Aida

Clifford-Harper-illustrat-007Por Victoria Landívar*

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Anunciaste que eran las 9 y te retiraste de la cocina a rezar el rosario. Sabías que no lo ibas a hacer, que nunca lo hacías realmente. Caminaste descalza hacia el tercer patio y te secaste el sudor de la frente, al mismo tiempo que te preguntabas si acaso tu mamá podría saber que en realidad nunca rezabas. Te planteaste la posibilidad de que alguna vez te hubiera seguido hasta tu habitación y observado para comprobar si rezabas. Sacudiste tu cabeza para borrar esa posibilidad espantosa de tu cabeza. Mamá no puede saber lo que piensas, nadie puede, te dijiste. Siempre fingías: las manos juntas, los codos sobre el pequeño altar de madera oscura y las rodillas sobre el almohadón bordado por tu bisabuela.

kkkkkLa noche previa al almuerzo no pudiste dormir, ni siquiera permanecer acostada. Las criadas te preguntaron si estabas bien cuando notaron el reflejo que salía desde la puerta de tu cuarto hacia el tercer patio. Te odiaste por haber dejado una vela encendida. En realidad, te odiaste por temerle tanto a la oscuridad. Entonces les dijiste que te dolía el estómago y te acercaron una manzanilla.

kkkkkLa culpa por haberles mentido fue creciendo en tu pecho hasta no permitirte seguir acostada. Pensaste además que seguramente no te habían creído. Eran las personas más difíciles de engañar de toda la casa, eran quienes mejor te conocían.

kkkkkEl  tiempo esa noche pasó demasiado rápido y temiste que llegara el día. Te acostaste, ya que el cuerpo te dolía por todas partes aunque no podías decir con certeza dónde estaba el malestar. Miraste el techo y  recordaste las noches junto a Ana y las trenzas que te hacía en el cabello.

kkkkkTodo lo que te quedaba de ella eran recuerdos. Nada de lo que tocaste se había quedado con vos, y al pensar en esto, recordaste las veces que te decía que lo que una llevaba en la memoria no te lo quitaba nadie.

kkkkkEntró Porfidia y dijo que quería ver cómo te sentías, también quería despedirse. Te abrazó y no pudo contener su llanto. Le pediste que no se preocupara y le prometiste que estarías bien. Le explicaste que en realidad eras muy afortunada porque tu  mamá y la abuela Luisa te hubieran conseguido un marido. Que pocas mujeres tenían la suerte de poder casarse con un diputado. Le mentiste que estabas segura que vendrías de La Paz a visitarla. Le hablaste de todos los regalos que les traerías y de lo contenta que estarían ambas cuando regresaras con muchos hijos.

kkkkkMientras salía con la taza en la mano te dijo que no sabía nada de eso, que ella había escuchado que te irías muy lejos y que el hombre que vendría al día siguiente no te dejaría volver y que tal vez nunca más te verían. Nada de eso es cierto y no necesitas preocuparte, contestaste. Le diste un abrazo y cerraste la puerta. Por la cerradura de la puerta la viste alejándose por el pasillo y, una vez que su silueta desapareció de tu vista, te pusiste a llorar. Trataste de no hacer ruido y fuiste encogiéndote en el suelo hasta que tu cabeza quedó oculta entre tus rodillas.

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kkkkkDe niña las pesadillas eran siempre iguales: salías a la calle y al bajar de la vereda el suelo arenoso se abría en dos. De esa rajadura salían gritos y no te podías mover. El agujero crecía hasta alcanzarte y entonces comenzabas a caer en la oscuridad, sin poder mover brazos ni piernas. Solo podías gritar. Al despertar siempre estaba Ana a tu lado, con un trapo remojado en una tutuma con agua para secarte el sudor. Te abrazabas fuerte a ella y le contabas tu terror. Porfidia era entonces un bebé a la que nunca viste que Ana abrazara ni meciera como lo hacía con vos. Tampoco la escuchaste llorar jamás, no sabías quién era su papá ni tampoco se lo preguntaste. Mientras te abrazaba, Ana ponía tu cabeza sobre su pecho y contaba una historia en castellano mezclado con guaraní. Entendías que hablaba de una familia muy numerosa en un lugar muy verde, pero nada más. Ana hablaba mucho pero traducía poco y para vos era más valioso escuchar su voz y sentir su abrazo que obtener una explicación. Disfrutabas levantarte antes del amanecer para encontrarla alimentando y aseando caballos en el tercer patio. El olor a aserrín te recordaba su presencia, por eso guardaste un poco bajo tu almohada cada noche desde el último día que la viste esa mañana fría de agosto en que te dijeron que, débil y enferma, Ana se había ido a morir al campo. Cuando escuchaste eso creíste que te mentían, que no querían decirte que tal vez murió en su cuarto o que no querían tener una moribunda en la casa y que la habían echado lejos antes de que eso ocurriese. También pensaste que aquello podía tener algo de verdad. Realmente no sabías dónde iba a morir la gente como Ana. Porfidia tampoco podía decirte mucho, a ella no le habían dado ninguna explicación.

