Cosechar tempestades

julio

Por Virginia Ayllón

Cosechar tempestades reúne cinco poemarios publicados por Julio Barriga en 24 años que van de 1992 a 2016: i) El fuego está cortado, 1992 FC; ii) Versos perversos, 2004; iii) Cuaderno de sombra, 2008; iv) Luciérnaga sangrante, 2013 y, v) Pensamientos nublados, 2016.

En esta obra de 24 años hay un camino que, casi en sentido cronológico, despega en estado de ebullición, desde El fuego está cortado, imponiendo un ritmo in crescendo a los siguientes poemarios. Por eso es notoria esa especie de pascana que es Pensamiento nublado, el último recogido en esta Obra reunida. No se trata, sin embargo de dos tiempos, sino más bien de dos versiones de una misma antología. De este modo, en conjunto, los cinco poemarios expresan una continuidad de las ansiedades pero fundamentalmente del soporte, del lenguaje con que el poeta las expresa.

La soledad y el poeta constituyen el árbol de esta obra, todo ronda en torno a la construcción biológica, orgánica, y anímica, subjetiva, de la soledad que instituye al poeta. Desde la nostalgia por la infancia traspapelada más que perdida, hasta la avenencia en la comunidad bohemia de poetas, todo remite a un lenguaje que devastando sistemática e inmutablemente toda energía edifica el poema y erige al poeta. “Cincel de la soledad, me vas tallando”, es un verso que se repite en diferentes poemas de varios de estos poemarios.

El tatuaje de la soledad en la piel del poeta, más claro aún, en la lengua del poeta. Pero seamos más precisos todavía, una lengua, tatuada de soledad, que busca, como un ojo avizor.

El poeta se indaga a través de la mirada “pues todo ojo es luz” dice uno de sus Versos Perversos, con el ojo el poeta se autoengendra, se convierte en hacedor: “Y mi ojo era un inmenso órgano sexual/De las asimilaciones” (Mirabas las cosas hasta quemarte los ojos). Buscar, buscarse, con la lengua tatuada de soledad, establece la voluptuosidad del conocimiento; asimilar es un hecho carnal. Por su efecto, dice el poeta: “La carne aúlla sucias confidencias” (Singladura en bici).

Con este verso abyecto, sucia confidencia, el poeta husmea en su identidad: “La verdadera imagen de un hombre se obtiene/ únicamente en el espejo de otros ojos (La soledad es como el mar puesto de filo). No es en el otro entonces que se confirma sino en los ojos del otro, no en la mismidad del otro, en sus ojos, en su mirada; esto es, en la interpretación, del otro, del mundo y de sí mismo.

Abre el poeta el abismo de los espejos porque la deseada unidad (la de reconocerse en el otro) deviene, en realidad, en ruptura, fragmento, triza, pedazo. Ha creado el poeta el mundo de la división y en recoger sus pedazos se le irá la vida.

La lengua tatuada de soledad sobreviene serpiente bífida y multiplicada al infinito, como los espejos en los que se anhelaba el encuentro.

Ha llegado también al mundo de la locura del lenguaje, cada añico, esquinas o minúsculas partículas de la memoria y de lo que se ve, precisa un verbo: “Roto en mil no encuentro mis pedazos” (Semana Santa). No hay conocimiento posible solo más carne para devorar: “¡Años y noches de escupir mi alma en trozos!/ Nunca antes había conocido tanto sobre nada (La locura de mis noches se propaga).

 Así, la luz que todo ojo anuncia se ha convertido no en oscuridad sino en sombra. El mundo de Barriga es el mundo de la sombra, una especie de lugar de resistencia, de espera, ante la inminente oscuridad: “espero, me llamo el que espera/ que llegue luz justo en medio día/(…)/ sí, soy el perseguido de su sombra (Bailoteo neuronal).

 De este modo, la soledad que ha tatuado la lengua, ahora múltiple, se amplifica en angustias, mirar por los ojos del otro que son mis ojos, organiza el espanto. No hay, sin embargo, salida. La infrahumanidad del cíclope decreta que los ojos se abren de una vez y para siempre: “Y esto se llama escribir a oscuras/ (…)/ Estoy quedando solo y sin palabras/ No puedo cerrar los ojos ni un instante” (Yo soy un territorio libre de sospechas). Al anhelo de reconocer (se) en los ojos de otro sobreviene la urgencia de cerrar los ojos (Yo hubiera querido quedarme dormido), o de desaparecerlos“un quieto torbellino me borrara los ojos”(Oh hazme una máscara pues estoy muy solo).

Este andar mirando del poeta lo sitúa en un espacio, una frontera que es la ciudad, cuya identidad también es especular: “muros empapados de sangre consuetudinaria/ amamantando la máquina del cosmos/ multiplicando ojos hasta la desaparición” (Enumeración de lo innumerable). Barriga es un privilegiado poeta de la ciudad. Notoriamente cambia el registro cuando de ella se ocupa, dedicándole extensos versos en contraposición a su casi siempre breve poesía. “Óyeme ciudad ¡te amo! deja/ alzar mi voz a tu belleza estrafalaria y rota/ deja que mate a hondazos tus palomas/ y oye mi canto acribillado de nostalgia…” (Enumeración de lo innumerable).

