Secretaria*

secretary

Mary Gaitskill

Las clases de mecanografía y secretariado eran en el sótano del edificio de la escuela de negocios de un instituto comunitario. La profesora era una viejita con un cabello que flotaba como nube alrededor de sus sienes y que tenía kleenex pegados en las mangas de su vestido para una eventualidad futura, del tipo nasal. En una de sus arrugadas manos sostenía un cronómetro e inclinaba una de sus caderas mientras nos miraba con severos e imperiales ojos, sin que le importase que su vientre le colgara todo abultado. La chica que se sentaba frente a mí tenía finos rizos rubios que descendían por sus hombros pequeños. En los climas secos y fríos hebras de pelo se alzaban de su cabeza.

            Era una clase de dos horas con un receso de diez minutos. Todos se iban al pasillo en los recesos para beber café y comer las golosinas de las máquinas. Las chicas formaban grupos y se ponían a charlar, y los dos chicos mecanógrafos de redondeados hombros recorrían lentamente el pasillo, sostenían sus tazas de polietileno y miraban las luces que se filtraban por las ventanillas de las puertas de las clases de negocio.

            Iba hacia la amplia ventana que daba al parqueo y miraba las luces que brillaban en el chasis de los autos.

            Después de clase, volvía a casa y ponía mis libros en la mesa donde comíamos, entre las sobras que habían quedado de la cena: servilletas arrugadas, vasos con agua, un plato de frejoles verdes que yacía sobre un agarrador de ollas. El plato de mi padre siempre estaba allí, con huesos roídos y restos de salsa picante. Él solía estar en el living con su pijama y un plato lleno de helado. “¿Cuántas palabras por minuto mecanografiaste?’”, preguntaba.

            No era una pregunta descabellada, pero la forma predecible y agitada que tenía de formularla me resultaba molesta. Reflejaba cómo acumulaba detalles estúpidos y el miedo obsesivo de que yo tendría el mismo destino de mi hermana. Desde hacía ocho años, ella trabajaba en un hogar para personas con retraso mental. Todos los días vestía jeans y una chamarra del ejército para ir a trabajar. Cuando volvía a casa, se encerraba en su cuarto y se recostaba en la cama. Cada tanto bajaba y nos poníamos a bromear o mirábamos televisión, pero eso no sucedía muy a menudo.

            Mi madre solía llevarme en el auto a distintos sitios para ver si conseguía trabajo. Primero revisábamos los avisos en el periódico, dibujábamos círculos o marcábamos con una X aquellos que nos interesaban. Los periódicos profanados yacían en la mesa del comedor en un folder gris y nosotros discutíamos las opciones.

          “No soy amistosa y no tengo buen aspecto. No voy a presentarme a un aviso que busca gente de ese tipo. Sería tonto”.

            “Podés ser amistosa. Y sos linda cuando no te estás saboteando”.

            “No me saboteo. Querés pensar eso sólo para tener algo que decir”.

            “Te estás acorralando, Debby”.

            “Mierda”. Agarré la envoltura de un caramelo y comencé a doblarla de una forma fea. Mis manos eran rojas y ásperas. No importaba cuánta loción usara.

            “Creo que comenzamos con el pie izquierdo”.

            “Callate”.

            Mi madre cruzó sus piernas. “Bueno”, dijo. Agarró la sección de clasificados y se acomodó. Inclinó su cabeza y cerró los ojos. El labio superior se movía hostil mientras leía. Le dio un sorbo a su taza de té.

            “Soy confiable. Podría responder un aviso que busque gente confiable”.

            “Sí, sos eso”.

Terminamos en el auto. Tenía hinchados los dedos de mis pies debido a los tacones. Mi madre y yo usábamos los kleenex de una florida caja que se encontraba en el tablero y los botábamos en una bolsa marrón que estaba al lado del basurero. Había un montón de tráfico en ambas vías. Pasamos por Amy Joy, la tienda de donuts. Todavía no habían repuesto la letra Y en el letrero de Amy.

            Nuestra primera parada fue Wonderland. Había un trabajo en las oficinas de Sears. El hombre que nos atendió tenía una gran nariz que desaprobaba todo, y exhibía sus rígidas manos curvadas en su escritorio. Todo el tiempo se miró las manos. Dijo que iba a llamarme, pero supe que no lo haría.

            Cuando volvíamos al parqueo, pasamos por una tienda que vendía mascotas. Sólo había hámsteres, peces y exhaustos pájaros amarillos. Nos detuvimos y miramos al enjambre de pececitos plateados nadando en una pecera llena de una espesa agua verde. Una vez vine a esta tienda cuando tenía diez años. El mall recién había abierto y fuimos a pasear. Mi hermana, Donna, fue la que quiso ir a la tienda de mascotas. Era cálida y húmeda y olía a pelaje y a hámster. Cuando salimos, todo me pareció frío. Le dije que me hacía frío y Donna se sacó su chamarra blanca de cuero y me la puso sobre los hombros, apoyó una de sus manos en mi hombro izquierdo por un minuto.  Nunca me había tocado de esa forma antes y nunca volvió a hacerlo.

