El Señor Electricidad

electric man

Por Juan Terranova

¿Quieren saber algo?
kkkkLa justicia no existe.
kkkk¿Quieren saber algo más?
kkkkTodos dependemos de la electricidad.
kkkkNo hay excepciones.
kkkkSin electricidad se acaba el mundo.
kkkkAhora seguramente ustedes están pensando, dudando, tratando de encontrar la falla de este razonamiento. Y mientras lo hacen, millones de neuronas despiden pequeños impulsos eléctricos en sus cortezas cerebrales. Hay que admitirlo. La electricidad está en todas partes. Y sin electricidad, ni las cucarachas radioactivas del fin del mundo podrían seguir adelante. ¿Es tan irónico que en Matrix el Apocalipsis llegue para convertir a los hombres en pilas? Sí, bueno, la electricidad es una fuente de energía renovable. Pero mucha electricidad se genera con fuentes no renovables como el petróleo y sus derivados. Por eso, escuchen bien, cuando hayamos consumido todos los combustibles fósiles del mundo –lo cual será muy pronto– los autos se detendrán y las luces y pantallas se apagarán. Pero la electricidad seguirá ahí, latiendo en la oscuridad, con todos sus cables listos. Ella sabe que podemos extraerla del viento, de la luz del sol, de las represas hidroeléctricas, de las centrales nucleares. Sabe que la necesitamos para no morir, para no dejar de ser quienes somos. O sea que sí, podemos vivir sin petróleo. Sí, podemos vivir sin carbón. Y sí, podemos vivir sin plantas nucleares. Pero lo que no podemos de ninguna manera es vivir sin electricidad.
kkkk¿Cómo sería nuestro pequeño mundo sin los miles de millones de kilovatios de electricidad doméstica que consumimos todos los días?
kkkkSería un planeta frío y oscuro. Un agujero negro. El ano de la galaxia. El esfínter de Dios.
kkkkY nosotros seríamos más pobres porque solamente podríamos trabajar de día.
kkkkY todos los trabajos se complicarían mucho más.
kkkkUn edificio de oficinas moderno se volvería algo tenebroso, cerrado, una tumba. Sin ascensores, sin aire acondicionado, sin trenes eléctricos, tendríamos que abandonar las ciudades. Sin alumbrado público, como en la Edad Media, todos tendríamos miedo de salir después del anochecer. No podríamos comprar televisiones, ni teléfonos, ni computadoras, ni microondas. Ninguno de los productos que precisan de electricidad para ser fabricados o funcionar servirían.
kkkkUna vez estuve en La Habana. No había electricidad. Una ciudad con millones de habitantes y parecía un pueblo abandonado de la Provincia de Buenos Aires.
kkkkSin electricidad tampoco tendríamos heladera ni cadena de frío.
kkkkComeríamos menos variado y alimentos de menor calidad.
kkkkNo tendríamos semáforos.
kkkkNo podríamos reproducir nuestra música.
kkkkLos supermercados no existirían.
kkkkNos enfermaríamos de aburrimiento.
kkkkEl escorbuto y otras viejas enfermedades volverían.
kkkkEl rock no podría seguir sonando.
kkkkLos estadios solamente se usarían de día.
kkkkLa alfabetización se volvería más difícil.
kkkk¿Aguantaría la democracia sin electricidad?
kkkkLo dudo mucho.
kkkkY sí, sí, toda la cultura del entretenimiento contemporáneo que trabaja a base de electricidad se detendría. Las Vegas, dijo James Ballard, no es otra cosa que una lamparita gigante en el desierto. Y esa lamparita se apagaría.
kkkkAsí que tendríamos que salir a la calle.
kkkkSeríamos más flacos, más primitivos, más violentos.
kkkkEn una mirada distópica, moriríamos por inútiles.
kkkkEn una mirada utópica, los débiles de carácter morirían pero nosotros, los sobrevivientes, seríamos mejores.
kkkkBueno, quizás no sean situaciones excluyentes.
kkkkHabía pensando bastante en eso y me iba a poner a escribir pero antes de sentarme, no sé por qué, llamé a Clara. Era sábado al mediodía. Clara estaba en su casa.
kkkk—Hola, Clara –dije.
kkkk—Hola –me respondió ella.
kkkkLa estática del teléfono transmitía la sensación del “ah, sos vos.”
kkkk—Si es un mal momento te llamo más tarde.
kkkk—No, está bien, ¿cómo andás?
kkkkTambién había pensado en electricidad y dinero. Cuando el dinero se digitaliza se convierte en un impulso eléctrico. Los bancos mueven el dinero así. Una mesa de dinero en Chicago gira treinta millones de dólares al banco de Tokio. La bolsa de valores de Londres transfiere setenta millones de euros a un banco privado en Zurich. Y nadie toca nada que no sean teclas como las que usamos nosotros en nuestras computadoras. Y pese a todo, los billetes son insustituibles. ¿Por qué? Me imaginé miles y miles de barras de oro en un subsuelo oscuro, rodeadas de un silencio perfecto.
kkkk—¿Te acordás del video club de la otra cuadra? –me preguntó Clara.
kkkk—Sí, sí, me acuerdo –respondí.
kkkkHabíamos ido muchas veces juntos a alquilar películas en VHS a fines de los años 90. Y después, ya entrado el siglo XXI, habíamos alquilado series en DVDs. No había pasado tanto tiempo.
kkkk—¿Cuándo fuimos por última vez?
kkkkNo pregunté por preguntar. Sentía una curiosidad genuina.
kkkk—No sé, pero hace poco alquilé algo.
kkkkSe hizo un silencio en la línea. Clara mentía sin necesidad.
kkkkTambién había pensado en agua y electricidad.
kkkkMares eléctricos.
kkkkDesperdicios radiactivos como bombas sin detonar.
kkkkPeces plateados llenos de fluidos de alto voltaje atrapados en redes magnéticas.
kkkk—Están vendiendo DVDs a diez pesos. ¿No te gustaría ir a ver?
kkkkLe dije que pasaba a la tarde.
kkkkAl final no pude escribir nada.
kkkkEstuve haciendo tiempo y a las seis le toqué el timbre. El cielo se había nublado pero no hacía frío. Nos saludamos con un beso distante y hablamos de algunas cosas sueltas. Caminamos juntos. La había extrañado y era posible que ella a mí también.
kkkkEn la puerta del videoclub había un cartel escrito a mano que decía “¡Nos vamos! ¡Películas a diez pesos!” kkkkAdentro se veía gente revolviendo los anaqueles.
kkkkJamás vi este local tan lleno –dijo Clara.
kkkkComo era de esperarse había películas a diez pesos, pero también a cincuenta y a sesenta. No había nada a veinticinco pesos o a treinta. Pensé en esa leyenda que dice que en los desiertos del norte argentino se forman bolas gigantes de electricidad estática. ¿Era posible? La electricidad estática. El sistema nervioso. Grandes esferas de electricidad que no logran descargar a tierra su energía y queman el ganado y las cosechas y a la gente. Como el piso del video club era una alfombra de nylon, si tocabas alguna de las estructuras de metal negro donde se exhibían las películas, podías sentir un pellizco de estática. Clara era una esfera en el desierto. Yo era otra cosa. Una piedra, quizás. Un grupo de piedras. El barranco de una montaña polvorienta y triste.
kkkkMe hice un lugar en una batea y comencé a mirar películas de terror.
kkkkMe gustaban más las tapas que la idea de verlas.
kkkk“¿Estarán vendiendo los VHS también?” escuché que preguntaba Clara.
kkkkPero no me preguntaba a mí.
kkkkPensé en el fondo del océano brillando. Pensé en anguilas eléctricas. En peces encendidos de colores hipnóticos. Peces azules, metalizados, verdes, violetas, amarillos, colores agresivos, estridentes. También me imaginé monos eléctricos gritando en una selva radioactiva. Las palmeras estarían iluminadas con luz blanca como los carteles de las autopistas.
kkkk—Tendríamos que ir al zoológico –dije.
kkkkAlgún día también iba a ser el último día del zoológico.
kkkk¿Rematarían los leones, las jirafas, los elefantes, los hipopótamos, los kilos inservibles de comida balanceada? Clara miraba unas cajas amarillas de National Geographic sin mucho entusiasmo. Ella era una cebra, la última cebra del zoológico de mi neurosis. Yo cumplía horario como el cuidador que la espiaba con melancolía y nostalgia. Todas las demás jaulas se habían vaciado hacía muchísimo tiempo.
kkkk—La verdad es que no me dan ganas de comprar nada –dijo.
kkkk—A mí tampoco –respondí.
kkkk—Todo parece viejo.
kkkkEra peor que viejo. Era obsoleto. Partes de plástico, pedazos de metal, los restos de tecnologías que no habían llegado a durar ni un minuto en la historia de la evolución.
kkkkUna sección del videoclub tenía documentales y música. Reconocí la cara de Al Jolson en El cantante de jazz. Pensé en guitarras eléctricas. Pensé en pianos eléctricos. Muddy Waters enchufaba su guitarra por primera vez. El Mississippi desbordaba. El agua negra fluía. Leo Fender creaba el instrumento en serie. La tradición de Dylan, Jimmy Hendrix, Jimmy Page, esa historia. Sí, el rock le debía todo a la electricidad.
kkkkDejamos a la gente revolviendo las cajas de DVDs y salimos sin comprar nada.
kkkk—La semana pasada murió el Señor Electricidad –dijo Clara ya en la vereda.
kkkkLa miré, serio.
kkkk—No me digas que no sabés… –agregó y abrió mucho los ojos.