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kkkkkTu mamá había preparado cada detalle desde hacía más de una semana. No iba a permitir que nada se le escapara. Esa mañana le asignó una tarea a todos, incluido Juan, tu hermano más pequeño. Él tenía el deber de ir a buscar agua al aljibe de la casa de las tías a 5 cuadras porque era, según tu madre, mucho más dulce y fresca que la del aljibe de casa.

kkkkkAlgo pesado te apretaba el pecho al verlo partir, pero no dijiste nada. Sabías muy bien que el agua era sólo una excusa, que querían tenerlo lejos para matar a Gary, el pollo que tenía cómo mascota. Cuando días atrás te enteraste de lo que harían con el ave, le suplicaste a mamá que no lo hicieran. Ella te ignoró y comenzaste a gritar y a agarrarte de su vestido. No lograste convencerla y te encerraran durante un día sin luz en una habitación pequeña, arrodillada sobre arroz crudo.

kkkkkJuan dormía con esa ave apoyada en el borde de su cama y decía que la quería como a un mejor amigo. Ante tus reclamos, mamá ponía la misma excusa con la que justificaba casi todo: desde que tu padre los dejó ella tenía que tomar las decisiones más duras de la casa, no podían darse el lujo de comprar otro y debían matarlo. Tu abuela Luisa repetía que el Dr. Baldomar merecía el mejor de los banquetes y la carne de charque no sería suficiente. Un diputado no puede esperar algo menor,  fueron las últimas palabras que utilizó como argumento para que entendieras  que las cosas serían así, que no había otra opción ni para el pollo ni para vos.
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kkkkkMirabas a todos moviéndose en distintas direcciones pero nadie sudaba tanto como vos.  Eras a la única a la que no le pedían cocinar, limpiar, matar, llevar o traer algo o a alguien. Debías permanecer sentada, observando sin manchar el vestido que te prestaron las hermanas Monasterio. El mismo que, según tu mamá, lo habían hecho traer desde Francia.

kkkkkQuerías levantarte y gritarle a tu mamá, a la abuela Luisa y a todo el ejército de personas trabajando para ese almuerzo. Querías que pararan todo, que se callaran y que te dejaran en paz, pero no lo hiciste. Miraste tus manos, con tus uñas lastimaste la piel que las bordeaba con la intensidad justa para sentir placer y dolor, pero cuidando de no dejar heridas que pudieran delatar esta práctica.
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kkkkkA las 9 te retiraste para rezar y lograste sentirte un poco mejor cuando trenzaste tu cabello.

kkkkkMamá gritó tu nombre y saliste corriendo. El diputado Baldomar había llegado  a Santa Cruz y en poco tiempo estaría en la casa. Volviste a tu silla, tu abuela te pidió que te pararas para que no se arrugara la ropa y, mirándote de arriba hacia abajo con los brazos cruzados, mencionó la suerte que tenías de irte de aquí, lo orgullosa que estaba de vos, lo agradecida que debías estar con Dios todos los días de tu vida por ser tan afortunada. Te agarró firme de los hombros con los brazos extendidos y mirándote seria preguntó si la habías escuchado. Antes que puedas responderle, miró tu cabeza y al notar tu trenza se puso a deshacértela con fuertes jalones de pelo. Dio órdenes de ir encendiendo el horno de barro

kkkkkDurante el almuerzo tu abuela elogió varias veces al funcionario y vos no podías concentrarte en otra cosa que no sea mirar a Juan comer las partes del cuerpo de lo que había sido su compañero, masticando algo que parecía ser una pata. El caldo recubría sus labios dejándole un brillo grasoso.

kkkkkLa mano del diputado en tu muslo te recordó su presencia. Giraste hacia él y te encontraste con una frente sudorosa y unos ojos color miel bajo unas negras y gruesas cejas. Bajaste la mirada hacia sus labios y viste cómo el bigote tenía un brillo similar al de tu hermano. Mencionó lo feliz que estaba por conocerte y agradeció la amabilidad con la que había sido recibido. Asentiste sonriendo y en tu garganta se acumuló la acidez que provenía desde el estómago.

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kkkkkLlegó la tarde y mientras preparabas la bandeja para el café de siesta, escuchaste a tu madre y a tu abuela hablando sobre una dote. El diputado, sentado en la hamaca y abanicándose con su sombrero blanco, les pedía unos papeles y hablaba sobre unas tierras en Parabanó.

kkkkk¡Aida!, gritó mamá, así que alzaste todo y fuiste a servirles en la mesa del primer patio. Necesito que hagás que te bajen los papeles del tumbado y me los traigas ahora, pidió la abuela Luisa.

kkkkkEntre los papeles había unos cuadernos de tapas azules. Les entregaste todo y se quedaron con unas hojas largas, escritas con pluma. Al final se veía el dibujo de un mapa y muchos sellos alrededor. Todo fue entregado al diputado para que lo revisara. Tu abuela te devolvió los cuadernos y te hizo señas para que lo regresaras a su lugar. Aprovechó para hablar sobre tus tías Araúz, hermanas de tu padre. Te parecía que era algo que tu abuela disfrutaba mucho, sobre todo cuando describía la muerte de ambas, encerradas en su locura y soledad.
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kkkkkLa locura es algo normal en las solteronas, agregó tu abuela y sonriente posó su mirada sobre vos.

kkkkkTe pidieron que te fueras y te llevaste los cuadernos. Eran los registros de deudas de esas tías y las anotaciones de casi todo lo que acontecía dentro o fuera de la casa. Estaban las fechas de nacimiento, las muertes de familiares, vecinos y hasta nombres de quiénes padecieron dengue y cuánto tiempo tardaron en curarse –si es que llegaron a sobrevivir–.

kkkkkPasaste las páginas rápidamente y te detuviste en una que decía “criadas”. En él se describía cómo tu padre y sus cuñados llegaron hasta Guarayos para conseguir servidumbre. Durante 4 páginas se narraba un incidente con salvajes aterrados. Trepados en los árboles, se escondía una familia de 6 mujeres y un bebé varón, de los cuáles sólo sobrevivió una a la que llamaron Ana. Mencionaban que no hablaba castellano y que parecía tener cerca de 12 años. No se aclaraba cómo habían muerto, pero sí explicaba cómo habían logrado bajarlos: a hondazos.

kkkkkEscuchaste gritar tu nombre una vez más y cerraste el cuaderno. Te dirigiste a la cocina que estaba vacía y otra vez sentiste el mismo ácido del almuerzo recorrer el camino desde tu estómago hasta tu garganta. No pudiste contenerlo. El contenido se vertió sobre una olla grande de locro y tanto tus lágrimas como el líquido espeso que salía de tu boca parecían ser expulsados con la misma potencia, como si todo dentro de tu cuerpo quisiera salir al mismo tiempo.

kkkkkAl cabo de unos minutos te recuperaste, enjuagaste la boca con agua y escupiste por la ventana. Afuera Juan había tirado harina de maíz, seguramente para atraer al pollo que no debía encontrar por ningún lado.

kkkkkTomaste aire y te volviste hacia adentro. Todo en esa cocina se veía diferente, como si fuera la primera vez que estuvieras en ese lugar. Ya no sentías miedo ni tristeza, te sentiste alivianada y fuerte.

kkkkkMamá entró a la cocina, cargaba un bolso con las manos temblorosas. Esta vez no gritó. Anunciaba que había llegado la hora de la despedida. Todos te están esperando en el corredor de afuera, dijo, pero si querés despedirte de las criadas hacelo adentro por favor. Se le quebró la voz. Te veo allá, hija, agregó desde el umbral de la sala, y se marchó.

kkkkkTe limpiaste la boca otra vez con la manga del vestido, te hiciste una trenza y abriste el bolso. Sacaste todo lo que tenía adentro y lo tiraste al suelo. Tomaste el mismo cuchillo con el que esa mañana le sacaron la piel a Gary y fuiste hasta la sala, cortaste de un solo golpe la tapa azul del cuaderno de las tías y lanzaste algunas hojas al aire.
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kkkkkMetiste el cuchillo dentro del bolso, lo cerraste y saliste hacia el corredor.

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*Victoria Landívar, nacida un 1ero de noviembre dentro del primer anillo de la Ciudad de Santa Cruz de la Sierra. Casi ingeniera, casi argentina, casi comediante y casi buena madre. Con casi 30. Actualmente se esfuerza por ser casi escritora e invadir con relatos a amigos y enemigos que se arriesgan a fomentar en ella esta práctica. Por las noches no toma café y a veces sueña que fuma.

 

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2 Comments

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  1. Teresa Abrahan junio 9, 2016 — 1:44 pm

    Qué bello,testimonial y conmovedor es todo tu relato,mi querida y preferida prima!. Me has hecho emocionar en cada párrafo que leí,también me impactó cuando mencionas esos cuadernos de las tías “solteronas”,teniendo en cuenta que tengo en mi poder las fotocopias de alguno de ellos. Seguí escribiendo,seguí emocionando,que lo haces muy bien!.

  2. Muy buena historia, acida y justa en las palabras, tremendo !!!

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