            El siguiente sitio al que fuimos era una oficina que brindaba información sobre impuestos. Quedaba en un edificio hecho de losa que tenía una franja verde. Me hicieron un test de inteligencia que consistía en su mayoría en preguntas sobre ortografía y en ‘¿Qué es lo que está mal en la oración?’. Una mujer salió de una oficina sonriendo, sostenía mi prueba. “Tu puntaje fue el más alto de todos los que entrevisté”, dijo. “Estás sobrecalificada para este trabajo. No encontrarías ningún desafío. Te aburrirías hasta morir”.

            “Quiero aburrirme”, dije.

            Sonrió. “No creo que eso sea cierto”.

            Tuvimos una linda charla acerca de lo que la gente quiere de sus trabajos y luego me  fui.

            “Bueno, espero que no estés sorprendida de haber conseguido la calificación más alta”, dijo mi madre.

            Fuimos a la panadería francesa que quedaba en Eight-Mile Road y compramos unas galletas que se llamaban orejas de elefante. Las comimos de la bolsa mientras mi madre manejaba. Me sentí tan bien, pude haber permanecido en el auto, dando vueltas, durante todo el día.

            Luego fuimos a la oficina de un abogado en Telegraph Road. Era un edificio achatado hecho con ladrillos anaranjados. No había otras casas o tiendas alrededor, sólo un estacionamiento y algunos tensos árboles que parecían como si los hubieran peinado. Mi madre me esperó en el auto. Sonrió, agarró un crucigrama y comenzó a examinarlo. La sonrisa todavía colgaba de su rostro.

         El abogado era un hombre de baja estatura con oscuros y brillantes ojos, y con hombros inmóviles. Me sostuvo la mano con un arrebatamiento indiferente y agresivo. Sentí como si él hubiera podido meter su mano a través de mis costillas, agarrar mi corazón y apretarlo un poco sólo para saber qué se siente, y luego soltarlo. “Vení a mi oficina”, dijo.

            Nos sentamos y me clavó los ojos. “No es un trabajo exigente”, dijo. “Tengo una asistente que se encarga de investigar y cubre el aspecto legal, y las correcciones de pruebas se hacen en la agencia. Lo único que necesito es una mecanógrafa con buena presencia que sea puntual y conteste el teléfono”.

            “Puedo hacer eso”, dije.

            “Es un trabajo aburrido”, dijo.

            Me miró fijo. Sus ojos empezaron a recubrirse de pensamientos. “Tenés algo”, dijo. “Sos hermética, sos impenetrable. Sos como un muro”.

            “Lo sé”.

            Mi respuesta lo sorprendió y sus ojos perdieron el escudo que los revestía. Inclinó su cabeza y volvió a mirarme, sus brillantes ojos volvieron a estar al descubierto. “¿Alguna vez te relajás?”.

            Los bordes de mi boca se deformaron, como si estuviera riendo. “No sé”. Mis palmas estaban cubiertas de transpiración.

Su secretaria, que se estaba yendo, me llamó al día siguiente y me dijo que él quería contratarme. Su voz era serena, plana, carecía de tono.

            “Ese curso de mecanografía realmente sirvió”, dijo mi padre. “Hiciste una buena inversión”. Entraba y salía del comedor en plácida agitación, sostenía en una mano un vaso de cerveza. “La oficina de un abogado puede ser un lugar fascinante”. Estiró el mentón y se rascó el cuello.

            Incluso Donna salió de su habitación e hizo pipocas y las puso en una gran fuente amarilla que dejó en la mesa para que todos comiéramos. Ella comió perezosamente, sus largas manos se hundían en la fuente. “Podría salir bien. Personas interesantes podrían ir. A pesar de que todos los abogados son unos imbéciles”.

          Mi madre permaneció en silencio, estaba orgullosa del rol que había tenido en conseguirme un trabajo. Agarraba los granos de pipocas entre sus dedos y se los llevaba a la boca.

              Esa noche puse sobre una silla la ropa nueva que usaría en el trabajo y la observé. Una falda marrón, una blusa beige. Me atraía su insípida fealdad, pero no sabía cuánto duraría esa sensación. Miré sus grises sombras que la luz de la lámpara proyectaba y luego me giré hacia la esquina oscura de mi cama.

           El entusiasmo de mi familia me ponía sarcástica con el trabajo –con cualquier esfuerzo por conseguir lo que fuera, de hecho–. A la luz de su entusiasmo, lo único que de verdad tenía sentido parecería ser la inmovilidad y la rudeza. Pero en la mañana, mientras comía mis huevos hervidos con tostadas, me sentí entusiasmada y llena de curiosidad. El sentimiento fue incrementándose cuando estábamos en el auto con mi madre, cuando me llevaba a ese achatado edificio de ladrillos anaranjados. Sentí que estaba logrando algo. Quería que me fuera bien. Cuando pasamos por Amy Joy, la tienda de donuts, vi a través del vidrio a obreros expectantes que calzaban pesados botines y vestían chamarras. Estaban sentados en tocos recubiertos de vinil, esperaban el café y los donuts. Romanticé a los obreros y a la decencia de los trabajos que no requerían destreza mental. Me sentí a gusto de ser como ellos, era uno de ellos. Le devolví la sonrisa a mi madre cuando bajé del auto y dije “Gracias” cuando ella me deseó buena suerte.

           “Bueno, aquí estás”, dijo el abogado. Aplaudió con sus pequeñas y compactas manos, e hizo mucho ruido. “Puntual. ¡Buen día!”.

            A continuación me dio las indicaciones, y lo siguió haciendo a lo largo de la semana. Nadie interesante llegó a la oficina. De hecho, casi nadie llegó. En la primera semana sólo hubo tres personas. Una fue una mujer de mediana edad que tenía un corte de pelo desigual y calzaba botas de lluvia como las que usan los niños. Se sentó en el filo de una de las sillas que había en la sala de espera con las dos botas muy juntas, revolviendo las cosas que tenía en la cartera. Otra fue una mujer gorda en un vestido chillón que se parecía a una bolsa. Tenía los ojos amarillos donde supuestamente tendrían que ser blancos, y sostenía su cartera como si se tratara de un arma. El último fue un hombre que se sentó y movió frenéticamente la cabeza como si quisiera desprenderla de su cuerpo. Podía escuchar cómo elevaba su voz en la oficina de abogados. Cuando se marchó, salió el abogado y dijo “Está completamente loco”, y me pidió que mecanografiara una cuenta por quinientos dólares.

            Todos los que estaban en la sala de espera se veían confundidos, como si no hubieran sido bienvenidos. Estaban inquietos. Los elegantes sillones también lucían desorientados en aquella rígida modernidad de la sala de espera. Mi pesado escritorio de roble era un idiota parado contra un muro cubierto de yeso beige. Las siniestras plantas que tenía detrás daban la apariencia de un conglomerado de plantas, incluso cuando una de ellas era un pequeño objeto.

            Me sorprendía que una persona como el abogado, que parecía organizado, tuviera semejante oficina. Pero estaba cómoda. Su revoltijo era como un nido de pajaritos que se amontonaban para darse calor. Mis primeras dos semanas fueron tranquilas. Disfrutaba la monotonía de los días, la repetición de las actividades, las breves y educadas interacciones que tenía con el abogado. Disfrutaba al sentir cómo él me imponía su tonta autoconfianza. Me decía “Mecanografiá esta carta”, y mi sensibilidad se contraía hasta la consumación del logro y encontraba una expresión en el hecho de acabar la carta. Yo era útil.

            Mi madre me recogía todos los días. Solíamos pasar por el A&P y volvíamos a casa con pan blanco, cervezas y salchichas kielbasa para mi padre. Subía a mi cuarto, me quitaba la camiseta y la blusa, y las tiraba en el piso. Me metía en la cama de desordenadas colchas vistiendo sólo calzones y pantis y escuchaba a mi padre gritándole a mi madre hasta quedar dormida. Despertaba cuando Donna golpeaba a mi puerta y gritaba “¡La cena!”.

            Bajaba con ella y nos sentábamos en la mesa. Todos veíamos las noticas en la tele mientras comíamos. Mi madre tenía una mirada desolada y  abstraída. Mi padre devoraba como si fuera un animal atacando a su plato.

            Tras la cena, subía a mi habitación y ponía discos y escribía en mi diario o jugaba al ajedrez con Donna hasta que era hora de irme a la cama. Antes de dormirme, miraba la falda y la blusa que usaría al día siguiente. Despertaba y lo primero que veía era el caniche del tiempo, que tenía que ponerse rosado, azul o verde, dependiendo del clima que hacía, pero estaba gris, era del único color que se ponía. Escuchaba a mi padre en el baño, la radio, el agua, el sonido de un vaso cuando lo asentaba, el crak y click que hacía el gabinete de las medicinas cuando lo abría y lo cerraba. Donna por lo general estaba de pie frente a mi habitación, esperando que él acabara, murmurando “Mierda” o algo por el estilo.

