Las crisis

Natalia Chávez Gómez da Silva

man-and-woman-in-a-large-room

A la luz de la madrugada, un hombre dormía boca abajo sobre su barriga. Al día siguiente sentiría dolor en la espalda y eso, sumado al olor de saliva en la almohada y el sudor seco en el cuello, lo pondría de muy mal humor. Pero mientras tanto, antes de que fuera la mañana, dormía con su rostro relajado, en un cuarto dentro del departamento que compartía con un primo segundo. No tenía mucho ahí; el espacio suficiente para vivir cómodo, guardar sus pertenencias, caminar para pensar, hacer abdominales cuando le entraba la urgencia de tener una vida más sana, y dormir. La cama de una plaza estaba entre dos mesas de noche que tenían sus cajones llenos de cajas de dvds y pilas de libros encima, junto a una lámpara. En su modesta colección se veía todo tipo de títulos: desde una antología de cuentos de mujeres solas, hasta la edición de bolsillo de La Vuelta al Mundo en 80 Días que vino de promoción junto al periódico. En el piso había unas cuatro camisas blancas desparramadas que se arrugaban más cada noche que pasaban olvidadas en el piso.

Eran las cuatro de la mañana y las paredes, el piso y cada relieve del desorden en general, estaban cubiertos por la luz azul y gris de la madrugada. Parecía una noche más, una transición cualquiera entre dos días, hasta que una gata se acomodó en el techo del vecino que quedaba alineado con la ventana del cuarto y comenzó a anunciar su celo. Los primeros maullidos fueron cortos y graves, y esto fue progresando hasta convertirse en alaridos sostenidos que bajaban y subían de intensidad en una sola exhalación de la gata. Cerraba la boca un segundo y volvía a comenzar, como una gaita escocesa que se infla y desinfla en las manos de un músico nervioso.

La gata maullaba sentada en el techo; desde el cuarto se veía su silueta y su ruido rebotaba contra un paredón de cemento del edificio al lado. El escándalo despertó a Fernando, nuestro hombre durmiente, y el tratar de pensar con rapidez adónde estaba y qué era ese horrible ruido, hizo que le doliera la cabeza, en punzadas que sentía desde la nuca hasta las sienes. Abrió los ojos con la rapidez que le permitían las lagañas y tosió. Dio unas vueltas sobre sí mismo; espalda, barriga, espalda, un costado, barriga de nuevo, mientras se sacaba la grasa de la cara en la tela de la almohada. Se levantó y sus rodillas y dedos del pie sonaron con el peso del cuerpo. Fue a la ventana a buscar a la gata y hacer que se vaya. Ahí la vio por primera vez, maullando, y notó que era una gata gris como la de Ana María, que se llamaba Tiza. Una vez Fernando tuvo que pagar un dineral –hablamos de lo equivalente a tres meses de alquiler- porque olvidó cerrar la puerta de la casa de Ana María, y la gata salió a la calle y se metió al BMW del vecino y desgarró los asientos de cuero.

—Perdón –había dicho Fernando ese día, agachando la cabeza. Su gesto había mostrado el largo trayecto de las entradas de su cabello.

—Te pido una sola cosa y no escuchás –Ana María había dicho esto mirando sin interés dentro del microondas encendido y el plato de comida recalentándose que giraba dentro. Estaba erguida, con una mano apoyada en el mesón y la otra enroscando y desenroscando una porción de su cabello suelto. La gata Tiza, recuperada de la calle después de su aventura en el BMW, en ese momento se lamía las patas delanteras sentada al lado de las pantorrillas de Ana María.

—Escuché pero me distraje y se me olvidó –había repetido Fernando como justificación, ahora mirando a Ana María.

—Ya.

La gata en celo dejó de maullar al notar que alguien la veía. Miró fijamente a Fernando en la ventana. Ninguno de los dos se movía. Pasó una brisa y Fernando sintió un poco de frío en su ombligo. La gata y él seguían inmóviles.

— ¿Ya qué? –le había dicho Fernando con voz firme a Ana María ese día que Tiza había malogrado el auto. Fernando miraba la espalda de Ana María y ella sacudió su cabeza con impaciencia mientras ponía un segundo plato con comida dentro del microondas, luego de haber sacado el anterior. Continuaba sin decir nada, mientras apretó dos o tres botones y el zumbido del aparato comenzó de nuevo. Fernando se había puesto a acomodar la mesa para cenar.

—Oye creo que ya no quiero estar con vos – le había soltado Ana María aún dándole la espalda.

—¿Cómo?

Ana María volteó. Tenía unas cejas gruesas que facilitaban la lectura de su cara, eran de gran ayuda al interlocutor. En ese momento estaban arqueadas hacia arriba decididamente y el resto de su cara estaba quieto, como si la piel fuera un mantel que fue dejado caer sobre los huesos tomando su forma.

—No sé, me siento triste. Pucha, siento que la vida no es nada más que esto y no me gusta.

—¿Cómo?

—Quiero sentirme como antes –Ana María había dicho todo esto como escuchando sus propias razones por primera vez; con voz lenta y nerviosa. Mirando a veces a través de la cara de Fernando, a veces hacia abajo, a veces a la gata. Le pasó su plato a Fernando y ella sacó el suyo del microondas y fue a sentarse a la mesa.

