Reina de corazones

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Por: Aldo Medinaceli

 

SALGO A BUSCAR una cerveza. Las calles están vacías, impredecibles: son una enorme mesa de póker. Sigo derecho, camino por plaza de armas, doblo por la peatonal. Veo un vendedor y le compro cigarros. Allí está el Viejo pasándose de largo, con su andar rengo, pausado. Me quedo quieto. No quiero verlo, encontrarlo acá no es una buena señal, pienso. No ahora, sábado por la noche. Sigo hasta la parada del autobús. Veo alejarse al Viejo y no le hablo.

kkkkLa vida es un naipe bocabajo, pienso. ¿Sabía Camila lo de Lorena, lo de mis salidas frecuentes? No hay ninguna señal en mi ropa –o eso creo–, ya no importa. Ignoro el infame aspecto de mi camisa. Ingreso al vehículo, cuento las monedas. Algo andaba mal, no quise creerlo, pero es así, cuando ninguno sabe qué decir, es que algo anda mal.

kkkkCamila siempre fue decidida, quien elegía las películas, quien se excitaba primero, quien lanzaba los dados. Mi premio mayor, mi triple siete, mi diva de la fortuna. Jamás imaginé que se iría así. Necesito hablar, contar todo esto a alguien, soltarlo. Salgo, me quedo en el barrio de Liniers. Las luces del Casino se encienden, se apagan. Seducen a las siluetas perdidas como la mía, hundidas en esta urbe  inmensa. El casino sigue vacío, los clientes no llegan hasta las once.

kkkkVeo arriba y encuentro las letras iluminadas, entro sin mirar a nadie. La máquina me distrae. Juego un par de horas. Pierdo. Veo unas fichas tiradas atrás de la máquina. Alguien me toca la espalda, lo que faltaba. Hola Marcelo, me dice. Es el Viejo, otra vez. No le hago caso, alcanzo las fichas, veo su rostro. Su rostro sonriente, impreciso y mañoso. Hola, le digo. Estoy jugando. Se sienta a mi lado, se queda mirándome con su inmensa sonrisa. Hoy andás yeta pibe, me dice. ya no tenés suerte. Sujeto la palanca. Jalo, nada, vuelvo a perder. El Viejo pone su mano sobre mi espalda. Che, confiá en mí, me dice. ¿Pensaste en lo que te dije?, pregunta. Qué, le respondo. Y qué va a ser, lo del gimnasio, me dice como si yo no entendiera nada. Mañana vamos a dar el golpe, me sigue hablando con una calma que a veces me asusta. No, digo sin titubear, no he pensado en nada. Volteo hacia la máquina. El Viejo mira mi camisa, sonríe arrugando su cicatriz sobre la mejilla. ¿Qué le causa tanta risa en mi ropa? Saca la cartera del bolsillo y me muestra un billete de cien. Mirá, te doy esto ahora mismo, pero me respondés hoy ¿eh? No te pido que aceptés, sólo que me des un sí o un no. ¿Qué me decís?

kkkkEl Viejo es así. Se ha dado cuenta de que estoy arruinado. Que algo me pasa. Que mis fichas no funcionan. Que no me quedan cartas bajo la manga. Que he perdido todas las patas de conejo. Debe creer que es por dinero y tiene razón. Si ayer hubiera tenido esos cien pesos hubiera llevado a Camila al cine, o a cenar, y no hubiéramos ido a casa. No hubiéramos discutido. No habría salido el tema de mis salidas mientras acariciaba su cuerpo divino, aunque yo lo negara todo, mintiendo con seguridad como aprendí a hacerlo en el póker. No se habría ido corriendo, dejándome la camisa a medio quitar. Y ahora yo no estaría apostando lo poco que me queda.

kkkkLe quito el billete al Viejo, hurgo en mi bolsillo. Quiero sacar una ficha y meterla en la máquina, sin quitarle la mirada, como en las películas. Mierda, hoy no es un buen día, ya no tengo fichas. Mi aura índigo se ha esfumado. En mi bolsillo sólo quedan pedazos de papel, rastros de mi antigua buena suerte. No importa, dejo la mano adentro. Me levanto de la silla, quiero decirle que es un farsante.

kkkkLa última vez no le pagaste a Tony, le encaro, cómo sé que ahora será diferente. El Viejo vuelve a sonreír. Me molesta su sonrisa torcida, la manera en que ese gesto profundiza la cicatriz sobre su rostro, haciéndola monstruosa. Me molesta que alguien sonría tanto cuando estoy así, entre la histeria y la violencia. No te preocupés, lo de mañana está planificado, me responde sereno, como si eso me tranquilizara. Tenemos amigos dentro, dice. Y yo ya sé que tienen amigos dentro, que todo el barrio es su amigo, y no por amistad sino por interés.

kkkkEl Viejo es quien manda en la zona, todos saben eso. Te llamo más tarde, le digo, me voy con su billete y salgo pateando las latas del suelo. No hay herraduras doradas, se acabaron las escaleras de mano, adiós a todos los jóker. Ahora sólo veo cuatros y espadas. Afuera hay más movimiento. Los pibes gritan, lanzan piropos osados, zarpados, como dicen acá. Veo nenas en minifalda, colegiales y una que otra arrabalera. Camino hacia el snack de la esquina. Necesito tomar algo, al fin pido la cerveza y sólo cuando la pruebo recuerdo que estoy en Baires, que no me acostumbro a la Quilmes y que éstas no son mis calles. Espero a que el tendero cuente el cambio, agarro el auricular y marco el número.

kkkkHola, me dice Tony. Se nota que lo despierto, le digo que acabo de hablar con el viejo. Que mañana darán el golpe al gimnasio. Que me ha pedido ser su campana. No jodás, me dice, ese artillero es pura mafia, los quiere garcar a los dueños porque son del otro clan, la competencia del casino, los cafishos lo quieren ver muerto. No te metás con esa gente, me advierte. Dónde estás, le pregunto. Y dónde va a ser, en casa, contesta, más tarde hay bailanta. Meto otra moneda al aparato. Te espero en la Esmeralda, en media hora, le aviso y escucho que del otro lado alguien grita y que Tony tapa la bocina. Miro alrededor. Cuelgo. Enfrente está el Casino, un panal lleno de neones y zumbidos con personas que entran y salen buscando una noche de suerte.

kkkkMe dirijo hacia la Esmeralda. Pienso en Camila, mi abeja reina, mi fertilizadora de billetes, la invoco, pronuncio su nombre, su imagen de diosa de la buena fortuna. Quiero contagiarme otra vez de su buen sino. Recuerdo sus gemidos, su cabello generoso. Cada orgasmo suyo era un trece rojo en la ruleta, un veintiuno en el black jack, tres limones en las máquinas. Miro hacia arriba nuevamente. Sólo hay nubarrones cargados y los picos de los edificios altos. Y atrás un cielo negro que parece haberme condenado. Quiero respirar profundo pero sólo aspiro el humo de un enorme autobús. Aplasto mi cerveza. Tiro la lata. Decido. Voy a recuperar mi luz, voy a apostar al todo o nada. Mañana iré al gimnasio con el Viejo y su gente. Necesito ese dinero.

*

Camila me lo dijo cuando discutíamos. Estás jugando mal tus fichas. Así no vas a conseguir nada, con tus ideas no vas a comer y tu suerte de principiante sólo te sirve para cogerte minas. Tenía razón, pienso, si quiero recuperar mi destino necesito un soporte, un empujón. Fue suficiente de empleos truchos y hacer ricos a otros. El Viejo es mi última ficha. Aunque su gente no sea de fiar, él sabe que no puede seguir haciendo malas jugadas porque muchos quieren verlo muerto.