            Rememorando esos días, no sé por qué fui tan feliz, pero lo cierto es que lo fui.

El primer día de la tercera semana, el abogado salió de su oficina, se encontraba más rígido que de costumbre, sus ojos resplandecían de forma peculiar, como si me estuviera acosando. Sostenía una de mis cartas. La puso en mi escritorio. “Mirá esto”, dijo. Hice caso.

            “¿Lo ves?”

            “¿Qué?”, pregunté.

            “Esta carta tiene tres erratas. Una es, creo, un error de ortografía”.

            “Lo siento”.

            “Tampoco es la primera vez. Hubieron otras que dejé pasar porque eran tus primeras semanas. Esto tiene que parar. ¿Sabés cómo me hace quedar esto con la gente que recibe las cartas?”.

            Lo miré, estaba aterrorizada. Durante dos semanas, había una catástrofe escondida en el redil de mi alegría y él ni siquiera me había avisado. Me pareció injusto. De todas formas, cuando pensaba en ello, podía entender su reticencia, quizás incluso su vergüenza, por tener que llamarme la atención debido a algo tan estúpido y desagradable.

            “Volvelo a mecanografiar”.

      Hice lo que me pidió, pero temblaba tanto que cometí más errores. “Estás desperdiciando mi tiempo”, dijo, y me volvió a entregar la carta. La mecanografié de forma correcta la tercera vez, pero se encerró malhumorado en su oficina por el resto del día.

           Este tipo de cosas se repitieron a lo largo de la semana. Cada vez que pasaban, la irritación y el escepticismo del abogado se incrementaban. También sentía algo que crecía dentro de él, un íntimo racimo germinaba en sus zonas más oscuras, se alimentaba del sentimiento de que él había descubierto algo en mí.

              La situación me tenía muy deprimida. Cuando regresé a casa al mediodía ni siquiera pude hacer una siesta. Me tiré en la cama y miré al caniche del tiempo y fantaseé con tener una conversación con el abogado que aclarara la situación, en la que le explicara que yo trataba de hacerlo lo mejor que podía. Al parecer, él tenía la impresión de que yo cometía los errores a propósito.

            Al final de esa semana comenzó a quejarse por la forma en que yo atendía el teléfono. “Sos como una máquina”, dijo. “Tu voz parece que proviene de la Dimensión Desconocida. No pensás cuando le estás respondiendo a la gente”.

            Cuando me pidió que entrara en su oficina al final de ese día, pensé que me iba a despedir. La idea fue un alivio, pero uno entumecido. Me senté y él me echó una mirada que era especulativa pero benigna. Se inclinó en su silla y adoptó una postura placentera, una mano colgaba de una de sus muñecas. Sorpresivamente, comenzó a hablar sobre mis problemas desde la perspectiva en que él los veía.

            “Tengo la impresión de que sos una persona muy linda pero compleja, con un lado salvaje que te esforzás por esconder. Cerraste la casa y actuás como si no hubiera nadie allí”.

         “Es cierto”, dije. “Hago eso”

        “Bueno, ¿por qué? ¿Por qué no te abrís un poco? Por ahí eso ayude a que mecanografíes mejor”.

            En realidad, nada de eso le incumbe, pensé.

           “Deberías tratar de hablar más. Sé que soy tu jefe y que tenemos una relación laboral, pero deberías sentirte libre de discutir tus problemas conmigo”.

            La idea de discutir mis problemas con él me resultaba ridícula. “Se me hace difícil la idea de tener esa clase de conversación con usted”, dije. Dudé. “Tiene una personalidad fuerte y … Cuando entro en contacto con una personalidad de ese tipo, tiendo a retroceder porque no sé cómo encararla”.

            Estaba encantado con esa respuesta, pero dijo “No deberías ser tan tímida”.

            Más tarde, cuando pensé en la conversación que tuvimos, me pareció que por un lado ese abogado era sólo un idiota. Por otro, sus comentarios eran bizarramente conmovedores, y me volvían horriblemente sensible. Nadie me había hecho comentarios tan personales.

         Al día siguiente cometí otro error. La charla íntima que habíamos tenido el día anterior hacía que ese error le resultara aún más repulsivo, ya que se enojó más que las anteriores veces. Quería que me despidiera, incluso se lo hubiera sugerido, pero estaba paralizada. Me senté y contemplé fijamente la carta mientras él me gritaba. “¿Qué es lo que está tan mal en vos?”.

            “Disculpe”, dije.

            Se mantuvo callado durante un momento, luego dijo “Vení a mi oficina. Y trae esa carta”.

            Lo seguí.

            “Dejá esa carta sobre mi escritorio”, dijo.

            Lo hice.

            “Ahora inclinate para que podás verla directamente. Poné tus codos sobre el escritorio  y tu cara pegada a la carta”.

            Desconcertada y temblando, hice lo que me pedía.

            “Ahora leé la carta para vos. Leela una y otra vez”.

         Leí: “Querido señor Garvy: estoy muy agradecido con usted por haber consultado…”. Empezó a darme nalgadas cuando dije “consultado”. Lo más curioso de todo, es que ni siquiera estaba sorprendida. De hecho, seguí leyendo la carta, a pesar de que entendía poco de lo que decía. Comencé a llorar sobre esta, lo que volvió borrosa a la tinta. La palabra “humillación” llegó a mi mente con tanta fuerza que bloqueó a las otras palabras. Es más, sentí que el significado de la misma había influenciado de forma significativa en mi vida desde hacía ya un buen tiempo.

            Creo que me dio nalgadas alrededor de diez minutos. Leí la carta unas cinco veces, en parte porque se volvió tan borrosa que ya era ilegible. Cuando se detuvo, dijo “Ahora andá a arreglarte y volvé a mecanografiarla”.

            Fui a mi escritorio. Cerró la puerta de su oficina. Me senté, me soné la nariz y limpié mi rostro. Me quedé en la luna durante varios minutos, cada tanto pensaba en el ardor de mis nalgas. Mecanografié una vez más la carta y se la llevé a su oficina. No levantó la mirada cuando la deposité en su escritorio.

            Volví y me senté, planeaba hundirme en un estupor de algún tipo, pero entró un cliente, y no pude hacerlo. Tuve que llamar al abogado y decirle que un cliente había llegado. “Que espere”, dijo bruscamente.

            Cuando le pedí que esperara, se acercó a mi escritorio y comenzó a hablar. “Ya estuve aquí dos veces”, dijo. “¿Me reconocés?”.

            “Sí”, dije. “Por supuesto”. Era un hombrecito de mediana edad con manos inquietas y una pálida cicatriz que bajaba desde sus labios hasta su mentón. La cicatriz no lo hacía ver rudo, estaba demasiado ansioso para ser rudo.

            “Nunca creí que algo como esto me iba a pasar”, dijo. “Nunca pensé que iba a estar en la oficina de un abogado ni siquiera una vez, y ya he estado aquí en tres ocasiones. Y nada se ha logrado. Siempre odié a los abogados”. Me miró como si esperara que yo me ofendiera.

            “Harta gente los odia”, dije.

            “Era eso o dispararles a esos miserables de mis vecinos, y ahí sí hubiera tenido que conseguir un abogado para que me defienda. ¿Conocés la historia?”

            La conocía. Estaba demandando a sus vecinos porque tenían un perro que “ladraba todo el puto día”. Lo escuché hablar. Me sorprendió cómo ese tipo de conversación restauró mi sensibilidad. Todo parecía perfectamente normal cuando el abogado salió de su oficina para recibir a su cliente. Noté que tenía mi carta en una de sus manos. Antes de que se volteara para hacer pasar a su cliente, me la pasó, sonriendo. “Bien hecho”, dijo.

            Cuando regresé a casa esa noche, todo estaba igual. Mi vida no se había deshecho por lo acontecido, pero notaba que la distancia que me separaba de mi familia se había incrementado. Mi trasero ni siquiera estaba rojo cuando lo miré en el espejo del baño.

            Pero cuando me metí en la cama y pensé en ello, me excité. Estaba tan excitada, como nunca antes.  Sin embargo, eso tampoco me sorprendió. Sentí un aletargamiento; sentí que nunca podría mantener una conversación normal con alguien. Me masturbé despacio, para prolongar lo máximo posible el clímax. Pero no había clímax, por más que lo intenté por largo tiempo. No pude dormir.

            Sucedió dos veces más en la siguiente semana y media. En la subsiguiente semana, cuando cometí un error en el mecanografiado, no me dio nalgadas. En vez de ello, me pidió que me inclinara sobre su escritorio, que viera el error y que repitiera “Soy una estúpida” durante varios minutos.

            Por otra parte, el tipo de relación que sosteníamos no cambió. Él seguía siendo dinámico y amistoso por las mañanas. Y, debido a que estaba tan seguro de sí mismo, no podía evitar reaccionar como si él fuera el mismo jefe autoritario pero afable. De todas formas, nunca más me invitó a que discutiera mis problemas con él.

            Comencé a tener sueños recurrentes en los que aparecía. En uno, el más frecuente, caminé con él por un campo de grandes y brillantes amapolas rojas. El día era cálido y radiante. Nos sonreíamos, y había una espléndida sensación de liberación y benevolencia entre nosotros. Me miró y dijo “Ahora te entiendo, Debby”. Luego me sostuvo las manos.

