Réplica

Cristina Zabalaga

CKssrPzWEAAp7FJ

 

 

The more I gazed upon;

The more alien it seemed to me.

Oliver Sacks

1

Un hombre de cierta edad ha aprendido a disimular muchas cosas, excepto la felicidad.

Hay días que me levanto con la certeza de que al final todo estará bien.

Yo estaré bien y no tendré miedo de mojarme el cabello, la ropa, y los pies. Como la higuera que veo crecer desde mi ventana.

Sé que tuve una vida antes de llegar aquí, pero no estoy tan seguro si tendré otra vida después de estar aquí.

Quizás el estar aquí y ahora es lo último que me resta antes del fin. Una mujer que me visita a menudo, que las enfermeras tratan por Margot, dice que aún hay esperanza, que puedo llegar a recuperarme y volver a mi vida de antes. ¿Antes de estar aquí?

La mujer sonríe y sus ojos se achican con el peso de sus párpados.

A menudo Margot me pregunta si extraño mi vida de antes. Yo asiento, porque sé que sólo así se quedará satisfecha. Hace tiempo comprendí que vuelve una y otra vez para que le diga que extraño todo antes de estar aquí.

Una vez por semana me visita una mujer gorda, no tanto como yo, que tiene las manos y los tobillos hinchados, igual que yo. No me trae galletitas y chocolates como Margot, y tampoco huele tan bien.

Me saluda, se sienta y estira sus piernas, en ese orden.

Luego deja su bolso en la silla, pero antes saca del bolso unas gafas envueltas en una tela bordada, se las coloca y me mira.

¿Cómo estamos hoy? pregunta, y luego arruga la punta de la nariz.

A veces arruga la punta de la nariz y pregunta ¿Cómo estamos hoy?

Formula la pregunta en plural, como si hiciéramos las cosas los dos juntos.

La miro, me ajusto las gafas –en ese orden– sonrío, y luego contesto, estamos bien.

A veces respondo estamos bien, y luego sonrío.

Hablamos de mi rutina diaria, que básicamente se organiza en torno a las horas de las comidas. La mujer anota todo lo que digo en un cuaderno con hojas amarillas y líneas horizontales.

Antes de irse me lee lo que ha anotado, porque la transparencia y la honestidad entre nosotros es esencial, explica.

Lee en voz alta lo que acabo de contarle, pero cuando ella lo dice, me parece que está hablando de otra persona que claramente no soy yo. Además, cada vez que hace una pausa suspira, como si me estuviese dando una mala noticia.

Antes de irse, me da la mano y la sacude con violencia. Esto suele causarme algún dolor en el hombro derecho. Según la mujer gorda, los dolores necesarios terminan por ser soportables. Todo esto dicho con un tono condescendiente, que utiliza cuando se refiere a mi brazo derecho.

Al despedirse acaba con una frase del estilo, siento que estamos mejorando.

Me muero de ganas de preguntarle qué es lo que ella y yo tenemos que mejorar.

Al final termino por no decir nada, mejor dejar que piense que somos un equipo, y que no estoy solo.

Margot me ofrece irme a vivir con ella, y luego sonríe, en ese orden.

A mi pregunta ¿no le da miedo vivir con un desconocido?

Ella sonríe, y luego muy seria me dice que no, no siempre en ese orden.

A la mujer gorda le parece una buena idea que yo viva con Margot, sobre todo al principio. Dice que tengo la suerte de no estar solo. El hombre que juega las cartas junto a la ventana opina lo mismo que la mujer gorda. Hoy es uno de esos días en que todos parecen tener una opinión acerca de lo que es mejor para mí.

Miro pasar las cartas como hipnotizado.

El hombre que juega a las cartas dice que ya fui más gordo que ahora.

No recuerdo que me costara tanto trabajo ponerme de pie y caminar.

Es que antes ni se levantaba de la cama, dice el hombre sin levantar la vista y sin dejar de barajar las cartas.

A veces me sorprende lo mucho que sabe el hombre de las cartas.

Un martes después del desayuno, Margot llega con una maleta café, el mismo color que el tronco de la higuera.

Las enfermeras ponen mi ropa, mis lentes, y unos zapatos que me parecen muy pequeños para ser míos en la maleta.

Esta vez Margot no trae chocolates y galletitas, dice que me dará todo lo que yo quiera cuando lleguemos a casa.

¿A casa?

Ella se ríe y asiente.

Está feliz, no recuerdo haberla visto tan sonriente.

2

Despierto con la melodía de una voz que canta.

Me resulta familiar, pero antigua, como si estuviese guardada en el fondo de mi memoria, debajo de toda la basura y el polvo acumulados de estos últimos años.

Sin embargo, no estoy seguro si debo, o quiero, abrir los ojos.

Abro los ojos.

Me veo echado junto a una mujer desconocida.

Ella se levanta a preparar el desayuno.

Se pone la bata gris sobre el camisón blanco con flores amarillas que mi mujer suele vestir en verano. Me besa en la frente con tanta familiaridad que pienso una de dos, esta es una actriz de primera, o me estoy volviendo loco.

Me pongo las gafas y la sigo hasta la cocina. El olor a café que llega hasta mí me reconforta. Ella, de espaldas a mí, se recoge el cabello, y cuando se da la vuelta veo a una mujer muy parecida a mi Margot. Con los mismos tres lunares simétricos en el cuello, un par de gotas de sudor sobre los labios superiores, la media sonrisa y la mirada ausente de siempre.

Sin embargo, estoy seguro de que no es ella.

*El cuento Réplica fue ganador de un concurso de relatos de la librería La Rayuela, de Berlín, en el mes de abril/2016.

Cristina Zabalaga (1980). Escritora luso-bolviana. En 2012 publicó la novela Pronuncio un nombre hueco, con la editorial 3600. Reside en Estados Unidos.

 

 

 

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: