Todos los caminos conducen a Santa Cruz

Por José Andrés Sanchez

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I

…..Vamos a escalar esta montaña, se dice Juan.

……El canal de desagüe recorre el cuarto anillo de Santa Cruz. En algunos tramos se puede ver el cielo desde el fondo. En otras partes hay una ciudad encima. Árboles, cemento y autos que tosen contaminación. Bajo esos techos habita Juan. A veces trepa los muros del gran acueducto. En sus andanzas juega a los ladrones y policías. Un sustento justo para un hombre, diría en alguna ocasión.

……El sol se refleja en sus ojos verdes. El sudor del verano cruceño gotea por su pálida piel. Rastros de arena cuelgan de sus desaliñadas barbas. Limpia la cal de su frente, arremanga la chompa celeste y mantiene la mirada clavada en la cima. Pestañea y respira con fuerza. Inhala y exhala con esperanza.

……Mientras asciende por la montaña de hormigón sus pensamientos se pierden en lo que vendrá. Una señora desatenta dentro de un auto sin seguro. Diez pesitos, una jaladita, una fumadita. Paz. Paz. Paz. Escucha las bocinas y el llamado de los vendedores de periódicos. La avenida enfurece a las once de la mañana al lado de la enorme cloaca.

……Pie izquierdo adelante y brazo derecho extendido. Empieza la travesía.

II

……Juan visitó las cumbres de Samaipata a sus 16 años. Era la primera vez que salía de la ciudad. Le emocionaron los cerros, las casas antiguas y las incómodas calles de tierra.

……Viajó con amigos del colegio. Ellos usaban el cabello largo, manillas de colores y sandalias en lugar de zapatos. Juan, en cambio, vestía siempre zapatillas de marca, camisas con cuello y llevaba el pelo prolijito, como recién cortado en la peluquería.

……¿En qué pozo estarán metidos?, se pregunta ahora. ¿Alguno de ellos será gerente? ¿Jugador de fútbol? ¿Astronauta? ¿Si me ven me reconocerán? Si veo a alguno lo asalto, a ver si me recuerda.

……Una de esas tardes en los valles descubrió a San Pedro. Todos ya lo conocían excepto Juan. Tenés que tomarlo seco, le dijeron y así lo hizo. Tenía sabor a arena.

……Nada sucedió durante los primeros minutos. Luego un golpe de viento ascendió por la espalda. El soplido en los oídos era un dulce pífano. El acariciar del atardecer asemejaba las melodías de un piano de cola. ¿Lo sienten?, preguntó. Todos dijeron que sí moviendo la cabeza. El volumen del mundo creció de a poco, con la intensidad de una orquesta de cuerdas. Vientos y ritmos gitanos. El planeta le revelaba su naturaleza humana. Somos uno, pensó y se largó a llorar.

……Desconsolado y feliz, Juan vio el rostro del universo.

III

……Brazo izquierdo extendido, pie derecho por delante, cabeza erguida.

……Alcanza la cima y el cemento aparece ante a sus ojos. Por sobre el canal, la ciudad suena tambores desafinados. Transitan peatones perdidos en sus teléfonos, un hombre camina con la mirada pegada al suelo, un niño ofrece dulces baratos. De los micros bajan estudiantes y mujeres con bolsas grandes. La vendedora de periódicos usa gorra y un delantal celeste. Más bocinas, un avión cruza los cielos y un policía obeso compra empanadas en la esquina. Todo es asqueroso, piensa Juan. Escucha un maullido y vuelca la mirada. Busca el sonido. ¿Quién me llama?

IV

……Juan nunca olvidó la primera vez que probó un durazno. Fue en la clínica. Llevaba internado seis días. Junto a su lecho se hallaban el nebulizador y las jeringas que luego entrarían a sus venas. También el juguete de los Transformers que le regaló su madre la mañana de su cumpleaños. El ataque de asma llegó a las tres de la tarde, al regresar del colegio. Por la ventana de la habitación ingresaba una luz celeste, tal vez matizada por el color de las cortinas. Había catres con sábanas blancas, un televisor apagado y un baño a mano izquierda. No estaba solo, pero lo parecía.

……El durazno lo trajo su abuela. Le dijo que era de Vallegrande, pero Juan no entendió esa palabra. Tras el mordisco, el placer inundó su boca. Saboreó los jugos y el azúcar. Fue como morder una pelota de tenis. La diferencia era que esta esfera naranja tenía sabor a verano. En su memoria guardó el recuerdo de las enfermeras, la sopa de fideos y las gelatinas. Su madre y abuela al borde de la cama. La gran tabla donde los doctores anotaban algunas cosas que él no podía leer. Ese día también le obsequiaron un cubo rubik y unas figuras de G.I. Joe. El placer de la fruta, sin embargo, quedó pegado a su memoria y paladar.

V

……El gato se esconde entre la llanta trasera y el caño de escape. Maúlla y lo mira. Rescátame, parece implorar. Juan se agacha y extiende el brazo. Tranquilo chico, te voy a sacar de ahí. Miau, le responde. Es pequeño, de ojos claros, pelaje negro, naranja y blanco. Juan empuja con delicadeza y el gato salta hacia la acera. Lo toma con las manos y lo acerca a su pecho. Besa su frente. El diminuto animal estira el cuello y lame las barbas del vagabundo. Vamos abajo, tengo pan, le dice. Te llamarás Quijote. Y así fue bautizado.

VI

……El diablo le visitó durante quince años. En principio se le presentaba cada tres o cuatro meses. Luego lo recibía todas las noches. El primer episodio ocurrió durante el  invierno. Juan despertó. Luces apagadas y silencio en la casa. Su madre dormía en otra habitación. Frente a él, bajo el umbral de la puerta del cuarto, se hallaba la sombra. No tenía ojos, pero sabía que le miraba fijamente. No se movía, pero sentía que se acercaba. Quiso gritar y no pudo. Trató de huir, mas no logró mover un dedo. El espectro sobre él y el terror dentro de sus ojos.

……Con el tiempo las apariciones se hicieron más intensas. El demonio respiraba a su lado, jalaba sus brazos, se tiraba sobre su pecho. Dijo su nombre en una ocasión.

……La primera vez que le mostró su aspecto físico fue en Buenos Aires. Alejandra dormía a su lado. Juan soñaba que caminaba por Santa Fe en un anochecer. Basura, tiendas cerradas y la luna brillaba. Frente a él se presentó un lustrabotas que usaba pasamontañas negro. Vestía con chompa celeste, pantalones de tela negra y sostenía una desgastada cajita de madera. Le miró de frente y Juan se acercó. El diablo se alejó. No tenía pies. Flotaba. Mientras avanzaban la calle oscurecía. No veía por dónde caminaba ni la silueta del limpiabotas. No distinguía su brazo extendido que trataba de alcanzarlo. Negro total.

……Abrió los ojos. Estaba en la cama y aún era de noche. Todo permanecía en su lugar. Elevó la mirada y descubrió al lustrador frente a él. Se miraron.

……Juan despertó gritando. Alejandra también gritó.

……Desde esa aparición no se manifiesta sólo en sueños. Siempre está con él. Tampoco necesita verlo para recibirlo con los brazos abiertos. A veces lo encuentra en alguna esquina, dándole la espalda. Otras veces habita en su cabeza, como un chirrido. Ya no le habla, ya no se acerca. Jamás le abandonó.

VII

……“Me enamoré de Alejandra a mis diecinueve años. Estuvimos juntos durante seis. Tres de ellos fueron maravillosos. El resto fue un vía crucis. Diez meses antes de conocerla había muerto mi madre. Se la llevó un tumor cerebral que la tuvo en cama casi un año. Durante ese tiempo yo estuve a su lado. Día y noche acompañándola. No había nadie más que nosotros. Después de su muerte me encontré solo en esa casa. No podía entender por qué todo había sido tan violento e injusto. Recuerdo que recibía visitas de amigos, pero no quería ver a nadie. En ese tiempo conocí la marihuana y la cocaína. También conocí a Alejandra. Había besado antes, pero pienso que mi primer beso fue con ella. Había tenido sexo antes, pero el primer cuerpo que realmente sentí y deseé fue el de ella. Fumábamos y cogíamos. Todo el día en esa casa vacía. Como dos almas perdidas en el ojo de un huracán. Era maravilloso. Así pude superar en poco tiempo la soledad que vino a consecuencia de la muerte de mi madre. Gracias a ella conocí a Artaud, Nietzche y Sartre. Gracias a ella conocí el arte del desdoblamiento y la quiromancia. El tarot y la lectura de sueños. Solíamos relatarnos los sueños en el momento que despertábamos. Los analizábamos en detalle y luego hacíamos el amor. El día que nos fuimos no miré hacia atrás. Quería dejar esta ciudad y no había mejor compañía que la de Alejandra. El dinero del anticrético era suficiente para pensar en un futuro juntos en Buenos Aires.

……Dicen que esa ciudad te vuelve loco. Es cierto. También te exprime. Emocional y económicamente. Es muy difícil sobrevivir allá sin haber salido del colegio o tener algún estudio. Bueno, es difícil sobrevivir en cualquier lugar. El trabajo no escaseaba, pero faltaba dinero y amor. Mucho amor. Durante el día ayudaba en una pizzería en Liniers. En las noches trabajaba en un parque de diversiones. Eso era más entretenido. A veces me encargaba de entregar premios en algunos juegos de puntería. La mejor parte era cuando controlaba las tazas voladoras. Encender, apagar. Acelerar, frenar. Tenía a esa gente en la palma de mi mano. Los dos negocios eran del mismo dueño. Nunca lo conocí pero imagino que era un hijo de puta. Alejandra trabajaba en un salón de belleza. Ahí fue que se encontró al tipo por el que me dejó.