            Una vez me sentí perturbada por lo que estaba ocurriendo en la oficina. Era antes de la cena, y mi padre estaba alterado por algo que le había pasado en el trabajo. Lo escuchaba gritar en el living mientras mi madre intentaba consolarlo. Gritaba “¡Preferiría trabajar en el circo! En una de esas cosas donde ponés la cabeza a través de un hoyo y la gente paga por echarte basura”.

            “Ningún circo tiene eso ahora”, dijo mi madre. “Tranquilizate, Shep”.

            Cuando bajé para la cena, todo se había normalizado. Miré a mi padre y sentí una enferma sensación de amor clavada al desprecio y al pánico.

La última vez que cometí un error de mecanografía y el abogado me hizo pasar a su oficina, dos cosas inusuales ocurrieron. La primera fue que cuando acabó de darme las nalgadas me pidió que me levantara la falda. El miedo brotó de mi estómago y ascendió por el pecho. Traté de mirarlo.

            “No tenés miedo de que vaya a violarte, ¿o sí?”, dijo. “No. No estoy interesado en eso, ni siquiera un poco. Levantate la falda”.

            Bajé la mirada. No tengo que hacer esto, pensé. Puedo detener esta situación ahora mismo. Puedo arreglarme e irme de aquí. Pero no lo hice. Me levanté la falda.

            “Sacate tus pantis y tu calzón”.

            Un dedo de náusea me pinchó el estómago.

            “Ya te dije que no voy a cogerte. Hacé lo que te digo”.

            La piel de mi cara y mi garganta estaban calientes, pero la punta de mis dedos y mis piernas estaban frías mientras me sacaba el calzón y las pantis. La carta que yacía frente a mí estaba distorsionada más allá de lo que era reconocible. Pensé que iba a desmayarme o a vomitar, pero no lo hice. Me aferraba a un sentimiento de suspensión vertiginosa, como el que tenía en algunos sueños en los que podía volar, pero sólo si hacía raras posturas.

            Al principio él parecía que no estaba haciendo nada. Luego me di cuenta del pequeño frenesí de una energía que se consumía detrás de mí. Tuve la impresión de que era un vicioso y pequeño animal removiendo tierra con sus garritas y sus dientes. Chorreó mis caderas con una porquería caliente y pegajosa.

            “Andá a limpiarte”, dijo. “Y volvé a mecanografiar esa carta”.

            Me paré despacio, y sentí cómo la falda descendía sobre esa mugre pegajosa. Él abrió enérgicamente la puerta y salí de la habitación sin siquiera haberme puesto las pantis ni el calzón, ya que de todas formas iba a usar el baño. Cerró la puerta tras de mí y la segunda cosa inusual ocurrió. Susan, su asistente, estaba de pie en la sala de espera con un semblante raro. Era una rubia que vestía pantalones cortos, una chompa chillona y un collar de bisutería alrededor del cuello. Cuando se mostraba más amistosa, tenía un tono encantador de voz. Pero en esa ocasión, apenas podía decir hola. Sus estúpidos gordos labios estaban deformados en una mueca, como si estuviera especulando algo.

            “Hola”, dije. “Dame un minuto”. Notó la forma rara en que caminaba, debido a que tenía las pantis bajadas.

            Fui al baño y me limpié. No me sentí avergonzada. Actuaba de forma mecánica. Quería que esa tonta asistente se fuera de la oficina para volver al baño y masturbarme.

            Susan completó su mandado y se marchó. Me masturbé. Volví a mecanografiar la carta. El abogado estuvo en su oficina el resto del día.

            Cuando mi madre me recogió en la tarde, preguntó si me encontraba bien.

            “¿Por qué lo preguntás?”.

            “No sé. Te ves un poco rara”.

            “Estoy bien, como siempre”.

            “No sonás muy bien, querida”.

            No respondí. Mi madre movía las manos sobre el volante, arriba y abajo. Lo apretaba ansiosa.

            “Por ahí querés que nos paremos en la panadería francesa y que compremos algunas orejas de elefante”, dijo.

            “No quiero orejas de elefante”. Mi voz sonó inesperadamente desagradable. Casi me puse a llorar.

            “Está bien”, dijo mi madre.

Cuando me recosté en la cama para dormir la siesta, sentí a mi cuerpo denso y pesado, como si fuera muy difícil moverme otra vez, lo que me pareció bien, ya que no quería moverme. Cuando Donna golpeó la puerta y gritó “La cena”, no respondí. Metió su cabeza en mi cuarto y preguntó si estaba dormida, y le dije que no tenía hambre. Me sentía inerte, pensaba que dormiría, pero no podía hacerlo. Permanecí despierta y escuché el rumor de sus conversaciones y la televisión y los sonidos que hacían en el baño. Llegó la hora de dormir, escuché cómo abrían y cerraban los cajones y las puertas, mi padre se fue a la cama y esperó el sueño escuchando la radio. Los dígitos naranjas de mi despertador marcaban la 1:30. Pensé: tengo que sacarme las pantis y resbalé al hacerlo. Me senté y miré a la calle gris y fría. Los arbustos de la vereda se veían congelados y miserables.  Me acordé del periodo que atravesé hacía un año cuando no podía dormir porque creía que alguien entraría a la casa y nos mataría a todos. Eventualmente, ese miedo se desvaneció y pude dormir. Me recosté sin quitarme la ropa y me cubrí con una colcha finita. Tarde o temprano, me voy a quedar dormida, pensé. Sólo tengo que esperar.

            Pero no dormí, de hecho mi mente se volvió incoherente por largos y feos lapsos de tiempo. Pasaron las horas; el cuarto se volvió gris. Escuché los sonidos habituales de las mañanas: el inodoro, las toses, los hostiles susurros de Donna. Por lo general, antes despertaba temprano y permanecía en cama escuchando el torpe intento de mi familia de organizar su día. Casi siempre, el sonido que hacían me llenaba de una aversión irracional. Esa mañana me sentí desesperada y los añoré a todos, y tuve la certeza de que nunca seríamos cercanos mientras yo viviera. Mis fosas nasales se llenaron de lágrimas que no alcanzaron a salir por los ojos.

            Mi madre tocó la puerta. “Querida, ¿no vas a llegar tarde?”.

            “No voy a ir al trabajo, me siento enferma. Voy a llamarlos”.

            “Yo los llamo, vos quédate nomás en la cama”.

            “No, los voy a llamar. Tengo que ser yo la que llame”.

            No los llamé. El abogado no llamó a la casa. No fui ni llamé al día siguiente o en el día que siguió a ese. El abogado tampoco se puso en contacto. Estaba ligeramente herida por el hecho de que no me hubiera llamado, pero el alivio que sentía era mucho mayor.

            Después que me quedé en casa por cuatro días, mi padre me preguntó si no estaba preocupada por tomarme una licencia tan larga. Le dije que iba a renunciar, se lo dije delante de Donna y de mi madre. Se quedó anonadado.

            “Eso no es muy inteligente”, dijo. “¿Qué es lo que vas a hacer ahora?”.

            “No me importa”, dije. “Ese abogado era un idiota”. Para el asombro de todos, me puse a llorar. Dejé el comedor, me vieron subir las gradas corriendo.

            Al día siguiente, en la cena, mi padre dijo “No te desalentés porque tu primer trabajo no salió bueno. Hay un montón de otros puestos”.

            “En este momento no quiero pensar en otro trabajo”.

            El descontento se sentía en la mesa. “Vamos, Debby. No querés echar a la basura todo lo que aprendiste en los cursos de mecanografía”, dijo mi padre.

            “No la culpo”, dijo Donna. “Estoy harta de trabajar para idiotas”.

            “Mierda”, dijo mi padre. “Si yo hubiera tenido que renunciar a los trabajos que tuve por esa razón, ustedes se hubieran muerto de hambre. Por ahí eso era lo que debí haber hecho”.

            “¿Qué te pasó, Debby?”, dijo mi madre.

            Dije “No quiero hablar de eso”, y volví a dejar el comedor.

Luego de esa conversación ellos presintieron, con la intuición que tenían para lo miserable,  que algo espantoso había pasado, porque no volvieron a preguntarme.

          Recibí por correo mi último cheque del abogado. Llegó con una carta. Decía “Lo siento por lo que sea que hubiera pasado entre nosotros. Me di cuenta que cometí un terrible error con vos. Sólo espero que podás entender, y que no embarrés más una situación que ya es vergonzosa al hablarla con alguien más. Te deseo todo lo mejor”. En una posdata me aseguró que podía contar con él para que me diera excelentes referencias. El cheque era por 380 dólares, poco más de los doscientos que me debía.

            Se me ocurrió romper el cheque, o enviárselo por correo al abogado, pero no lo hice. En ese entonces doscientos dólares valían mucho más de lo que valen ahora. Si lo juntaba con el dinero que tenía en el banco, me alcanzaría para alquilar un departamento e incluso me sobraría algo. Subí a mi cuarto y escribí 380 en la tarjeta de mi cuenta bancaria. No me sentí como una puta o algo parecido. Sentí que estaba haciendo lo correcto. Miré a la cifra de mi cuenta con verdadera satisfacción. Luego bajé y le pregunté a mi madre si quería ir a comprar algunas orejas de elefante.

