El Olvido Productions

ALEJANDRO S.JPGAlejandro Suárez

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kkkkAmanece y yo parado como una estaca frente a la puerta de salidas internacionales, terminal 2, aeropuerto José Martí. Sostengo una cartulina en la que se lee, escrito con marcador verde, Christo. No espero al mesías; sigo militando en el agnosticismo moderado y Christo es un turista italiano que viene de parte de mi cuñada con la misión de casarse con Marjorie, mi ex novia, licenciada en Bibliotecología, con IQ de ciento quince y buena verba,  herramientas con las que consiguió una plaza como administradora de una sucursal del Banco Metropolitano sin saber ni jota de administración. Estamos separados pero aún somos amigos; hace un año nos dimos un tiempo para pensar qué queríamos. Yo aún no sé qué quiero pero ella parece que lo tiene claro: casarse con un extranjero. Su hermana, casada con un policía genovés, la ha convencido para que le dé el sí a un colega de su esposo que según Marjorie, luce bastante atlético para tener más de cincuenta. Como soy liberal tirando a estúpido y hoy a primera hora mi ex novia tenía una auditoría impostergable, me ofrecí para recoger a su futuro marido.

kkkkMe aburro, miro alrededor, me entretengo mirando carteles; me detengo en uno: “Somos felices aquí”, reza la consigna que acompaña a la imagen de unos niños que lucen, por supuesto, felices.

kkkkFelicidad, palabra triste, como termómetro o ascensor, pienso parafraseando a Neruda. Tengo treinta años y mi sueño de ser guionista está hundido en ese hueco gris e insondable que Marjorie (que es una lumbrera pero que no sabe ni jota de sicología) llama “el inconsciente” y que yo, influenciado por el reciente ciclo de Almodóvar que vi en la Cinemateca, llamo “el olvido productions”. Vivo con mis padres en un departamento de la calle San Lázaro en un edificio con reminiscencias Art Deco construido en los años treinta del siglo veinte. En aquel tiempo una incipiente clase media se asentaba en la zona e intentaba desmarcarse de la chusma obrera de la barriada de Cayo Hueso. Con los años las cosas se emparejaron hacia abajo y en el edificio Art Deco comenzó a escasear el agua y a entrar día por medio; esto hizo que Hal 9000, el inodoro familiar, un mueble sanitario amarillento y bastardo al que bauticé así en honor a la computadora de 2001, Odisea del espacio, comenzara a sufrir las consecuencias de la inestabilidad en el servicio de abastecimiento de agua y se trancara y se llenara de sarro; se sublevara y atacara, como la supercomputadora de Kubrick.

kkkkMi padre es profesor de Economía Política y ramas afines y su rutina comienza a las seis de la mañana; a esa hora se afeita mientras oye las noticias en el viejo radio a transistor Selena. Después desayuna lo de siempre: un pan con mantequilla y una taza de café con leche. La mantequilla es casera, la compro una vez al mes a un ex compañero de la secundaria; la leche la consigo en el barrio, tengo una pequeña red de proveedores compuesta por un ama de casa septuagenaria que vende la que le asigna el Gobierno y una enfermera que la consigue en la cocina del Hospital Siquiátrico. Mi padre es correcto y estructurado y no se ocupa de esos detalles; tiene bastante con abrir el capó de su Peugeot 404 todas las mañanas, asegurar los contactos de la batería, destapar el carburador y echar gasolina en la taza para cebarlo; todo para minimizar los riesgos de un fallo en el arranque. Si al final logra que la combustión se estabilice, cierra el capó y le pega un grito a mi madre para que se apure. Mi madre es directora de una secundaria en Marianao y a diferencia de mi padre, es una mujer práctica y deja que un poco de azar invada sus actos vitales; alarga el sueño, prefiere obviar el desayuno y se levanta maldiciendo y contando los días que le quedan para jubilarse. Lo hace todo a la carrera pero a diferencia del Peugeot 404, nunca falla y a las siete y veinte, cuando mi padre ha concluido con su rutina automotriz, mi madre está vestida y maquillada. Entonces despierto yo.