kkkkPensé en un amplificador transmitiendo estática en una habitación cerrada.
kkkkClara se reprimía y eso le daba una mueca graciosa.
kkkkSe tapó la boca con la mano y abajo de la mano había una sonrisa de sorpresa.
kkkk—No, no sé –dije, disimulando el fastidio.
kkkk—Era un vietnamita, sí, uno que pasaba electricidad por su cuerpo, como un mago –respondió Clara.
kkkk—¿Pasaba electricidad por su cuerpo cómo?
kkkk—No sé, trabajaba en la tele, murió electrocutado. No puedo creer que no sepas…
kkkkClara dejó escapar una risa. La divertía la situación y mi ignorancia.
kkkk—Lo leí ayer, no, el jueves, ¿o ayer? Y, bueno, no sé, me acordé de vos.
kkkkNo dije nada. Clara se había puesto de buen humor.
kkkkPasamos por una verdulería iluminada con tubos fluorescentes que daban una luz metalizada.
kkkk—Esperá que tengo que hacer unas compras.
kkkkEsperé en la vereda mirando a la gente. El sábado a esa hora es un momento bastante especial. Se nota cierta distensión en el aire. Pero todos sabemos que ese portal dura muy poco abierto. Por ejemplo, ya había llegado la noche. Y el alumbrado público había empezado a teñir todo de un color ocre y reflejos naranjas. Las luces de los autos me encandilaban.
kkkkPasaron cinco minutos. Después cinco minutos más.
kkkkCuando el hombre colonice Marte, ¿también vamos a llevar nuestro consumo desaforado de electricidad con nosotros? Me imaginé las grandes ciudades marcianas iluminadas en los desiertos de color rojo. El hogar de miles de nuevos ricos brillando en contraste con un cielo opaco. Las ciudades mineras, unidas apenas por caminos sin asfalto, lejos de las bases de lanzamiento, tendrán pequeños casinos decorados con neón, puentes de cemento verde, estaciones de servicio y taxis con choferes somnolientos. La atmósfera estará sucia, comunicarse por radio será imposible, ni las imágenes ni el sonido podrán viajar por el aire de Marte. Los fines de semana, los colonos irán a los videoclubs para alquilar viejas películas y comprar chocolates y golosinas sintéticas, y también para hablar ocasionalmente y con nostalgia de la Tierra.
kkkkClara salió con dos bolsas.
kkkkCaminamos hasta la puerta de su casa.
kkkk—¿Quéres subir? –me preguntó.
kkkkDudé.
kkkkNo pensé lo que iba a decir. Solamente salió.
kkkk—¿Estabas enojada conmigo?
kkkk—Sí, un poco –respondió.
kkkkSe hizo un silencio. Ella cargaba con las bolsas.
kkkk—Pero ahora que descubrí que no sabías que se murió el Señor Electricidad se me pasó.
kkkkSonrió, me dio un beso en la mejilla y entró en el hall del edificio.
kkkkVolví a mi casa caminando.
kkkkCuando llegué, encontré en Internet la historia de Nguyen Van Hung, un vietnamita de Hanoi que se había hecho famoso como “El Señor Electricidad.” Parece que iba siempre a un programa de televisión que se llamaba Cosas extrañas de Vietnam. Ahí Nguyen Van Hung chupaba un cable conectado a 220 y hacía funcionar distintos electrodomésticos con los dedos. Por ejemplo, un pequeño ventilador o un equipo de audio. Irónicamente, había muerto electrocutado mientras arreglaba una bomba de agua descalzo. En la nota sin foto que encontré se decía que “El Señor Electricidad” no había invertido bien el dinero que había ganado en el mundo del espectáculo y, empujado por las deudas, al momento de su muerte, vivía en una pagoda abandonada enseñando budismo a extranjeros. No era una pagoda tan mala si tenía electricidad… “Mucha gente dice que cuando se hizo vegetariano perdió la habilidad para resistir la corriente eléctrica” decía la nota. También agregaba que sus actos le habían borrado las huellas digitales, dejándolo sin identidad, como un fantasma que brilla en silencio al costado del camino.

El señor electricista forma parte del libro de cuentos El amor cruel, que Terranova publicará este año con la editorial boliviana El cuervo.

Juan Terranova, escritor y periodista, nació en Buenos Aires en 1975. Ha publicado libros de narrativa, ensayo y crónica, entre algunos de sus títulos están Mi nombre es Rufus (Interzona), El pornógrafo (Gárgola Ediciones), Los gauchos irónicos (Milena Caserola),  Los amigos soviéticos (Mondadori), La piel (Galerna). El amor cruel es el segundo libro que publica con El Cuervo, el primero fue otro volumen de cuentos: Música para rinocerontes, en 2010. 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: