Habitando en el inadvertido mundo de los mifrosotgs

Por Wilmer Urrelo*

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Sus ojos permanecían atentos a que el reloj-radio diera las 6 am. No importaba que ya estuviese despierto hace más de dos horas (siempre lo hacía, sin fallar nunca). Solo se quedaba ahí, quieto e inerte, como si se hallara realmente muerto, en medio de la cama de dos plazas, con las rodillas flexionadas contra el pecho. Solo entonces, al escuchar las primeras voces de la radio, despegaba las piernas. Se quedaba así por algunos minutos, resoplaba (le gustaba sentir su aliento ácido como, quizá, una confirmación de que estaba vivo). Luego levantaba las colchas con sumo cuidado, sintiendo cómo el calor nocturno escapaba del lecho. En ese momento se levantaba y buscaba el estuche negro de sus lentes. Lo tomaba y lo abría con sumo cuidado, poniendo mucha atención en que la parte de la abertura se mantuviera arriba (en muchas ocasiones, por descuido, había abierto el estuche de la forma inversa: muchas veces sus gafas habían ido a parar al suelo de parquet, hechos trizas). Una vez con los anteojos en medio de la nariz se disponía a ir al baño. Abría la puerta y veía, al borde de la emoción, la ventana de aquél iluminado por el vidrio esmerilado. Pensaba que siempre le habían gustado los baños con ese tipo de vidrios. Una vez dentro buscaba la pasta de dientes. Cogía el tubo y esparcía el contenido sobre las cerdas del cepillo. El espejo lo esperaba a un costado del inodoro, liso, franco: le mostraba la cara llena de vellos cerca de la barbilla, el pelo revuelto y sin peinar, la nariz grande y brillosa y las medialunas debajo de los ojos. Metía el cepillo primero por el costado derecho de la boca, refregaba los dientes inferiores mucho más que los de arriba, luego pasaba al otro lado y casi de la misma forma actuaba con los dientes delanteros. Frente a él, el espejo mostraba a un tipo haciendo un gran esfuerzo facial: había pequeñas arrugas a la altura de los carrillos y una de ellas, casi imperceptible, surcaba su barbilla. Luego giraba el cuerpo y se ponía frente al lavamanos (desportillado en el costado derecho, el golpe era del tamaño de un dedo pulgar), abría el grifo y su tronco se flexionaba para que con ese movimiento sus labios puedan recibir el agua. Cerraba el grifo y movía el líquido contenido en la cavidad bucal de un lado a otro. Entonces se agachaba y escupía en el lavamanos (no comprendía cómo otras personas lo hacían en el retrete, para él, el solo hecho de apuntar ahí el rostro era o le resultaba un acto obsceno, algo similar a bostezar o estornudar en público). Volvía a abrir el grifo y veía cómo el líquido blanquecino desaparecía por el orificio pequeño y negro. En ese momento volvía a colocar una nueva porción de pasta (ésta más pequeña que la primera), abría la boca y cepillaba la lengua. Este acto hacía que experimentara fuertes arcadas: sin embargo, no vomitaba, solo se limitaba a abrir la boca, sin que ésta expulse nada. Volvía a utilizar el grifo. Recibía más agua y volvía a escupir. Luego ponía el cepillo debajo del chorro cristalino. El cepillo quedaba limpio, mostrando sus cerdas verdes, con una hilera blanca en medio. Lo dejaba en su canastilla y se acercaba al retrete. Se bajaba los pantalones hasta las rodillas y orinaba. Lo hacía en abundancia, evitando que el chorro del líquido caliente cayese sobre el borde de la taza. Se subía los pantalones y después jalaba la cadena. Luego retornaba frente al lavamanos. Buscaba el jaboncillo y abría una vez más el grifo. Se refregaba las manos un par de veces. Se quitaba los lentes y los ponía en el bolsillo del saco del pijama. Recibía agua en las manos y repasaba su rostro. Lo hacía muy fuerte, pensando en quitar el brillo de la nariz. Enseguida se mojaba el cabello (era jueves, solo los jueves no se bañaba). Con los ojos cerrados buscaba a tientas la toalla. Una vez que la tenía se la pasaba por el cabello y luego por el rostro. Dejaba la toalla. Cogía sus lentes y se los volvía a poner. Se miraba al espejo y abría el botiquín que estaba a la derecha, sacaba un peine y una barra de desodorante. Dejaba ésta en el borde sobresaliente de la ventana y procedía a peinarse. Lo hacía con sumo cuidado (odiaba que unas pocas gotas de agua cayeran sobre los cristales de sus gafas), partía perfectamente la raya en medio, equilibrando casi matemáticamente las porciones de cabello. Dejaba el peine de donde lo había sacado y se desabrochaba los tres primeros botones del pijama. Quitaba la tapa del desodorante y lo desenroscaba hasta que veía salir la punta azul y lisa (olía a pino, a un bosque lleno de pinos). Primero atacaba a la axila derecha, sentía el frío de la barra pero no le importaba y luego seguía con la izquierda (la que más sudaba, según él). Guardaba todo en su lugar y volvía a sorprenderse frente al espectáculo de la luz a través del vidrio esmerilado. Salía del baño y se dirigía a su habitación (no desayunaba, prefería aguardar hasta el almuerzo, odiaba sentir el estómago lleno en las primeras horas de trabajo). Abría su ropero y buscaba el traje gris (era jueves, los jueves siempre utilizaba el traje gris), sacaba la camisa blanca que su madre le había regalado en su último cumpleaños, la corbata con esos adornos extraños por todos lados y los ponía sobre la silla que estaba cerca de la puerta. Retornaba con paso lento hacia la cama. Se sentaba en ella y procedía a despojarse del pijama (azul completa), la doblaba cuidadosamente, se ponía en pie y levantaba la almohada. Dejaba ahí el pijama y botaba la almohada al piso. Cogía con la punta de los dedos la sábana y la alisaba. Recogía la almohada del piso y la colocaba en su lugar. Luego hacía lo mismo con las mantas y la colcha. Solo entonces corría las cortinas de la ventana. Ese día observó los altos edificios, la neblina cubriendo los pisos superiores: el cielo encapotado, similar a una cúpula de metal. «Hará frío», balbuceó. Dio media vuelta y retornó cerca de la silla. Cogió el pantalón y se lo puso. Después la camisa, la corbata y el saco. Volvió a abrir el ropero para sacar su sobretodo verde oscuro. Se lo puso y buscó sus zapatos en el cajón inferior de la mesa de noche. Los extrajo y vio que estaban bien lustrados (como siempre: lo había hecho una noche anterior). Solo se limitó (rápidamente, como si alguien estuviese detrás de él) a pasar una punta del sobretodo por encima de ellos. Se los colocó y salió de la habitación, pero antes apagó el reloj-radio. Llegó al living y tomó el maletín negro. Abrió la puerta del departamento y, luego de cerrar la puerta tras de sí, le puso doble seguro (siempre desconfiaba de sus vecinos, siempre desconfiaba de todo el mundo). Entonces, en ese momento, se abrió el ascensor. Lo miró dudando (siempre había preferido las gradas). Decidió entrar. Presionó en botón que decía PB. El ascensor se detuvo. Salió. No tenía coche (odiaba los coches), así que tenía que caminar un par de cuadras hasta la parada de buses más cercana. Caminó como lo hacía todos los días, moviendo el maletín de atrás para adelante, con la espalda erguida, mirando al frente.

Sin embargo, en aquel momento, un destacamento de mifrosotgs pasó delante de él. Eran casi cincuenta, todos igualmente vestidos, similares entre ellos: anchos, peludos, las cabezas grandes y trémulas y el raído y mugroso capuchón oficial de la Nación encima. Tenían, delante de ellos, a lo que él supuso era el teniente de turno: de la raza de los pequeños, sin muchos pelos en el rostro, los ojos rojos y luminosos y los pies envueltos en los trapos (botines, según ellos) que levantaban el polvo de las aceras al caminar. Los mifrosotgs pasaron delante de él, despidiendo su olor característico a estiércol de caballo. Pensó que algo raro (acaso un ratero) había sucedido para que todo un destacamento de mifrosotgs estuviese en movimiento. Pensó que, después de todo, no había hecho mal en poner doble seguro a la puerta de su departamento. Pensó, después de todo, que sus vecinos no le inspiraban ningún tipo de confianza.

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*Wilmer Urrelo Zárate (La Paz, 1975), es autor de las novelas ‘Mundo negro’ (Premio Nacional de Primera Novela), ‘Fantasmas asesinos’ (Premio nacional de novela) y ‘Hablar con los perros’ (Premio de Literatura Anna Seghers). ‘Habitando en el inadvertido mundo de los mifrosotgs’ está incluido en su libro de relatos ‘Todo el mundo cumple sus sueños menos yo’, publicado por la editorial boliviana El Cuervo.

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