……Ese día tuvimos una gran pelea. Ella quería discutir y yo no estaba para esas cosas. Tuve que callarla. La tomé del cuello con una sola mano y apreté. No duró mucho tiempo. Ella lloraba, eso lo recuerdo. Sus ojos querían explotar. Alejandra golpeaba mi pecho y mis cachetes, me pateaba las canillas, luchaba por hablar, pero no podía. Yo deseaba silencio y paz, que cierre su boca y me deje tranquilo. Ella siempre quería arreglar las cosas. Para mí nada estaba roto y eso era muy molesto. Finalmente la solté y la dejé caer. Estuvo allí unos cuantos segundos, luego tomó su cartera y se marchó. Yo me quedé en ese cuarto miserable que era el hogar, en medio de esa villa miserable que era nuestro barrio. No hice nada. No traté de recuperarla. No la perseguí. Tampoco volví a trabajar en la pizzería ni en el parque. Me quedé parado, sentado, echado y los días pasaron hasta que me dio hambre.

……Luego todo fue una vorágine. Tomé mi mochila, algo de ropa, algunos libros. Enfrenté la calle. No volví a tener techo propio, pero jamás me faltaron refugio ni aventuras. Recorrí Rosario, La Paz, Sucre y Cochabamba. Aprendí a sobrevivir e inventar familias en cada esquina. Jamás pensé volver a Santa Cruz, pero un día me encontré dentro de esta ciudad. Todos los caminos conducen a Santa Cruz. Este es mi hogar y estoy tan tranquilo. Nada pasa. Estoy acá y tengo todo lo que necesito”.

VIII

……Sueña con pajaritos posados sobre un árbol. Trinan bajo un sol reconfortante. La copa es frondosa y el tronco imponente. Debe ser un Toborochi. Alzan vuelo y bailan por los cielos. Juan también tiene alas. Extiende ambos brazos para planear en el viento. Esto es la libertad, se dice mientras atraviesa la niebla de las nubes.

……Un corto golpe en la mejilla. Suave y cortés. Juan despierta. Frente a él alumbran los minúsculos ojos del gato. Otro impacto amable, esta vez en la frente. Juan y Quijote pestañean, se miran y no sonríen.

……Se sienta con las piernas cruzadas. Quijote sube a sus faldas. Miau, dice. Aún la amo, piensa Juan. Toma a Quijote con ambas manos y se admiran con ternura. Acaricia su pelaje y rasca la panza del animal. Su cuerpo es caliente y late. Allí dentro hay una vida, corazón, venas, sangre y ansias. Cuando un gato desea algo, ¿llega a ser consciente de ello?

……A lo lejos Juan distingue la silueta que le observa. Parece levitar con tranquilidad. Los ojos del lustrabotas brillan detrás del pasamontañas y su cuerpo no se mueve. Escucha un crujir dentro de su cabeza.

……Coloca las manos en el pescuezo de Quijote y aprieta. Lo hace con gentileza. Luego presiona más. Un poco más. Casi sin fuerza pero con la suficiente para acabar con él. Se miran. El gato no pestañea, Juan no pestañea. Una lágrima brota de los ojos del animal. Un pequeñísimo quejido, casi un lamento. Juan no llora. Estrangula y mantiene la mirada en los ojos del pequeño felino. Las extremidades débiles de Quijote tiran patadas inútiles. Su pecho se eleva y contrae con apuro. Un camino de baba sale de su hocico y llega a las manos de Juan. Ambos abren sus bocas. Uno de ellos lanza su último suspiro.

……No se logra distinguir si hace frío o calor. El viento engaña debajo de los puentes. A veces sopla con bravura mientras que en la avenida no se mueve una hoja. A veces llueve bajo el canal mientras que en las calles alumbra el cielo azul. Es la paradoja de vivir dentro de un pozo húmedo debajo de la tierra.

……Matar lo amado, dice Juan y coloca el cuerpo del animal a un lado. Matar lo amado, piensa y se hunde en un profundo sueño.

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José Andrés Sánchez. Bolivia. 1981. Periodista. Diario El Deber (2004-2009) en áreas de cultura, arte y política nacional. Director General de revista Vamos (2009-2011). En la actualidad escribe artículos para el blog Aullidos de la Calle y suplemento Séptimo Día.

Fotografía: Lesly Moyano

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