kkkkNo tengo empleo oficial pero consigo otras cosas además de la leche y la mantequilla. Un amigo abogado que trabaja en el aeropuerto extrae mercancías de los contendedores y me las da en consignación. Últimamente el comercio exterior es variado y es difícil anticiparse; en lo que va de año he vendido repuestos japoneses, lencería colombiana, pinturas canadienses y complementos vitamínicos franceses. Hay que estudiar el mercado y reaccionar rápido porque el cliente de un cigüeñal de Toyota no es el mismo que el de una tanga de encaje, pero todo se aprende, y si no, vean a Marjorie administrando una sucursal bancaria.

kkkkEl año pasado mi amigo se apareció con un cargamento de materiales escolares chinos: reglas, lápices, sacapuntas y compases. Mi madre argumentó (no sin algo de razón) que la gente del barrio iba a pensar que ella se robaba los útiles de su escuela secundaria para revenderlos. Le pedí que hiciera memoria para ubicar en el tiempo la última vez que en su secundaria se repartieron reglas y compases. Fue antes de la visita del Papa, contestó al vuelo, como si hubiera tenido la respuesta en la punta de la lengua. ¿Ves?, le dije, no hay lugar para las suspicacias. Se convenció; hasta me aconsejó armar paquetes con un ítem de cada categoría  y venderlos a un dólar con cincuenta. La idea de mi madre produjo un éxito de ventas sin precedentes en nuestra pequeña empresa comercializadora y ahora familiar, y mis padres pudieron (al fin) salir a comer a La Torre, como cuando eran jóvenes y el bloqueo no les había complicado la vida.

kkkkMiro el reloj, son casi las siete y sigo estático y aferrado al cartel de Christo. Disminuye el fluir de pasajeros, algunos me miran y yo comienzo a tener la certeza de que el mesías no vino o abortó la misión y pasó por mi lado sin darse por aludido; pobre Marjorie.

kkkkEntonces veo a Adela, me es fácil reconocerla aunque ahora su ropa es más elegante, colorida y ajena a su pinta satánica de antaño; se ha teñido los rizos de un color cercano al rojo vino. Empuja un carrito con maletines. No está sola; a su lado camina un hombre de más de sesenta, facciones de extranjero, ojeroso y algo perdido. Avanzan con calma; ella le habla, él escucha y gesticula con cansancio. A menos de tres metros Adela me reconoce y se detiene.

kkkk¡Me cago en la mierda!, exclama; todos los presentes la escuchan (siempre fue mal hablada). Bajo mi cartel. Ella le susurra algo a su acompañante y se acerca; me abraza, siento sus pechos y un perfume que debe ser caro. Me pregunta en qué ando. Negocios, resumo, ¿y tú? De vacaciones, responde, vengo a ver a mis padres. En menos de cinco minutos me cuenta que sigue viviendo en Milán; que tiene un hijo con un milanés muy bueno; que canta en un grupo integrado por cubanos e italianos; que hacen sones y guarachas; que tocan en bares, restaurantes y fiestas privadas; que también da clases de música; que no es millonaria pero vive sin apuros. Hay que lucharla, concluye y se ríe. Le creo, le digo que me alegro. ¡Coño, son más de diez años!, exclama como si recién se diera cuenta de que el tiempo pasa. Me enseña la foto de su hijo en la billetera. ¿A quién se parece?, pregunta. Cagao a ti, le digo aunque sinceramente, no sé a quién se parece. ¿Y tú qué hiciste?  Ni mujer ni hijos ni grupo, digo haciéndome el macho, lo mío es la calle. ¡Sigues tan loco como antes! En realidad nunca fui tan loco (ni antes ni ahora), pero supongo que no debe ser fácil juzgar la vida de un tipo estacionado. Le facilito las cosas y cambio de tema; con disimulo pregunto por su acompañante. ¡Coño, me había olvidado!, exclama. Lo mira y se cerciora de que sigue ahí; con un gesto le pide que espere un minuto o dos. Se acerca a mí (otra vez su perfume) y me explica que no lo conoce; fue su compañero en el vuelo y sufrió un ataque de pánico cuando atravesaron unas turbulencias. ¡Y justo sobre el Triángulo de las Bermudas! Ella lo calmó y le habló un poco de mierda para que se sacara de la cabeza que se iban en picada hacia el océano. Es búlgaro, vive en Italia y es productor musical, susurra con actitud de conspiradora. A modo de despedida, me da un beso en la comisura de mis labios. No te pierdas.

