos que circulan por la red. Este proyecto se enfoca principalmente en “lo sorprendente, extraño y bello” y se presenta a sí mismo como un gabinete de curiosidades moderno. La calidad de sus artículos es, por lo demás, digna de atención, pues sugieren nuevas perspectivas y proponen sólidas lecturas históricas y estéticas.
…..Sus libros son fieles a este espíritu y The PDR press es una editorial impecable. La última entrega de ensayos escogidos es, según sus editores, “quizás el volumen más sensual hasta ahora” pues en él se reúnen exquisitos trabajos que apelan a los sentidos y exploran temas tan diversos como “transes de chocolate, visiones escorbúticas, tejones torcidos [y] flora sexy…”. Por si fuera poco, el libro incluye 79 ilustraciones a color de grandes maestros como Gustave Doré o J. J. Grandville. Una verdadera delicia.
Para más información: https://publicdomainreview.org/pdr-press/essay-book-volume-iii/

 Libro boliviano publicado cualquier otro año que recién fue leído en 2016: Metal del diablo, de Augusto Céspedes (Planeta, Buenos Aires, 2015) [1946]: El año pasado, La razón sacó una colección de literatura boliviana fundamental junto a Planeta y, entre los varios títulos, se encontraba Metal del diablo. Aunque la edición deja mucho que desear, los libros eran ciertamente accesibles.
…..En esta novela, el estilo del colosal Augusto Céspedes se luce en su plenitud y su mordaz pluma crea uno de los personajes más imponentes de la literatura boliviana, el mismísimo rey del estaño, que él bautiza con el elocuente nombre de Zenón Omonte. Pero son, sobre todo, sus magníficas descripciones que hacen de él un autor imprescindible pues no son pocos los pasajes en los que hace gran gala de su destreza, como este en particular: “El crepúsculo de grandiosa melancolía sobre el Altiplano […] se introdujo pausadamente por la puerta de la vivienda, se acumuló en las esquinas, cubrió el suelo, devoró el tumbado y solamente dejó sin oscurecer un pedazo de cama donde estaba la sombra de una mujer al lado de un niño. La sombra se irguió y se aproximó a un rincón donde encendió una cerilla y, con la cerilla, una vela que colocó delante de un fanal en el que el Niño de Praga nacía entre flores artificiales (80).”

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Guillermo Ruiz Plaza (escritor)

Libro boliviano publicado en 2016: Por nuestra perestroika, de Alejandro Suárez (3600): Esta novela del cubano boliviano Alejandro Suárez traza un momento intenso de la adolescencia de Martín a finales de los años ochenta en la “Nueva Atlántida” –una isla abandonada a su suerte, como enterrada en vida, y sin embargo por momentos, y muy a pesar de sus habitantes, en el centro de un conflicto que la sobrepasa: la Guerra Fría–. Aquí confluyen la historia de la formación de un artista y la de un momento histórico importante del siglo XX vivido desde dentro: en pleno desmoronamiento del bloque soviético, un joven isleño descubre el sexo, el desamor, la dolorosa amistad, la naturaleza de la verdadera creación. El humor y la ironía de los personajes son las formas en que la vida se defiende del poder que la cerca. A medias aguas entre un “él” autobiográfico –a la manera de Coetzee– y un “ellos” que encierra un “nosotros” histórico, esta novela chispeante y rica en matices nos lleva de la mano por el aprendizaje de la vida, que es también –parece decirnos Suárez– el de la rebeldía.

Libro de un autor extranjero publicado en 2016: Dos hermanos, de Larry Tremblay (Nube de Tinta, España, 2016: Es la primera vez que leo a este narrador y dramaturgo canadiense, nacido en 1954. Dos hermanos ha sido galardonada con trece premios de distintos países. Amed y Aziz son gemelos –“dos gotas de agua en el desierto”, dice la abuela– y a los nueve años se ven confrontados de forma brutal al horror de una guerra sin nombre, situada vagamente en un paisaje de arenas eternas y sol aplastante. Esta imprecisión deliberada dota a la narración de la fuerza atemporal de las fábulas sin quitarle nada de su inequívoca actualidad. Una noche, venido del otro lado de la frontera, un misil cae sobre la casa de los abuelos y los mata. Poco después uno de los jefes de la región viene a ver a los padres de Amed y Aziz. Uno de ellos debe sacrificarse para vengar a los abuelos. Para vengar a todos en la región. Uno de ellos debe elevarse al estatus de mártir y honrar a la familia. El padre no puede menos que aceptar ese honor y elige a uno de los niños para que lleve el cinturón con los explosivos hasta una base militar en la frontera.

Novela breve e intensa, Dos hermanos nos descubre la barbarie con los ojos asombrados de un niño y después, retrospectivamente, con los de un joven migrante desengañado. Lejos del maniqueísmo, Tremblay despliega una compleja y emocionante reflexión sobre la guerra, el lenguaje y el mal. A mi ver, su mayor logro es la dureza casi insoportable de la historia aliada a un aliento poético solar.

Libro boliviano publicado cualquier otro año pero que recién fue leído en 2016: Kerstin (Plural, 2004) de Juan de Recacoechea: Después de años releí este libro y quedé encantado. En los años setenta, Sebastián, joven boliviano, llega a Copenhague para visitar a un amigo y de paso disfrutar, en esos días veraniegos llenos de promesas, de los legendarios beneficios de una sociedad liberal como la danesa. A los pocos días conoce a Kerstin, una periodista sexy y misteriosa que, poco a poco, lo subyuga a pesar de ser lesbiana –o quizá precisamente porque lo es. Sebastián no ceja en su intento de conquistar a Kerstin, que parece no solo halagada, sino de verdad seducida y dispuesta a intentarlo.