Barriga no mira la ciudad, Barriga es la ciudad: “Soy una ciudad pasando a través de un individuo” (Singladura en bici). Mas este canto celebratorio no es pausa para los ojos abiertos: “Que me haya perdido más de diez/ veces en ti, pequeña ciudad/ sin hallar dónde poner los ojos que no duela” (Yo trataré de estar, hoy como siempre). La ciudad iluminada no es oscuridad, es sombra, y la sombra de la ciudad es la noche: “la noche hecha de ojos/ Con monstruos detrás de todos los volúmenes” (la noche hecha de ojos).  El cíclope de ojos eternamente abiertos detrás de la escritura.

Mirados y enfrentados todos los ojos (también los del amor), quedan solo los otros, los de la muerte: “aquella que vendrá y no sabrás qué ojos/ tendrá para mirarte fijamente/ hasta arrancarte el alma (Yo hubiera querido quedarme dormido).

Decíamos antes que la sombra es el tiempo de la espera de algo que rompa lo que roto está. Aguardar otros ojos, otros ojos son posibles: “Y la noche no es un jaguar azul ni mierda/ Es una pantera con ojos en la piel/ Con ojos de AmyWinehouse”(Mis incontables cadáveres no dejan de mirarme).

 El poeta ya lo sabía desde El fuego está cortado, y extendiendo su espera se deshizo en relucidos versos. En su poema “La soledad es como el mar puesto de filo” imprimió esta estrofa que la dejo colgada hasta que otros ojos, los de Amy, la revelen:Soledad donde el débil se disgrega/ en un caos de insípidas harinas/ mientras en ella el fuerte crece/ de sí mismo se alimenta y se extiende/ sobre vastos dominios interiores/ y ama su soledad reveladora”.

Hay una traslación en el último poemario, busco un olor dice el poeta, testificando una partida y una transferencia, casi un final de la espera, no una llegada, sino una pascana, una parada en esa ebullición y efervescencia, que sin embrago algo ha fermentado. Este poemario despliega imágenes de cansancio, extenuación: “Tranquílate guaguay de mi alma/ (…)/ Exílate de tus instintos/ En el cálido regazo de un epílogo/ La muerte y su inmi(a)nencia(…y es en las tinieblas donde mi ser fulgura). Mas la constancia de la muerte también fue entrevista en El fuego está cortado:No me vengan con verdad y vida/ cuando la muerte es la única verdad” (Corrimos los magníficos caballos), una verdad que precisaba otros ojos para también revelar el rechazo del poeta, su batalla, siempre perdida como dice otro de sus versos, contra la única de veras inmanente e inmanente. Llega agotado el poeta, divisando nada más, ya no calificando, la danza de la muerte: “Y ya no hay dolor, tan sólo un callo/ Una córnea dureza en el espíritu/ Mientras con pies ágiles la muerte vino/ En un paso de danza” (La labor de la lengua).

Unos ojos y una rosa, los de Amy, han pulverizado los ojos ciclópeos siempre abiertos: “Mirar los ojos de AmyWinehouse/ Hasta sentir que se pulverizan las rosas” (Mis incontables cadáveres no dejan de mirarme). Esta pausa, esta transferencia del sentido, que es un aniquilamiento, “una pequeña muerte, en espera de la grande”, ha multiplicado al poeta, no ya en trazos desconocidos y desparramados, tampoco en una unidad inasible sino en la certeza de una pluralidad, una colectividad dispar, casi gozosa: “Y hay algo en mí que siempre muere/ Y hay algo en mí que nunca muere/ Y hay algo en mí que siempre espera/ Y hay algo en mí que nada espera”(Mis incontables cadáveres no dejan de mirarme).

“Absuélveme lector me necesitas limpio” dice uno de los versos del primer poemario (Esta manía de absoluto nos disgrega), y en este último el poeta se absuelve a sí mismo transgrediendo su papel de hacedor que el ojo le había conferido. Pero si en su primer poemario enfrentaba a Borges desde su sitial de también decidor: “fácil imaginar que un dios nos imagina/ e incitar cordialmente a cerrar pico” (Una tensión encapricha los ambientes)en los últimos versos declara que “Hay que saber ser dignos de la nada/ Con una atención indiferente/ Con un rencor ecuánime, ardiente desapego”.

Esta celebración de la nada, este alejamiento del ojo, tal vez buscando un olor, o robando de Amy la rosa y el silencio: “Música asimilándose a un perfecto silencio/ (…)/ Vivir como si hubieras muerto/ (…)/ Y más allá de la ilusión el canto. /Y más allá del canto…qué?/Así como hay lo invisible, en Amy existe/ Lo inaudible.(…)/ Despertar sola en la profunda e intensa/ Poética del silencio y la incompletidad (Subordinarse a una rosa)

Y parafraseándolo, ha llegado el poeta al fondo, al país de Winehouse donde las cosas transcurren pese a sí mismas, ha llegado para construir poemas: “Construir poemas sobre nada/Sobre esa nada edificarme/Ser sólo trayecto/Un punto en fuga/Llamita en la punta de una vela/De cumpleaños sin torta/En un lugar muy ventoso” (Soy esa estatua de sal que es todo hombre).

 

*Este texto fue leído durante la presentación de Cosechar tempestades (Editorial El Cuervo) , libro con la poesía reunida de Julio Barriga.

Virginia Ayllón es poeta, bibliotecóloga y crítica literaria.

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