            En las siguientes dos semanas, me olvidé de la idea de conseguir un nuevo trabajo o de mudarme de la casa de mis padres. Dormía toda la mañana a pesar de los ruidos cotidianos y me levantaba al mediodía. Comía un tazón de cereales fríos y hacía correr agua en el lavaplatos. Veía la gris sucesión de viejas comedias en la tele. Resolvía crucigramas. Yacía en la cama envuelta en un enredo de sábanas y edredones y me masturbaba dos, tres, cuatro veces seguidas, siempre pensando en aquello que me pasó.

            Todavía atravesaba esa fase cuando mi padre me mostró el periódico y dijo “¿Viste lo que tu antiguo jefe está haciendo?”. Había un pequeño artículo sobre las elecciones para alcalde que se avecinaban en Westland. Se estaba postulando. Agarré el periódico que me ofrecía mi padre. Por primera vez, sentí un disgusto sencillo por el abogado. Westland no era más que malls y tiendas de donuts y un gran y horrible teatro que tenía un volcán artificial en su entrada. ¿Qué tipo de idiota quería convertirse en el alcalde de Westland? Una vez más, me fui del comedor.

            A la siguiente semana recibí una llamada. Era la voz de un hombre, una voz suave, penetrante, como si buscara consolarme. “¿Señorita Roe?”, dijo. “Espero que me perdone por hacer esta llamada de forma inesperada. Soy Mark Charming, de Detroit Magazine”.

            No dije nada. La voz se cargó de incertidumbre.

            “¿Puede hablar, señorita Roe?”.

            No había nadie en la cocina, y mi madre pasaba la aspiradora en la otra habitación. “¿Hablar sobre qué?”, dije.

            “Su anterior jefe”. La voz se volvió ligeramente severa cuando pronunció esas palabras, y luego adquirió ese tono consolador. “Por favor no se asuste o se enoje. Sé que esta puede ser una llamada perturbadora para usted, y seguramente le parezca entrometida”. Hizo una pausa para que yo pudiera reír o algo. No lo hice, y su voz se tornó más cautelosa. “La cuestión es que estamos haciendo un reportaje sobre su ex jefe ya que se está postulando a alcalde. Para ser franco, creemos que no debería postularse a semejante cargo. Creo que sería lamentable para todo el área de Detroit. Tiene una reputación asquerosa, señorita Roe, aunque es probable que esto no la sorprenda a usted”. Hubo otra cuidadosa pausa que yo no interrumpí con ninguna palabra.

            “Señorita Roe, ¿sigue ahí?”.

            “Sí”.

            “Creemos que usted puede revelarnos información sobre su anterior jefe que podría dañar sus aspiraciones. Esta información no estaría conectada con su nombre. Usaríamos un seudónimo. Su privacidad estaría asegurada”.

            Mi madre apagó la aspiradora y el silencio me cercó. Sentí cómo se cerraba mi garganta.

            “¿Necesita tiempo para pensarlo, señorita Roe?”

            “No puedo hablar ahora”, dije, y colgué.

            No pude atravesar el living porque mi madre me preguntaría quién había llamado, así que bajé al sótano. Me senté en el sofá y me acurruqué, sin siquiera preocuparme por los ciempiés que podrían haber. Apoyé el mentón en mis rodillas y miré las cajas donde mi padre amontonaba viejas novelitas baratas y el revoltijo de Barbies con las que Donna y yo solíamos jugar en el jardín. Un rígido pie blanco y una pantorrilla sobresalían de uno de los envases que tenía impreso un cielo azul. Se veía desamparado y patético.

            Por alguna razón, me acordé cuando mi madre me llevó a un psiquiatra hacía algunos años. Una de las preguntas más obvias que hizo fue “¿Debby, alguna vez has tenido la sensación de haberte salido de tu cuerpo, como si te pudieras observar desde otro lugar?”. Nunca, pero me estaba pasando ahora. Y no era una sensación desagradable.

mary_gaitskill

Mary Gaitskill (Lexington, Kentucky, Estados Unidos, 11 de noviembre de 1954) es una novelista estadounidense, ensayista y escritora de cuentos. Sus obras han aparecido en The New Yorker, Harper’s Magazine, Esquire, The Best American Short Stories (1993, 2006, 2012), y The O. Henry Prize Stories (1998, 2008). 

1era imagen: fotograma de la película Secretary (2002) basada en la historia de Gaitskill y dirigida por Steven Shainberg y protagonizada por Maggie Gyllenhaal y James Spader. 

*La autora publicó en 1988 el libro Bad behavior que incluyó el relato Secretary, inédito en español hasta ahora gracias a la traducción del escritor Maximiliano Barrientos. 

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