—¿Y yo tengo algo que ver con eso?

Fernando pensó, mirando a la gata en celo, a la luna, al asfalto y a los frontis de las casas y tiendas de la calle, lo horrible que sería que nunca más pudiera dormir. Pensó también que, si eso pasara, podría buscar un trabajo nocturno y no habría mayor problema. Se miró al espejo y vio su cuerpo grande y sus puños casualmente cerrados y se reconfortó pensando para sí mismo que podría hacer de guardia de alguna cosa.

—No sé.

Ese día comieron evitando cruzar miradas. La cocina estaba desordenada y la luz del foco de tubo parpadeaba y esto hacía notar aún más el tiempo que pasaba sin que supieran qué decir, como si ya supieran el número de veces parpadeaba el tubo por minuto y estuvieran llevando la cuenta. Terminaron de comer y Fernando recogió los platos. Ana María le dijo que la disculpara, que no debió haber dicho eso. Fernando le preguntó por qué, y ella le dijo que no sabía por qué. Él le preguntó que si hubiera querido no decirlo y ella dijo que no, que sí había querido decirlo, y se quedaron en silencio un rato más.

—Bueno –dijo al final de ese rato Fernando- ¿me voy? ¿qué hago?

Esa fue la penúltima vez que había estado en la casa de Ana María. Luego de esa, había ido semanas después a darle la plata que le había costado al vecino arreglar la tapicería de su auto. Ana María le había dicho a Fernando que había sido responsabilidad suya y que por alguna vez hiciese algo de lo que le decía, por favor. “Por el amor de dios”, había dicho. Fernando fue a dejar el dinero y no había vuelto a ver a Ana María desde ese día.

Fernando ya había estado parado frente a la ventana esa madrugada durante unos diez minutos, comenzó a sentir un poco de cansancio en las piernas. Fue hasta una de las mesitas veladoras y tomó un vaso de agua que tenía ahí siempre. Sintió una especie de alivio al limpiar la saliva espesa que tenía en la boca después de haber estado durmiendo. La gata maulló un par de veces más antes de que una mujer mayor gritase, desde el piso de abajo.

– ¡Wálter, ¿qué es eso?!

– Parece un bebé llorando.

– Mi dios, ¿habrá un bebé afuera?

– Andá a fijarte, a ver.

Se escucharon pasos rápidos de pies descalzos sobre cerámica que iban, seguramente, hasta la ventana.

– Es una gatita -dice la mujer.

– ¿Estará lastimada? Pobrecita.

– Andá a fijarte, a ver.

– Pero si igual no la voy a poder alcanzar, mirá donde está.

– Pobrecita.

– Vamos a dormir.

– Ya, voy al baño primero.

Fernando escuchaba todos los días las cosas que pasaban abajo, en el departamento de la pareja. Nunca los había visto en persona, a pesar de que vivía en el edificio desde hacía ya varios meses. Había días en que no decían nada, y sabía que estaban ambos ahí porque escuchaba movimiento en habitaciones diferentes. Dos horas, tres horas, sin decirse nada, y luego los escuchaba comer, sin decirse nada. Fernando se sentía bien cuando estaban en casa sin hablar, porque él mismo estaba ahí arriba en silencio, tal vez a la misma distancia -en vertical- que sus vecinos de abajo entre sí.

La pareja ya parecía haberse ido a acostar, y la gata seguía maullando. Fernando fue a mirarla de nuevo a la ventana y se fijó, recorriendo el paisaje de su ventana, qué tendría que hacer para llegar hasta ella. Calculó, más o menos, si el subirse al árbol que quedaba junto al edificio donde estaba la gata podría acercarlo al borde del techo, para agarrarla. Miró hacia adentro del cuarto para ver la hora en el reloj de pared, y miró luego su ropa en el piso, pensando que tendría que ponerse algo encima para poder ir al frente a rescatar a la gata. Tal vez no sería una noche cualquiera y, en un rato, estaría en su cuarto con una gata, una nueva mascota. Al otro día tendría que comprarle comida y hasta tendría que buscarle un nombre. Una sonrisa estaba empezando a aparecer en su cara, se notó en sus ojos que se suavizaron y abrieron al mismo tiempo, antes de que su boca cambiase de posición siquiera un milímetro.

Antes de que la sonrisa aflorara, el vecino del departamento que quedaba exactamente arriba del cuarto de Fernando se asomó a su ventana con una ensaladera llena de agua y la lanzó en dirección a la gata en celo. Quedó empapada y aún así no se movió, ni por el susto. Ya no miraba a Fernando, eso sí. Se lamía la cola y sacudía su cabeza para deshacerse de gotas entre sus pelos. No maullaba y no se iba. Fernando tampoco. Cuando se dio cuenta, había amanecido. La gata seguía lamiéndose y Fernando volvió a la cama aunque no fuese hora de dormir. Tampoco era hora de levantarse.

Natalia Chávez Gómez da Silva, escritora (Santa Cruz – 1989), en 2010 ganó el Premio Nacional de Literatura del municipio de Santa Cruz de la Sierra por su libro de cuentos Humedad.

Título de la imagen: Man and woman in a large room, de Richard Dieberkorn

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: