La que recuerda*

icoon__marine_turtles_444653Mi amante está experimentando la evolución en reverso. No se lo he dicho a nadie. No sé cómo sucedió, sólo sé que un día era mi amante y al siguiente era una especie de simio. Pasó una semana y ahora es una tortuga marina.

…..Lo tengo en la barra de la cocina, en un recipiente de vidrio para hornear que llené de agua.

…..“Ben”, le digo a su pequeña y protuberante cabeza, “¿me puedes entender?”, y me mira con sus ojos como pequeñas gotas de alquitrán y yo derramo unas lágrimasen el recipiente, un mar de mí.

…..Está retrocediendo un millón de años en un día. No soy científica, pero aproximadamente, ese es el cálculo que hice. Busqué al viejo profesor de biología del instituto comunitario y le pedí que me bosquejara el arco temporal de la evolución. Se molestó al principio—quería dinero—.Le dije que estaba dispuesta a pagarle y eso lo animó un poquito. Apenas pude leer el bosquejo que hizo —debió haberlo mecanografiado—y resultó que estaba errado. De acuerdo a él, todo el proceso debió tomarnos un año, pero como las cosas se están dando, creo que tenemos menos de un mes.

…..Al principio, la gente llamaba por teléfono y me preguntaba dónde se había metido Ben. ¿Por qué no estaba en el trabajo?¿Por qué no fue a ese almuerzo que tenía con sus clientes? Los libros recién salidos sobre civilización que había ordenado acababan de llegar a la librería, ¿pasaría a recogerlos? Les dije que estaba enfermo, una enfermedad rara, y les pedí que no volvieran a llamar. Lo extraño del asunto es que me hicieron caso. No volvieron a llamar. Tras una semana, el teléfono estaba en silencio y Ben, el mandril, se sentaba en el borde de la ventana, envuelto en las cortinas, produciendo ruidos con su boca.

…..El último día que lo vi como humano, estaba triste por el mundo.

…..No era algo inusual. Siempre estaba triste por el mundo. Esa era la gran razón por la que lo amaba. Nos sentábamos juntos y permanecíamos tristes y pensábamos en el hecho de estar tristes y algunas veces discutíamos sobre la tristeza.

…..En su último día como humano, dijo: “Annie, ¿acaso no lo ves? Nos estamos volviendo demasiado inteligentes. Cada vez nuestros cerebros se hacen más y más grandes, y el mundo se seca y muere cuando hay mucho pensamiento y poco corazón”.

…..Me senté. Recordé que la primera vez que tuvimos sexo, dejé la luz encendida, abrí bien grande los ojos, y me concentré bastante en soltarme; luego me di cuenta que sus ojos también estaban abiertos y dejamos todo y nos sentamos en el piso y tuvimos una larga conversación de una hora acerca de la poesía. Todo era muy extraño. Todo era muy normal.

…..Otra vez me despertó en medio de la noche, me levantó de las azules y pálidas sábanas, me llevó afuera, donde las estrellas, y susurró: Mirá, Annie, mirá—no hay espacio para nada más que para los sueños. Lo escuché, somnolienta, mientras regresábamos a la cama y me quedé viendo el techo, incapaz de volver a dormir. Ben se durmió de inmediato, pero yo volví a salir. Quise soñar con las estrellas, pero no supe cómo hacerlo. Traté de encontrar una estrella a la que ninguna persona en la historia le hubiera pedido un deseo, y me pregunté qué pasaría si la encontraba.

…..En su último día como humano, apoyó su cabeza entre sus manos y se inclinó y yo me paré y besé su nuca, cubrí con besos esa carne y pedí deseos ahí porque supe que ninguna otra mujer había sido tan meticulosa, ninguna había besado cada centímetro de su piel. Lo recubrí con besos. ¿Qué fue lo que deseé? Deseé el bien. Eso fue todo. Sólo el bien. Hace tiempo que deseo generalidades, desde que era una niña aprendí bastante rápido las consecuencias de querer cosas específicas.

…..Lo tomé en mis brazos y le hice el amor, mi hombre triste. “¿Ves?, no estamos pensando”, le susurré en un oído mientras besaba mi nuca, “no estamos pensando en absoluto”, y apoyó su cabeza en uno de mis hombros y me abrazó con fuerza. Luego, volvimos a salir; no había luna y la noche era oscura. Dijo que odiaba hablar y que lo único que quería era mirarme a los ojos y decirme cosas de ese modo. Se lo permití y mi piel se erizó por todas las cosas en su mirada. Luego me dijo que quería dormir afuera y a la mañana siguiente, cuando desperté en la cama, miré al patio y allí había un simio tumbado en el cemento, sus grandes y peludos brazos tapaban su cabeza para bloquear la lumbre del sol.

…..Incluso antes de ver sus ojos, supe que era él. Y una vez que estuvimos cara a cara, me clavó la misma mirada triste y abracé sus enormes hombros. Ni siquiera me importó entonces, no al principio, no entré en pánico ni llamé al 991. Me senté con él en el patio y aplaqué el pelaje que revestía el reverso de su mano. Cuando se aproximó, dije No, casi gritando,  y pareció entender y retrocedió. Tengo límites.

…..Nos sentamos en el jardín y arrancamos la grama. En ese momento, no extrañé al Ben humano; quería conocer al simio también, quería cuidar a mi amante como si fuera mi hijo, como si fuera una mascota; quería conocerlo en todas las formas posibles pero no me percaté que nunca regresaría.

…..Ahora llego del trabajo y espero encontrarme con el aspecto que tenía caminado por la casa y preocupándose y descubro, una y otra vez, que se ha ido. Paseo por las habitaciones. Masco paquetes enteros de chicle en cuestión de minutos. Repaso mis recuerdos y me aseguro de que sigan intactos porque si él no está aquí, es mi trabajo recordar. Pienso en la forma que tenía de cubrirme la espalda con sus brazos y de apretarme tan fuerte que me ponía nerviosa, y la forma cómo se sentía su aliento en mis orejas: cálido.

…..Cuando voy a la cocina, espío en el recipiente y veo que ahora es una especie de salamandra. Es diminuto.

…..“Ben”, susurro, “¿te acordás de mí? ¿Te acordás?”.

…..Sus ojos parpadean en su cabeza y yo echo un chorrito de miel en el agua. Le solía encantar la miel. La lame y luego nada al otro extremo del recipiente.

…..Este es el límite de mis límites: aquí concluye. Nunca tenés la certeza de dónde está y luego te estrellás y pum, ya estás ahí. Porque no soportaría mirar al agua y no poder divisarlo en absoluto, no soportaría buscar en las pequeñas oleadas con un microscopio para poder localizar a mi amante, la maravilla unicelular, hinchado y con bordes, descerebrado, siendo, como una mancha en el ojo diluyéndose en la nada.

…..Lo pongo en el asiento del pasajero y manejo en dirección a la playa. Mientras camino por la arena, saludo a la gente recostada en toallas, sus cuerpos expuestos al sol. Al filo del agua me inclino y coloco el recipiente en la punta de una ola bebé. Flota bien, un barco de cocina, ojalá que alguien lo encuentre lavado en la orilla y lo use para hacer galletas, un hallazgo afortunado para una pobre alma  con todos los ingredientes pero sin un recipiente.

…..Ben, la salamandra, se aleja nadando.  Me despido moviendo los dos brazos de forma ostensible para que él pueda verme si decide mirar atrás.

…..Me doy la vuelta y regreso al auto.

…..A veces creo que él aparecerá en el malecón. Un hombre desnudo con la mirada asustada que se sumergió en la historia y supo regresar. Reviso los periódicos. Me aseguro que el número de mi teléfono esté registrado. Camino por la cuadra durante las noches por si élno recuerda qué casa es. Le doy de comer a los pájaros en el jardín y a veces, antes de irme a dormir, paso las manos por mi cráneo para ver si está creciendo, y me preguntó qué cosa, y con qué fin,  lo llenara.

aimee_bender

 

*Traducido del inglés por el escritor boliviano Maximiliano Barrientos

Aimee Bender es una escritora estadounidense (1969), autora de novelas y libros de cuentos. La que recuerda  es una  traducción de su relato The rememberer,  que está publicado en la antología The girl in the flammable skirt.

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