kkkkLlego a la Esmeralda, aquel cabaret pesadilla, cabaret veneno, cabaret hogar. Veo sus luces artificiales, una lumbre magnífica sobre su alfombra roja. Adentro hay dos o tres mujeres. Me siento en la barra. Saco el billete y pido una cerveza. Una de las mujeres me mira la espalda, le dice algo a la otra. Ríen. Miran mi ropa desarreglada, esta camisa que ahora pareciera cargar toda mi angustia. Bebo un trago. No paran de mirarme, es una señal, me digo. Las chicas de la Esmeralda reconocen a los ganadores, saben cuando alguien trae guita y la quiere despilfarrar. Quiero saludarlas, invitarles dos cervezas y luego irme a la cama con ellas. Pero no, Tony debe estar cerca y mañana tengo que estar alerta. Las miro, se ríen de nuevo y les doy la espalda. Miran de nuevo hacia mí y ríen con más fuerza. Ahora mismo deben estar pensando que no me atrevo, que tengo miedo, que soy un pelele o que soy puto. Y pensar que con esta misma camisa contraída conquisté a tantas minas. Ahora está arrugada, me digo, arrugada como mi corazón. No importa, sólo pienso en mi amuleto añorado, en mi guía astral, mi musa perdida, Camila. ¿Qué pasó para que decidieras acabar con todo? La cerveza me calienta el rostro y aclara mi mente. Llegan más clientes, encienden la rockola. Una cumbia villera suena en los parlantes. Escucho la voz áspera del animador con cientos de trasnochadas encima.

kkkkTony llega como si fueran las nueve de la mañana. Trae la ropa impecable y los pelos revueltos, le invito una cerveza. Primero no dice nada, escucha todo lo que le voy contando. Al final bosteza y me dice sorprendido Cien pesos así nada más. Sí, le respondo y le muestro los billetes. ¿Y de Camila no me vas a decir nada?, le grito porque la música está cada vez más fuerte. Si yo ya lo sabía, me dice tranquilo, esa mina siempre hace lo mismo, se tira a los pendejos como vos y luego se larga cuando se les acaba la buena suerte, me dice viendo para otro lado.

Por eso acá le dicen la reina de corazones, añade.

*

Veo mi vaso vacío. Escucho la música y le pregunto a Tony por el Viejo. No me dice nada. Después de un rato me pregunta Y qué vas a hacer. Voy a ser su guardia, le respondo y hace como que se asusta. Mira alrededor, vuelve a quedarse callado. A veces pareciera que a Tony nada le importara, que todo le diera igual, así fuera un asunto de vida o muerte, como ahora. Pero por lo menos puedo tenerle confianza, Tony fue el único que me ayudó cuando llegué a la ciudad, quien me enseñó a no ser vencido por la mala fortuna. ¿Y no vas a decir nada? Le pregunto. Es tu vida, me responde. Vacía su vaso y sólo al pararse me dice, embromado por la cerveza caliente, Si vas con ellos mañana, pediles un fierro, con esos tipos no se juega.

kkkkTony los conoce mejor que yo. Él me los presentó hace cuatro meses, cuando llegué a Buenos Aires. Él me llevó al Casino y me dio las primeras fichas. Tony hacía trabajos para la gente del Viejo. Aparecía de la noche a la mañana con dinero y montones de cosas. Televisores, aparatos de música, ropa de marca; pero después le jugaron mal, recuerdo mientras él sale del baño. Renacido, brillante. Se va a la bailanta como cada sábado, con el pelo mojado y peinado hacia atrás. Me pregunta si quiero ir. No, le digo, veo que se aleja caminando. Salgo de la Esmeralda. Tomo el autobús y me siento al lado de la ventanilla.

kkkkLas avenidas parecen cartas marcadas, una mala mano, trampas mal hechas. Adentro hay muchos ebrios. En una esquina sube la gente del Viejo. Es otra señal, me digo. Son tres de sus cafishos. Se tambalean. No estoy seguro si es una buena o una mala señal. Suben con tres mujeres muy viejas. Todos ríen fuerte. Estoy sentado atrás. Escucho lo que dicen. Tenés que sacar los fierros, dice uno. El ruido del autobús no me deja oír bien. Hacer volar el auto, dice otro. Sueltan una carcajada, luego hablan despacio. Hay que ir preparados al gimnasio. Sus risas estallan, mencionan al Viejo. Vamos a liquidarlo. El motor del vehículo hace un ruido espantoso. Me acerco a ellos. No me reconocen, no me conocen. Escucho lo que dicen en voz baja y paso de largo. Sus propios socios van a matar al Viejo.