 Nouvelle erótica y a la vez iniciática, Kerstin se lee de un tirón. No solo porque goza de una economía verbal bien calibrada y de un estilo elegante y envolvente, sino porque mantiene una tensión psicológica que va creciendo al mismo tiempo que la agridulce ambigüedad que nos hace cómplices del protagonista: ¿Qué es lo que quiere, en el fondo, Kerstin? ¿Y hasta dónde está dispuesto a llegar Sebastián para conquistarla? El desenlace se despliega con la fuerza de la fatalidad.

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María José  Navia (escritora y académica chilena)

Del 2016 rescato dos tremendos libros de cuentos: Para comerte mejor, de Giovanna Rivero (que si bien se publicó y leí en Estados Unidos el año pasado, apareció en librerías bolivianas a mediados de este año de manos de la editorial El Cuervo) y Nuestro mundo muerto, de Liliana Colanzi. Los dos son universos increíbles, relatos que desafían las fronteras de lo real y tan bien escritos que se quedan como vibrando en el aire, cuando uno los lee. Otro libro boliviano que me deslumbró muchísimo, fue Temporarias, de Emma Villazón. Además que la edición  de la Perra Gráfica es una belleza.

Tres libros, también bolivianos, aunque ya no del 2016, que me encantan y regalo en cuanta oportunidad puedo son Norte (de Edmundo Paz Soldán), Los Afectos (de Rodrigo Hasbún) y La desaparición del paisaje (de Maximiliano Barrientos).

Y, más allá de Bolivia, mis libros favoritos de este año fueron tres: dos de compatriotas chilenos, La extinción de los coleópteros (una novela muy genial) de Diego Vargas Gaete y El libro de los bolsillos (un libro pequeño, raro y absolutamente brillante) de Gonzalo Maier. El tercero de la lista es el hermosísimo ensayo/reflexión sobre la figura y obra de Juan Rulfo de la escritora mexicana Cristina Rivera Garza: Había mucha neblina o humo o no sé qué.

A manera de BONUS TRACK: otros tres libros muy bellos del 2016 son los cuentos de la escritora boliviana Cristina Zabalaga, publicados por Sudaquia en Estados Unidos, Nombres propios; y, en inglés, uno que a ratos se siente como libro de cuentos, a ratos como novela, Cities I’ve never lived in de Sara Majka y un libro/caja maravilloso: Float, de la poeta canadiense Anne Carson.

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Antonio Vera (escritor, editor de La Perra Gráfica)

Libro boliviano publicado en 2016: Nuestro mundo muerto, de Liliana Colanzi (El Cuervo): Entre varios libros de autores bolivianos publicados este año, elijo este volumen de cuentos porque es testimonio de una búsqueda que, gracias al azar editorial, se puede reconstruir de manera muy clara con los volúmenes Vacaciones permanentes (El Cuervo), La ola (Montacerdos) y Nuestro mundo muerto (El Cuervo y Almadía). Y esa búsqueda me interesa porque muestra un movimiento que avanza en dos direcciones: un recorrido de la ciudad al campo y un desplazamiento de una narrativa que cumple con ciertas convenciones (de la narrativa contemporánea) y se adentra en un terreno más abierto, incierto y osado. Chaco, el cuento que más me gusta de este volumen, me parece una evidencia de ese interesante recorrido: alejarse de los espacios urbanos es también adentrarse en el territorio abierto e imprevisible de la escritura. Una escritura que ya no aspira a cumplir con cierta fórmula narrativa, sino que busca seguir una pulsión intensa y extraña.

Libro de un autor extranjero publicado este año: El más crudo invierno, de Mario Montalbetti-Perú (Fondo de Cultura Económica): A partir de un breve poema de Blanca Varela (tan solo 58 palabras organizadas en 13 versos), el lingüista y poeta peruano Mario Montalbetti (autor de Ocho cuartetas contra el caballo de paso peruano entre otros poemarios) despliega una lectura que se desarrolla en 96 páginas. Articulado como 32 notas indagatorias, la brevedad de este ejercicio de lectura también es engañosa: en sus breves páginas el lector recorre un amplio universo de referencias (poéticas, filosóficas, teológicas, psicoanalíticas…) cuya finalidad no es la erudición sino la construcción de un camino: el del sentido, entendido no como una verdad oculta tras el texto poético, sino como una experiencia, un recorrido que puede hacer que de 58 palabras surjan decenas de miles. Hay una anécdota que sirve a Montalbetti para iluminar su idea de lectura: Max Jacob recibe un poema de Edmond Jabés y le dice: “lo he leído (…) y si me lo permites, ahora voy a romperlo para que podamos hablar de él con mayor libertad”.

Libro boliviano publicado cualquier otro año que recién fue leído en 2016: Juan de la Rosa. Memorias del último soldado de la Independencia, de Nataniel Aguirre (de 1885): Suelen declarar algunos narradores bolivianos actuales que uno de los impulsos que da origen a su escritura es marcar distancia con esa sobredosis de preocupación social e histórica que habría gobernado buena parte de la narrativa boliviana. Y entonces parece, da la impresión, de que el camino inverso, o el de ruptura, sería una narrativa que indaga en los mundos interiores de sus personajes, en las pequeñas historias que ocurren en el marasmo urbano, en los núcleos familiares donde se gestan los verdaderos cambios… Juan de la Rosa…, reeditada el 2016 por la Biblioteca del Bicentenario de Bolivia, leída hoy, puede mostrar que esa división es un poco fantasiosa. Y es que este libro no solo es portador de un poder hechicero (un libro que inventa una ciudad no es poca cosa), también es un relato en el que la Historia se cuenta desde la perspectiva de un niño: cuando Juan sigue a sus amigos fascinerosos el 14 de septiembre de 1810 por las calles del centro de Cochabamba, no está pensando en la liberación del yugo español, sino está buscando camorra, está jodiendo, como los niños pandilleros de Érase una vez en América. A ello hay que añadir que, además, la de Juan es la historia de un personaje que se transforma gracias a la lectura, gracias al ejercicio íntimo y secreto de una práctica viciosa.