kkkkA punto de subir a un taxi se detiene y regresa. ¿Estás a pie?, pregunta. Gracias, contesto, ando en el carro de los viejos, creo que ya me voy. ¿Qué pasó? ¿No llegó Cristo?, dice burlona. Me pregunta qué haré el fin de semana. Pienso la respuesta correcta: aburrirme, emborracharme, ver televisión, hacerme una paja. Antes de que responda arranca el comprobante a su equipaje, saca un bolígrafo y anota algo. Es el número de mis padres, dice y me extiende el comprobante, llámame, no seas maricón. Me abraza, vuelvo a sentir sus pechos; la veo alejarse rumbo al taxi, del brazo de su potencial productor búlgaro.

kkkkLa recuerdo más joven, ella quería ser vocalista de rock y estudiaba canto con una soprano que vivía en mi barrio; soñaba con ser Janis Joplin aunque también le salían bien las canciones de Ella baila sola. La última vez que nos vimos fue en una fiesta aburrida; se acercó, me dijo que tenía un poco de dinero, nos escapamos, compramos una botella de vino casero, fuimos a comer pizzas de a un dólar a la salida del Puente Almendares y luego a caminar y a arriesgar la vida a la orilla del río. Hicimos el amor en un banco debajo de una farola rota y como no nos quedaba ni para comprar cigarros, hablamos. No teníamos idea (al menos yo no la tenía) de que era nuestra última conversación así que no fue lo que se dice “el último diálogo con aroma a despedida”. Recuerdo que por aquellos días se decía que habría maniobras militares norteamericanas en el Caribe; eran las mismas de siempre, gajes de la Guerra Fría, pero por algún motivo aquel año se decía que el riesgo de invasión era mayor, casi inminente. Mientras nos calentábamos para hacer el amor por segunda vez, le susurré que en los últimos segundos, antes de que el hongo nuclear se abatiera sobre nosotros, mi último pensamiento sería para ella; creo que también la llamé Fermina (en aquel tiempo yo no concebía otra novela superior a El amor en los tiempos del cólera y además, pensaba que uno siempre debía ser original, sobre todo con una mujer que quería cantar como Janis Joplin).

kkkkPasaron los días, los americanos nos perdonaron la vida y al final, el único bombazo que recibí fue enterarme por un amigo que Adela se había ido a Italia con un fulano que decía ser mecenas y con el tiempo resultó un machista acomplejado, pero esa es otra historia.

kkkkSu taxi arranca, me quedo solo y rodeado de maleteros que acomodan sus carritos y cuentan sus propinas. Arranco a caminar; tengo que ponerme en movimiento antes de que se me vaya el día. Se me ocurre pasar a visitar a mi amigo, el del aeropuerto, a ver si hay novedades. En un basurero de la terminal tiro el cartel del mesías y el comprobante de equipaje con el número de Adela.  Me apuro; el tiempo es oro y lo lloran los muertos, suele decir mi madre.

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Alejandro Suárez, Cubano-Boliviano, 1971. Ha publicado los libros de cuentos “Desayuno en la cama” (Premio Santa Cruz de la Sierra, 2001),  “El mundo de José” (La Hoguera, 2003) e “Irina, el sexo y la nueva izquierda” (La Hoguera, 2007). Su novela, “El perro en el año del perro” (Editorial Universitaria, 2012), ganó el Concurso por el 450 Aniversario de Santa Cruz de la Sierra. Relatos suyos fueron publicados en las antologías “Domingos por la tarde” (El Cuervo, Bolivia) y “De la tricolor a la whipala” (Santiago Arcos, Argentina).

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One Comment

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  1. Me encantó el cuento, un día de un cubano, uno poquito del monólogo interior. Me gustó mucho como escribes!

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