kkkkAbro la puerta de casa, está todo oscuro. Enrique, mi compañero de cuarto, ronca a gusto. Me tiendo sobre la cama sin quitarme los zapatos. Decido soñar con Camila y hacerle el amor por última vez, probar si sus orgasmos también traen suerte en sueños. Me masturbo, gimo, disparo, y en menos de un minuto logro ver sus ojos color cielo, su boca que me dice que me quiere. Pero pronto su cabello crece y crece, sus dientes se vuelven colmillos y me muerden el miembro. Varias mujeres aparecen alrededor. Tal vez son su madre, sus tías, qué sé yo, son todas iguales. Grito. Me quiero despertar, pero el sueño se hace cada vez más real y Camila ya no es rubia, ya no tiene los ojos color cielo.

kkkkEn el sueño Camila se convierte en la Negra, la cantante de una orquesta de cumbia que canta en las bailantas más rápido de lo que subes, la luna se ocultará, laralá, y es famosa por su culo enorme y porque cada noche, antes de sus presentaciones, les da una mamada a todos sus músicos tragándose hasta la última gota, porque dicen que sólo así logra brillar en el escenario. Empiezo a sudar, la veo encima de mí cantando la vida es una falsa moneda, un amor elegido al azar laralá, laralá. Despierto. Enrique sigue roncando. Veo que está a punto de amanecer. No hay tiempo que perder. Camila me ha hecho algo, pienso, es como esas mujeres que te embrujan y luego no puedes olvidarlas nunca más, es un agujero negro del destino. Sí, así deberían decirle ahora, la chupadora de la buena suerte, me digo, enloquecido. Me ha convertido en un dardo sin veneno, en un balín de salva.

kkkkMi propio amuleto me ha dado todo para después arrebatármelo sin compasión, como en un mal pacto. Sigo con la misma ropa desde ayer, con esta camisa que pareciera atraer toda la mala suerte. No hay tiempo, miro la hora. Ya no hay opción. Casi amanece. Si no le contesto ahora mismo al Viejo, si no lo encuentro, estaré más que arruinado. Puedo ver cómo me sacan esos cien pesos de mi propio pellejo.

kkkkIngreso al baño sin mirarme en el espejo. Meo toda la cerveza y salgo a buscar un teléfono. No hay nada abierto. Decido ir hasta la cabina de la plaza, marco el número del Viejo. Está borracho. ¿Quién sos?, pregunta. Soy yo, Marcelo, le grito y me recuerda. Y yo sabía que te animarías, me dice entre el ruido, ríe fuerte. Mañana a las diez, le escucho, me dice algo más. Varias mujeres cantan. La cumbia villera suena con fuerza. Allí voy a estar, le aseguro y sólo tomo consciencia de lo que he hecho cuando escucho el teléfono colgado del otro lado.

kkkkRegreso a casa, sacudido pero no vencido. A pesar de todo me alegra saber que ya no pienso en Camila, que mi cabeza ahora está puesta en el golpe de mañana. Al acostarme, solo me quito los zapatos. Miro el reloj. En cinco horas me juego el destino, lanzo todas las fichas. Arriesgo el doble o nada. No sueño. No tengo miedo.

*

Al despertar busco el cinturón que no usaba desde hace varias semanas, cuando era un simple costurero, cuando los capataces se burlaban de mi ropa maltrecha, mientras ellos lucían camisas de marca, como esta camisa que visto yo ahora, que me dejó prendado desde que la vi por primera vez en la vitrina de aquel centro comercial, hipnotizado por su capacidad de transformar en alguien decente al que la tuviera puesta. Qué rápido se acabó su encanto, pienso.

kkkkCalzo las botas. Veo que Enrique ya se ha ido, como cada mañana, a fabricar ropa al taller en el barrio de Liniers, a lomear junto a los paisanos. Ahora mismo deben estar laburando en el taller.

kkkkYo he decidido jugar mi propio destino.

kkkkSalgo sin ver el cielo.

kkkkEl viaje a Palermo es largo. Tomo el autobús, o el bondi, como le dicen acá.

kkkkPoco a poco esas palabras se me han ido pegando. No digo chica sino mina. No digo niño sino pibe. A la plata le digo guita y a las salchichas panchitos. Las cervezas son birras, los zapatos tamangos, las tiendas de cosas usadas cambalaches. Las fiestas de cumbia son las bailantas. Los charlatanes, otarios y las armas de fuego, los fierros. Algunas nenas son unas yeguas y a quienes llevan la mala suerte sobre la espalda como yo se les dice yetas. Mi castellano se ha ido transformando desde que decidí emigrar.

kkkkHe perdido hasta mi propio lenguaje, me digo.

Desde la ventana veo los telos, hoteles, y a los tacheros, taxistas, en estas calles familiares que antes solía ver con asombro.

kkkkVeo a los pasajeros que suben. Me pregunto cuántos cambiarán hoy su vida para siempre. Estoy cerca. Aprieto el botón para avisar que bajo. Salgo del bondi. Desde acá puedo ver el letrero del gimnasio, enorme, con letras luminosas y la silueta de un fisicoculturista atrás, como insinuando que en cuanto ingreses y utilices sus máquinas, te convertirás en Arnold Schwarzenegger. Pero no es cierto, nada de lo que ofrecen estos carteles es cierto, pienso. Sonrío por primera vez en mucho tiempo y camino hasta la puerta, canchero, seguro de lo que voy a hacer.

kkkkEl gimnasio cierra los domingos. Está en un callejón aislado. Sólo hay una calle de ingreso, lejos de la avenida principal. Durante la semana llegan los vehículos de los clientes pero los domingos se queda desolado. El Viejo ha pensado bien. Hasta allí sólo van los dueños para revisar los aparatos, sacar el dinero y luego irse en su carro. Ellos son la competencia del Viejo porque quieren abrir otro casino en el barrio.

kkkkMe detengo un rato frente al gimnasio, lleno de valor. El sol está a punto de salir tras el cielo nublado. Busco señales, no hay nada. Las señales se acabaron junto a la buena suerte, me digo. Sólo veo aparecer el carro del Viejo y su gente, como una ráfaga. Adentro están cuatro hombres con gafas oscuras, reconozco a dos de ellos, son los del bondi de anoche. No bromean, siguen ebrios. Me dicen que suba, dan vueltas a la manzana. Empiezan a decirse cosas. Blofean incluso al conversar. Se conocen de toda la vida. Han repetido esa rutina muchas veces: uno, a quien le dicen Fede, conduce hasta la puerta. El otro, Nico, siempre grita y les apunta con el arma. El Viejo se queda en el asiento del conductor y Roco, el que tiene ese gesto de desprecio, hace el trabajo más peligroso, esta vez secuestrar al dueño del gimnasio.

kkkkTú te quedás en la esquina, me dicen. Espantás a todos los carros con esto, me dan un fierro. ¿Me oís? Disparás si es necesario.

kkkkMe dicen que baje. No hay nadie a esa hora, sólo aparece una camioneta color verde oliva, brillante, avanzando como una seda, hermosa, casi elevada del suelo. Son los dueños del gimnasio: marido y mujer.

kkkkEl Viejo silba. El hombre baja. Roco empieza a correr como un loco. La mujer lo mira desde el carro. Grita. En la calle sólo se escuchan sus alaridos. No me fijo si vienen más autos. El ruido de los disparos cubre los gritos. La histeria llega a su punto máximo. Levanto el arma.

*

Recuerdo el viaje atravesando la pampa boliviana, con la inocencia y las ilusiones intactas. El ingreso por la llanura del sur, después una enorme cantidad de luces. Veo la avenida Rivadavia, sus anuncios elevados, y luego el barrio de Liniers. El taller lleno de máquinas de coser, las tardes calurosas, las jornadas de catorce, quince horas. Y la paga que no alcanzaba para nada, peor aún en una ciudad llena de tentaciones.

kkkkVeo el Casino por primera vez. Cansado, hecho pelotas. Los trucos que me enseñó Tony, experto en el oficio. Luego aparece en mi memoria aquella noche mágica. Parecía que una voz me dictaba los números al oído. Gané en la ruleta. Gané en las cartas. Veía señales por todas partes. Las casillas y los naipes me enviaban guiños como luces de neón. Vacié las máquinas. Pero perdí en las ilusiones y el corazón.

kkkkEl juego y el amor no van de la mano, me digo.

kkkkYo no soy argentino, soy boliviano, le dije a Camila. Ella sonrió y esa misma noche nos fuimos a un telo. Cogimos como endemoniados. Al día siguiente no fui a laburar, ni al siguiente. El capataz no me pagó ni me dejó volver. Desde ese día todo fue la ruleta, las barajas y las máquinas. Gané más dinero del que podía imaginar. Me transformé en un Jóker de oro, en el As de las noches porteñas. Se me acercaban las minas y andaba rodeado de pibes.

kkkkLorena me buscaba sin que Camila lo supiera. Nos íbamos de telo en telo a coger como si no hubiera futuro. Ella me iba quitando la ropa con desesperación, devorándome con sus besos, luciendo hermosa con su lápiz labial, rojo fuego, luciendo la imagen misma del pecado. La pasábamos de fiesta en fiesta, recorriendo los centros comerciales donde al fin pude comprarme esta camisa, acercándome canchero a la cajera para decirle que me la llevaba puesta, exhibiendo el dinero que tardaba en llegar tanto como en irse, como mis sueños, como el agua que se diluye por las bocas de tormenta.

kkkkLe jugué mal a Camila, es cierto. Y ella ni se enteró, creyendo cada una de mis palabras, o al menos eso creo.

kkkk¿Por qué te fuiste así, mi talismán robado, mi suerte escondida? ¿Qué sucedió para que huyeras de casa sin voltear la mirada atrás?

*

No tiemblo, tengo el pulso firme. La vida es una falsa moneda, un amor elegido al azar, tarareo tranquilo. El Viejo sigue en el auto. Roco saca a la mujer del cabello y la tira al suelo. Fede y Nico hacen su jugada, deciden robar el carro de los dueños. Todo según el plan. El Viejo toca la bocina desesperadamente. Fede y Nico sacan sus propios fierros. El Viejo comprende que lo han traicionado, que es una presa más en la cruel ruleta de la vida, como dice la canción. Gira la cabeza, se quita las gafas arrugando la cicatriz sobre su rostro. Me mira directo a los ojos. Siento que me quiere decir algo. Es la última señal, me digo. Llegó la hora. Fede y Nico se paran delante de su auto, derechos, con las piernas firmes. Le disparan dos, tres, cuatro veces. Las balas revientan el parabrisas y le perforan el cráneo. Veo volar las gafas del viejo por el aire, caer al piso y romperse en mil pedazos. La mujer sigue tirada en la calzada. Sabe que no se trata de un vulgar asalto. Roco mete al tipo de saco y corbata en la parte trasera del auto, le cubre la cabeza y le golpea con fuerza. Dejan a la mujer tirada en la calzada y terminan el secuestro haciendo un giro en U en medio de la calle.

kkkkAhora veo el carro dirigiéndose directo hacia mí, verde, arrollador, a gran velocidad. Las cartas no podrían ser mejores, pienso. El sol vuelve a salir, me ilumina. No me quedan más fichas. El Viejo está muerto, ha jugado mal. Ahora es mi turno. No me tiembla la mano, escucho más disparos. Soy yo mismo utilizando el arma. Los proyectiles atraviesan la ciudad de Buenos Aires. Me reviso el cuerpo sólo por si acaso. No hay nada –o eso creo– hasta que al fin encuentro la mancha oculta atrás en el cuello de mi camisa arrugada. La marca del infortunio, reluciente como el símbolo de mi mala racha. No es sangre. Es lápiz labial, rojo fuego. La marca que dejó Lorena al despedirse, por eso Camila se fue corriendo, por eso las risas. La única señal, la más evidente, estuvo en mi propia espalda todo el tiempo, como un signo de mi caída ante las tentaciones. Subo al carro con los chicos. El vehículo arranca a toda velocidad. La suerte no existe, me digo riendo y todas las balas van al cielo.

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Aldo Medinaceli (Bolivia, 1982) estudió Literatura en la Universidad Mayor de San Andrés de La Paz y cursó estudios en la Universidad Complutense de Madrid y la Universidad Río Grande do Sul de Porto Alegre. Premio único a la escritura dramática Costa Du Rels 2011; premio de poesía Javir del Granado 2012. Ha sido director pro tempore del suplemento literario “Fondo Negro” del diario La Prensa y obtuvo el reconocimiento al mejor proyecto editorial Morata–SIALE 2011 en Madrid.

Reina de corazones está incluido en Asma (Nuevo Milenio), que ganó este año el premio Dante Alighieri a mejor libro publicado en 2015 en Bolivia.

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