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Iván Gutiérrez (escritor)

Libro boliviano publicado cualquier otro año que recién fue leído en 2016: Este año después de innecesarias suspensiones tuve la final lucidez de leer El otro gallo, de Jorge Suárez. La fascinación por la vitalidad del relato simplemente permite un gran espacio en la aldea de la memoria para el Bandido de la Sierra Negra.

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Gabriel Chávez (escritor)

Libro boliviano publicado este año: Las visiones, de Edmundo Paz Soldán (Páginas de Espuma – Nuevo Milenio): Me sedujeron especialmente la atmósfera oscilante entre el desasosiego y la ternura que tienen muchos de los cuentos y el entorno imaginario (pero, a la vez, tan real) que el autor ha logrado construir a partir de su novela Iris y donde suceden Las visiones.  ¿Mis favoritos?  Temblor-del-cielo, habitado por una niña que habla en poesía y obra pequeños milagros; La casa de la Jerere, por su ominosa proximidad a la muerte en paralelo al descubrimiento de lo divino; y Los pájaros arcoíris, al que atraviesa la esperanza, con una voz que narra desde la ingenua pero también terrible determinación que tienen los adolescentes…  En síntesis, creo que se trata de un punto alto en la narrativa de Paz Soldán, a cuya prosa los años y la vida le han ido dando cada vez mayor profundidad y contraste, acaso por ciertas notas oscuras de las que antes carecía.

Libro de un autor extranjero publicado este año: Escojo, a ojos cerrados, Poesón, del poeta argentino Leopoldo “Teuco” Castilla, publicado por El Suri Porfiado este 2016.  Castilla es uno de los mayores poetas de nuestro idioma en este momento. Tuvimos la alegría de contarlo entre los invitados al III Encuentro Internacional de Poesía que organizamos en la Feria del Libro de Santa Cruz este pasado junio.  Su Poesón es un cántico cósmico, ambicioso y a la vez humilde –como la propia especie humana debería serlo en relación a la vastedad que la rodea-, donde la palabra del poeta va transfigurando desde los neutrinos hasta las galaxias y tornando los elementos y su devenir en incómodas y desasosegantes respuestas, a veces, o en tímidamente esperanzadas y luminosas preguntas, en otras ocasiones. Como la vida misma, ni más ni menos (según diría el poeta ecuatoriano Xavier Oquendo Troncoso).

Libro de Bolivia publicado cualquier año que recién fue leído en 2016: El libro que he elegido es inencontrable. Titula Apariencias, fue publicado en 1967 en La Paz por Difusión y reúne entrevistas realizadas para Presencia Literaria por el periodista Alfonso Prudencio Claure, más conocido como Paulovich.  Contra lo que podría pensarse no es humorístico, sino un libro para ser tomado muy en serio, tanto por la personalidad de los entrevistados que allí desfilan –el “Chueco”Céspedes; la pintora Agnès Frank; un joven Marcelo Quiroga Santa Cruz (que podía, a decir de Paulovich, ser torero o astronauta en el futuro pero ser siempre el mejor en lo que hiciera y así lo fue, por cierto, en su digna muerte); Jaime Saenz cuando aún no era un mito viviente; varios políticos ya olvidados y una ignota monja de clausura, entre otros-, como por la agudeza y hondura de cada entrevista. Es todo un clásico del género que los periodistas jóvenes deberían leer y también cualquier lector que quiera descubrir la Bolivia de esa convulsa etapa y sus protagonistas. Además, los retratos (más bien agudos esbozos de tinta en pocos trazos) de los entrevistados fueron dibujados por el poeta Pedro Shimose.   Por supuesto, creo que se trata de un libro que debería ser reeditado y con Paulovich en vida.

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Cecilia De Marchi Moyano (escritora)

Libro boliviano publicado este año: Área VIP, de Sergio Gareca (3600): Es un poemario muy bien logrado, agudo, irónico, divertido, profundo y cotidiano. Está más allá del bien y del mal, de moralismo: se presenta más bien como un día de mercado, una noche de cumbia, un trasnoche de alcohol y sin salvación.

Libro de un autor extranjero publicado en 2016: Bulto, de Víctor Quezada (Chile): Narración de viaje de búsqueda interior, de retorno a casa. Es un relato relativamente breve pero extremadamente preciso y bien logrado. Acaba de morir el padre de Víctor, personaje de la obra, que vive en Buenos Aires y debe regresar a Chile a casa. La narración se centra en la preparación del viaje, ya que tiene una mutilación que genera una sensación de culpa, de vergüenza. Inicia con esta frase: “Llegué a los treinta años sin pene”.

Libro de Bolivia publicado cualquier otro año pero recién leído en 2016: El hombre, de Álvaro Pérez (Kipus, 2014):  ¿Qué tal si fuera posible la creación de un programa informático omnisciente? ¿Es posible tratar de predecir el futuro y controlar el comportamiento humano a través de algoritmos? Es una novela muy bien lograda, perturbadora, que se plantea sobre una realidad paralela y tangencial a la historia real. Ganadora del premio de novela Marcelo Quiroga Santa Cruz del año 2013.

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MaryCarmen Molina Ergueta (literata y crítica de cine)

Libro boliviano publicado en 2016: La isla trasnochada, de Belisario Suárez  (Plural): “It’s a loud world… but this is an island.” Con este epígrafe comienza la novela de Diego Loayza y Mario Murillo, unidos literaria y fraternalmente en el nombre de Belisario Flores. La novela nos presenta a un grupo de habitantes de las bajuras de las alturas paceñas en una situación apocalíptica. Tomando un mega shopping como fuerte de repliegue y protección, los protagonistas (unas señoras y señoritas de buena facha, unos caballeros de la empresa privada y el doblaje del codo, el líder de una secta de self−promoting, unos chicocos entusiastas de las sustancias del placer, wre divertidos) son tomados por las compactas paredes de un estilo de vida que aletea a la orilla de un vasito de agua sucia. Sin pretensiones, soltándote risitas y carcajadas, es el montaje de escenas de una La Paz temida y sospechada a la vuelta de la esquina, destrozada y, por eso, profundamente vital.

Libro de un autor extranjero publicado en 2016: Tiempo sin desenlace. Una reflexión sobre el pathos del ocaso, de Sergio Rojas. Investigación del filósofo Sergio Rojas (Chile), difundida parcialmente; libro aún inédito: Este ensayo reflexiona sobre el tiempo contemporáneo que vivimos, tiempo del ocaso o de las ruinas de la modernidad. Este tiempo que hoy nos toca corresponde a un “presente vaciado de condiciones trascendentales que parece prolongarse, demorarse; dicho más precisamente, ocurre como si el presente fuese la demora del pasado en desaparecer, como si el hombre hubiese comenzado a envejecer sin dejar de ser adolescente.” Analizando obras de Lispector, Houellebecq, Yourcenar, Tarkovsky y Woody Allen, entre otros escritores, cineastas y artistas, este ensayo propone una aproximación a la experiencia del fin fuera de la narrativa temporal, es decir, ese fin prolongado y demorado en el que estamos inmersos. En él, la tarea del pensamiento descargado de lo trascendental es franquear el límite de lo impensable, sin buscar reponer un sentido en desaparición, sino haciéndose cargo de lo que la muerte de ese sentido trae como fin.

Libro publicado en Bolivia cualquier otro año y que recién fue leído en 2016: Rodolfo el descreído, de David S. Villazón. Primera edición: 1939. Mayo de 2016 (La Mariposa Mundial, colección Papeles de Antaño): El libro de Villazón fue publicado por primera vez en 1939 y permaneció en el olvido hasta ahora. Antes de iniciar su novela, el autor apunta a los lectores y no lectores que esta es una obrita “cuyo único mérito es su insubstancialidad.” Rodolfo vive otra sensibilidad, la del hastío en la nebuloso de los ideales caídos, en una época tan agitada (tal vez la más agitada) como los años 20 y 30. Con una comprensión abierta de la novela y la escritura desde la forma, impulso que lo acerca a la vanguardia y su deglución en los parajes bolivianos, la novela bebe de ese cocktail de cuatro licores y singular almíbar con el que se emborracha su protagonista: inquietud, emoción, refinamiento y novedad. “¿Y el almíbar? La señora Minerette.” Licores que circulan los pálidos y (por eso) vitales cuerpos de una literatura no vista ni leída, relegada y no siempre no comprendida. Esa constelación de textos, según Rodolfo Ortiz, editor del libro, inauditos y heterogéneos que da cuenta de una noción de extravío y padecimiento de la escritura: junto a Villazón, Alberto de Villegas, Hilda Mundy, Roberto Leitón, Ramún Katari, Ismael Sotomayor y Arturo Borda. La reedición de Rodolfo el descreído es sumamente importante porque significa la apertura de un baúl del olvido en el que todavía hay muchos, muchísimos textos de esta y otras constelaciones afines.

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Giovanni Bello (escritor)

Libro boliviano publicado este año: Bandidos y policías, de Huáscar Rodríguez (El País, Santa Cruz): “Los desperadoes languidecen anhelando la tormenta, la embriaguez y las heridas”. Personajes al margen de la ley, en la frontera de la civilización, los desperadoes poblaron las fantasías de escritores europeos del siglo XIX como Rimbaud, y no solo europeos: uno de los artículos más celebrados de Martí es una evocación biográfica de Jesse James. Con Bandidos y policías Huáscar Rodríguez continúa su proyecto de recuperación de la memoria de los bandoleros de los valles altos bolivianos de fines del siglo XIX, la versión cochabambina de los desperadoes. Al igual que sus pares del norte, estos forajidos se alborozaban en la violencia y los excesos: armas, delincuencia, alcohol -chicha-, y, al igual que ellos, campeaban en las fronteras de un estado republicano que apenas terminaba de constituirse. Obviamente no se trataba de una frontera territorial como en la “conquista del oeste”, pero si una de orden administrativo y judicial. Después de la Guerra del Pacífico el endeble aparato estatal, golpeado por la crisis económica estaba sujeto al accionar de redes políticas que tenían como único fin el vencer al enemigo para no perder sus privilegios.

De ahí que esta sea una investigación tan interesante: frente al mito construido por historiadores de izquierda como Hobsbawm que veían en el “bandolerismo” un germen de política popular, lo que nos muestra Rodríguez es que los bandoleros y sus “cuadrillas” eran grupos armados que servían al mejor postor y que casi siempre era el que detentaba el poder. De ahí que el título del libro no sea casual. Bandidos y policías no designa a dos sujetos distintos. Como Huáscar expone ampliamente, estas cuadrillas estaban compuestas en gran medida por policías, a menudo ex convictos y delincuentes de todo tipo. Es decir, describe a un mismo sujeto; nada que nos resulte muy extraño.

Me acuerdo de mis primeros acercamientos universitarios a la historia cívica del “levantamiento independentista” paceño de 1809. No me parecía muy interesante hasta que leí por ejemplo que al “protomártir” Mariano Graneros lo llamaban el “Challatejeta” (pelota hecha de trapo), porque era pequeño y gordo o el “Pichitanka” (un ave andina) a Melchor Jiménez. Esos datos, superficiales a simple vista, me hablaban de personas reales, de una sociedad en la que todos se reconocían por apodos que describían a la persona o designaban su origen; los podía imaginar bebiendo y gastándose bromas entre ellos. Huáscar postula que Bandidosy policías puede leerse como un ejercicio de microhistoria y yo concuerdo con él. Es muy difícil para un investigador social hilar narrativamente sucesos que se remiten rigurosamente a documentos históricos y que sin embargo retratan a sujetos complejos que los rebasan. Huáscar, quien antes ya investigó ampliamente a otros outlaws, los anarcosindicalistas cholos de principios del siglo XX, lo consigue. Quizá por los tiempos algo apocalípticos que corren, me tienta pensar que tal vez la única finalidad práctica de la narrativa histórica sea la de aportar material a la ficción, y no al revés.

Libro de un autor extranjero de 2016: Antimateria. Gran acelerador de poemas, de Tilsa Otta – Perú (Juan Malasuerte Editores, México): No sé si todos los lectores de poesía se preguntarán a dónde fue a dar la vanguardia. Yo me lo he preguntado y creo que no hay una sola respuesta. Tal vez por eso haya elegido Antimateria, gran acelerador de poemas de la peruana Tilsa Otta. Lo leí estando varado en una ciudad extraña mientras jugaba frente al mar con un pequeño calidoscopio. Bellamente impreso en papel de algodón Don Bosco con tipos móviles (de esos que ya ningún editor se anima a usar), su título, inscrito en letras celestes, recuerda a las varias máquinas literarias que se inventaron los vanguardistas, desde la Máquina soltera de Duchamp hasta el Rayuelomatic. Aunque no tan exacta como sus predecesoras, esta máquina retoma de aquellas el interés por las formas en las que opera el lenguaje. Poemas que se nombran en su propio discurrir, juegos que limitan los usos verbales para contar una historia, objetos que se humanizan, anáforas que se deforman en su transcurso, aliteraciones, anagramas, poemas visuales; este acelerador de poemas está lleno de ejercicios lúdicos que, sin embargo, algo tienen que los separa de sus antepasados vanguardistas.

Tal vez porque lo leí en la playa, Antimateria se me antojó una máquina vintage. Es decir, hoy cualquier objeto puede ser vintage, pero lo que los une a todos es un efecto de distanciamiento que hace que sepamos que no son realmente del pasado. En Antimateria ese efecto se da a través de una buena dosis de desenfado (“y seguían la vida y la muerte recreando la clásica rutina good cop / bad cop”), que hace que los poemas carezcan del tono a veces programático de la vanguardia. Y al mismo tiempo inserta bien calculadas dosis de intimismo (“la carpeta de Spam me genera un placer irracional que no me da el Buzón de correo”), a las que se suma un ambiente festivo y erótico que signa todos los textos. Si se preguntaron dónde terminó la vanguardia, tal vez una respuesta sea justamente esa: en un aparato de radio playero sacado de una peli de Godard.

Libro boliviano publicado cualquier otro año pero que recién fue leído en 2016: Click, de Christian Vera (El Cuervo, 2012): Aunque salió el 2012, encontré Click recién a principios de año en una biblioteca universitaria. Si en algún momento creí que la literatura nacional actual oscilaba entre dos polos bien definidos, uno concentrado en pensar ciertas tradiciones literarias nacionales y otro más atento a corrientes continentales, Click apareció como un alienígena en mi esquema, o, al menos, como un zombie. Es decir, todavía puedo adscribir a esa idea, no sin varios reparos, claro, pero a primera leída Click parecía no tener antecedentes en la tradición literaria nacional. A la vez parecía tan vaga en su ubicación que resultaba difícil poder identificarla claramente en alguna otra. Ya averiguando, caí en que Vera la proponía algo así como la novela que hubiera escrito el último Carlos Medinaceli -ese Medinaceli agrio, recluido en el campo, odiando la mediocridad del medio intelectual boliviano que no supo entenderlo- si hubiera crecido en los ochenta. Si en vez de leer a Nietzsche o los barrocos españoles hubiera crecido viendo pelis de terror, leyendo mangas y jugando Atari o tomando ritalín en vez de alcohol. Y aunque tiene sentido, es decir, el profesor de literatura y Medinaceli comparten el mismo desagrado por el gregarismo y en el fondo la misma preocupación por la educación sentimental de los estudiantes, la forma de la novela obliga a concluir que es algo más que un homenaje.

Sin aparentemente ninguna pretensión narrativa, las sub partes de la novela se repiten monocromas una tras otra. A través de un narrador omnisciente describen esquemáticamente las ideas, obsesiones, sueños, acciones y recuerdos del profesor de literatura, personaje principal de Click. Cada una lleva marcada la hora en la que este llega a la escuela, 7:53:28 am, 7:58:01 am, 7:58:21 am… Esa supuesta falta de pretensión parece incluso apoderarse del autor, quien no se ha pasado el trabajo de ponerle un nombre mejor a su ciudad imaginaria que La Faz. Sin embargo, las pequeñas fracciones de tiempo que diferencian una hora de llegada de la siguiente, la aparente sensación de que nada ocurre, la pequeña diferencia entre La Faz y La Paz son en realidad una metáfora de la materia que conforma la experiencia cotidiana y, en última instancia, la que le da sentido; la que la hace aparecer como una narrativa. Así Click se instala en la larga tradición de la novelística que investiga la naturaleza del acto narrativo. Y a la manera del Antonioni de Zabriskie Point concluye con que una explosión en el desierto es la única forma de terminar una novela sobre el “designio de ser profesor de nada, un simple inventor de juegos poéticos de difícil lógica e imposibles de transmitir”.

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Mijail Miranda Zapata (tuitero)

Libro boliviano publicado este año: Una estética del encierro: Acerca de una perspectiva del cine boliviano, de Sebastián Morales: En 2009 y 2011 los críticos Santiago Espinoza y Andrés Laguna publicaron dos aproximaciones críticas al cine boliviano con una retrospectiva de 30 años ha. Desde entonces poco o nada se ha publicado respecto a la cinematografía nacional, menos aún desde una perspectiva meramente semiótica.

Morales plantea un análisis riguroso sobre los códigos cinematográficos que dominaron la “era digital” de nuestra filmografía. Y ese es su mayor mérito, el esfuerzo por hallar y proponer un discurso estético aglutinante, más allá de las líneas argumentales y discursivas o las formas de producción.

Una oportunidad para reconocer que el espectador también vive y piensa fuera de las salas de proyección.

Libro de autor extranjero publicado en 2016: La introducción, de Rodolfo Fogwill (Alfaguara): Rodolfo Fogwill murió en 2010 a los 76 años, a causa de un enfisema pulmonar que lo había acompañado durante décadas. Esta novela vivió aquel desenlace cuando aún era corregida y fue hallada por los herederos del escritor en su viejo computador.

Decía el argentino, en una entrevista en 2009, “yo no puedo dejar de ver toda mi obra y todos los actos de mi vida producidos en el período vinculado a la cocaína, como reflejo del complejo sistema químico-biológico-moral-social que eso produce”. Y eso es lo que ofrece Fogwill en esta obra póstuma, la propia vida hecha narración y viceversa.

Fiel a su estilo el bonaerense propone una navegación introspectiva, obsesionada con la captura y la resignificación de cada uno de los detalles que rodean al narrador. Conceptos de física, química, medicina, lenguaje, se entremezclan gracias a un pulso potente, excéntrico y seductor.

Libro boliviano publicado cualquier otro año pero que recién fue leída en 2016: Crónicas heroicas de una guerra estúpida, de Augusto Céspedes (Editorial Juventud, 1975): Un imprescindible documento histórico que recoge los trabajos periodísticos de Augusto Céspedes durante la campaña del Chaco. Primero como corresponsal del diario El Universal y luego como combatiente.

El orden cronológico de los relatos permite reconocer cómo el tono épico con el que se emprendió el conflicto bélico se va desvaneciendo entre el tedio, el hastío y el dolor.

En el epílogo el Chueco remata: “Todo era invisible, especialmente el heroísmo”. En sus páginas queda claro porqué Céspedes es uno de los mejores narradores de nuestra literatura.

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Magela Baudoin (escritora)

Libro boliviano publicado este año: Destaco lo que se ha publicado en cuento (Rivero, Colanzi, Urquiola, Paz Soldán), pero me voy a detener en Matilde Casazola pues me parece notable el esfuerzo de 3600 de recuperar su trabajo. Este año se presentó el Volumen II de su Obra Poética, dedicada a sus mejores libros, que son los temáticos y tocan sus obsesiones: la naturaleza, la religión, el desamor, el cuerpo. En este volumen puede verse la profusión de Matilde, su curiosidad poética y el laboratorio creativo expuesto, con piezas deslumbrantes, con los fantasmas que la habitan y también con las tejas flojas y bellas del ejercicio incesante. Ya en 2015 se presentó el volumen I, que es su obra autobiográfica. Y todavía queda por publicar, de modo que espero con ansias lo próximo de esta serie.

Libro boliviano publicado cualquier otro año pero que recién fue leído en 2016: El Occiso de María Virginia Estenssoro, que es difícil de definir (cuento-poema-cuento) y arrollador en sus imágenes, movimientos y estados. Nace en un oxímoron (“Despertó muerto”) que es la clave de todo el texto y que se tuerce, se desenrosca y vuelve a torcerse. Cada dislocamiento poético-narrativo es, al final, una reflexión filosófica.

Libro de un autor extranjero publicado en 2016: Un mundo huérfano (Random Houuse), del colombiano Giuseppe Caputto: Es una novela libertina y triste. Me gusta mucho esa dualidad que la atraviesa, su gesto travesti (lo queer, lo fantástico, lo violento, lo fantasmal, lo experimental de su apuesta, todo lo que habita en ella) y, sobre todo, su purísima médula compasiva.

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Alexis Argüello (librero)

Libro boliviano publicado este año: La memoria invertebrada (3600), de Rodrigo Urquiola: Segundo libro de cuentos de Rodrigo Urquiola Flores. En Eva y los espejos (2008) los personajes ya estaban marcados por la ausencia de la figura paterna o materna. Lo mismo en La memoria invertebrada (2016), pero esta vez la ausencia es la de cualquier familiar: hermano, hija, esposo, esposa, camarada, amante.  La unidad temática es esa: el ausente familiar. Santa Fe sigue siendo el sitio donde casi toda historia acontece, donde o es el agua o es otra la palabra (clave) que se repite. Once de los trece cuentos de este libro fueron finalistas o ganaron una mención o un segundo o primer lugar en concursos nacionales y extranjeros. A veces el abuso de lugares comunes y metáforas y adjetivos resta puntos, suma páginas, a veces (Ejemplo: “el cuadrado de claridad por el que entraba el mundo”). Aquí me pongo a pensar en Aldo Medinaceli, quien se pregunta qué puede quedar de tantas historias en caso de traducción. ¿Y qué de lo bueno? “Mientras el viento” y “El espantapájaros”, eso sí, son dos de los cuatro mejores cuentos del libro. “La memoria invertebrada” y “La caída” son los otros dos. En “La memoria invertebrada”, cuento, es donde Rodrigo sorprende: trama, narrador y diálogos hacen pulsetas, generando una tensión envidiable. Es eso, supongo, lo que buscaré más adelante en los cuentos de Urquiola: la capacidad de reinventarse.

Libro boliviano publicado cualquier otro año y que recién fue leído en 2016: El embrujo de oro, de Adolfo Costa du Rels (1948): Comenzada su lectura, pregunté a Alan Castro Riveros si lo había leído mientras él, Alan, escribía Aurificios. La respuesta fue un sí. Alan me contó que leyó todo lo que encontró sobre oro. Supongo que Jaime Saenz hizo lo mismo, leyó el libro de Adolfo Costa du Rels antes o durante la escritura de La piedra imán, libro que Alan leyó también porque, falta no hace que me lo diga esta vez, Aurificios le debe mucho. Lo que quiero decir, al menos acá, es que Costa du Rels fue y es maestro y, sí, definitivamente sí, su inclusión en la Biblioteca del Bicentenario de Bolivia ha sido todo un acierto. En El embrujo del oro, como si del Primer Acto de una obra de teatro se tratara, él, Costa du Rels, primero nos describe “La puna” o el escenario, inmediatamente después lo eclipsa, lo desampara, porque “El sol” se hunde finalizado aquel relato colonial lleno de personajes históricos, cuento hermoso, algo más que una leyenda, que tiene sus orígenes en un párrafo escrito por Garcilaso de la Vega. “Yellow mine”, cuento largo, alto y señor cuento, merece comentario largo, comentario aparte que no desarrollaré aquí. El oro, mineral o metáfora, junto al escenario, junto a sus personajes, es desenterrado y enterrado una y otra vez en tiempos anteriores a la República y durante ella, pero más allá no. Los relatos orales son rescatados en páginas donde también llega el extranjero o donde nacionales buscan lo que los extranjeros. El anciano que aparece al final de “Caballeros del ande” resume el libro, parte al menos, en una oración: “Es la Muerte, señor, que persigue a la Codicia.” El narrador de “El tesoro del Conde Carma”, memorable guiño al policial, completa tal resumen mientras cierra este libro, libro escuela: “Cuando el amanecer principió a clarear, los ladrillos habían sido puestos en su lugar, la alfombra lo cubría todo y los libros se alineaban con más orden quizás de costumbre, como si no hubiera pasado nada.”

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Christian Vera (escritor)

Libro boliviano publicado en 2016: Creo que son cuatro los libros nacionales que me impactaron este año. Empezaré con Génesis 4:12 de Adhemar Manjón, “ópera prima” publicada por la editorial Perra Gráfica. El personaje de esta novela es una especie de Rodion Raskolnikov melancólico, encerrado en las fauces del laberinto del trópico cruceño. Un personaje que deambula con un fuerte “chaki” o con esa tristeza dulce que deja el alcohol. Se trata de un libro rico en detalles mínimos que tiene de motor al mito de Sísifo pero con una variación. El Sísifo de Manjón en vez de cargar una enorme piedra carga con innumerables botellas de cerveza, una vez terminadas empieza nuevamente la faena de este héroe trágico chelero.

El otro que me interesa destacar es Desvelo de Saúl Montaño, libro también editado por Perra Gráfica. Es una antología de cuentos construidos sobre dos pilares: el sexo y el alcohol. Escritos con un tono algo sucio, algo cínico, estos relatos impulsan al lector a someterse a un ritmo frenético de lectura. En los cuentos surgen melancólicas epifanías que en su sencillez provocan estremecimientos, por ejemplo un tanque de agua que al amanecer deja de ser un simple objeto o un perro que duerme profundamente. Los cuentos son pequeñas epopeyas cotidianas desenfrenadas. En cada narración surge una extraña movilidad, personajes que entran a boliches, que salen de cuartos, que viajan en moto de una ciudad a otra. Desplazamientos que refuerzan en el lector la sensación que también la ciudad está ebria.

Los siguientes libros también me interpelaron: La isla trasnochada (Plural) de Belisario Salinas heterónimo de Mario Murillo y Diego Loayza; Nuestro mundo muerto (El Cuervo) de Liliana Colanzi y El olvido de las piedras (3600), el último poemario de esa gran poeta que es Katterina López.

Libro de un autor extranjero publicado en 2016:  El amor cruel (El Cuervo) de Juan Terranova me parece de los mejores libros que leí en el año. Son cuentos distintos, extraños, vacíos, irónicos, cínicos, absurdos, lúcidos. Los cuentos giran obsesionados alrededor de esa información chatarra que se produce por millones en la web, en los medios. Uno se puede topar con historias hilarantes como la de un hombre que acompaña a una chica a visitar a un proyeccionista de un viejo cine de Lavalle, o con una chica cool porteña que al coger le gusta que le cuenten historias de un animalito. También se puede leer la historia de un hijo de superhéroes, o la de un japonés sobreviviente al tsunami que teme el arribo de Godzilla, etc.

El secreto entre los rusos (InterZona) de Matías Serra Bradford es otro de los valiosos libros de este 2016. Es una novela experimental y fragmentaria, pequeña, donde el protagonista es un lector solitario y misterioso de nombre S. A partir de sus hábitos obsesivos de lectura, de sus manías, sus pesquisas, sus fetiches, sus costumbres, se va construyendo una novela sobre el vacío de la ficción y el afecto.

Otra gran novela de este año fue La maestra rural (Random House) de Luciano Lamberti, la primera del cordobés. En ella abundan hechos paranormales, propios de los relatos de terror o de la ciencia ficción clase B, referencias y estilo que ya se visualizaba en sus excelentes libros de cuentos y en su relato Los campos magnéticos. La maestra rural está construida con varios relatos cerrados que interactúan entre sí. La novela trata de una maestra rural (estilo Alcira Cardona) que escribía poesía en una especie de trance. Estos materiales poéticos causan adicción, locura y muerte a sus lectores. Uno de ellos decide investigar la vida de la poeta sin medir las consecuencias. La Maestra rural tiene como narradores a diferentes personajes que por distintas razones se conectan con las historias de la poeta: desde familiares y vecinos hasta aquellos que, al igual que ella, tienen vínculos con los Sefraditas, la secta que está detrás de la mayoría de los sucesos incomprensibles y asombrosos de la novela. Vale la pena leer esta novela, sobre todo si uno es adicto a esas ficciones que, ingenuamente o no, van solucionando el misterio con la irrupción de un misterio aún mayor.

Finalmente, a esta lista añado, la aparición en español de Manual para mujeres de la limpieza (Alfaguara) de Lucia Berlin, más allá de la catarata de elogios que recibe el libro, tranquilamente está a la par de lo mejor de Cheever o Caver; también el segundo tomo de Los diarios de Emilio Renzi (Los años felices) (Anagrama) de Ricardo Piglia; por último, los libros de cuentos Qué vergüenza (Seix Barral) de Paulina Flores y Niños héroes (Random House) de Diego Zúñiga.

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Rodrigo Urquiola (escritor)

Libro boliviano publicado este año: El único libro boliviano que haya sido publicado este año y que leí es Caja de zapatos, de Isabel Suárez. Interesante primer libro de cuentos.

Libro boliviano publicado cualquier otro año y que recién fue leía este año: Los Andes no creen en Dios, de Adolfo Costa du Rels: Esta es una de las mejores novelas bolivianas que leí. Me parece que, lectores y escritores nacionales, todavía tenemos mucho que aprender de este autor que, quizás debido a las modas, quizás debido a la natural ceguera de los críticos nuestros, parece haber sido olvidado en ciertas “altas” esferas. Sé que se lo sigue leyendo ahí donde a nadie le importa, en colegios fiscales, quiero decir (espero). Antonio Eguino hizo una película de título homónimo inspirada libremente (triste lastimosamente demasiado libremente) en esta novela y en un par de cuentos (La Miskki Simi y Plata del diablo) de este escritor sucrense. No es mala la película, pero, ante la fuerza del libro, se queda muy pequeña, como suele suceder. Lindo sería que la gran mayoría de cineastas locales dejen de lado sus habituales pobres ideas narrativas y confíen más en los escritores nacionales y con ambición, como hizo Eguino en esta ocasión y, un par de veces, Valdivia. La idea de la religión, del temor al dios bíblico y lo que ello implica, en tierras mineras olvidadas es el eje filosófico que sustenta esta narración. Alrededor fluye Uyuni y el milagro maravilloso y tétrico de sus salares. Uyuni, con sus espejismos premonitorios o pesadillescos incluso, en esta novela, es una síntesis de Bolivia y, como tal, arrastra varias heridas de la historia nacional. Dos personajes sobresalen la mayor parte de la novela. Clotilde Esquivel, la Clota, la cabrona, la chilena, matrona de una casa de prostitutas extranjeras, está en el margen, no sólo de la sociedad, sino de la religión. En cambio, Tina Tovar, esposa del juez, católica fanática, está en el lugar opuesto al margen, es un ejemplo de rectitud moral y devoción religiosa y goza de poder en la iglesia. La Clota tiene la idea de que, a través del sufrimiento del cuerpo entregado al deseo de los hombres, puede conseguir una redención ante los ojos de Dios y guía a sus prostitutas en esta misma dirección. Así, por ejemplo, dona la mayor parte de sus ganancias a la iglesia, ganancias que, cuando el cura se entere de su procedencia, serán rechazadas en nombre de la moral cristiana. Moral cristiana excusa que, más tarde en la novela, y de la mano de una desquiciada Tina Tovar, servirá para destruir, para incendiar, para asesinar y para desencadenar el resentimiento histórico nacional. La casa de las prostitutas chilenas, llegado el frenesí desencadenado por la locura religiosa, será tomado, por la turba, como la personificación del enemigo que nos despojó del mar en la guerra de 1879 y su incendio será metáfora de una venganza patética, quizás la única venganza a la que podemos aspirar. En estas páginas, además de esta riqueza de imágenes, encontraremos a una envejecida Miskki Simi que todavía recuerda la triste pasión de Joaquín Ávila y una familia, los Calvi, cuya tragedia estará entrelazada con la destrucción que sucede más allá del incendio y del linchamiento y que se arrastra, lejos del hecho, por siempre jamás. Y, entonces, sólo quedarán las alturas nevadas, la mina, el último templo posible, para redimirse de verdad.

 

 

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