La poesía de ayer y hoy en Bolivia*

Marina Tsvietáieva

 

Por: Emma Villazón

En primer lugar, agradezco a Martín Zelaya, Wara Godoy y a todos los organizadores de este encuentro, por la invitación a hablar sobre la poesía en Bolivia y sobre mi trabajo poético.

Tremendo desafío es hablar de poesía, y más aún de lo que uno escribe, por lo que intentaré hacerlo asumiendo la dificultad que acarrea este esfuerzo por desdoblarme. A la pregunta por si tengo búsquedas y metas a la hora de crear, me interesa más pensar estas búsquedas como “inquietudes” que llegan a través de la experiencia vital. Ninguno de mis libros fue planificado como un proyecto con una misión y objetivos, los poemas aparecieron como una respuesta a un acontecimiento que se transformó en una inquietud, y me interpeló durante un buen tiempo. De manera que primero llegó la inquietud, y luego el poema debió saber responder a eso. Digo “debió saber responder”, aunque obviamente no creo que los poemas respondan de manera definitiva a un acontecimiento crucial en nuestras vidas. Así, con el primer libro, fábulas de una caída (2007), primero apareció un poema en el cual reconocí una voz que hablaba fuerte y que debía seguirla, darle atención y escuchar sus resonancias, que se convirtieron en otros poemas. Ahora que veo a la distancia ese proceso, creo que mi escritura pasó primero por el momento de oír una determinada inquietud, y luego por intentar responderla. Por lo que saber oír, sopesar a ciegas una inquietud oscura, una que no tiene una fácil respuesta, eso me parece muy importante. Es decir, me inclino por esa poesía que, en vez de tener búsquedas, “sabe oír” como un chamán o un yatiri el caudal de sucesos sociales e individuales que lo rodean y que todavía no tienen nombre. En otras palabras, ese saber oír tiene que ver con la actitud de receptividad del poeta, con la capacidad de dejarse afectar por todo lo que le llega a través de su existencia. Porque, para decirlo en unos versos, “la página del vacío aparente viene escrita/ solo hay que tactar” (Elvira Hernández).Quisiera, humildemente, poder tactar esas escrituras que me llegaron.

Siguiendo esta idea, cambiaría también el término “meta” por el de “deseo”, puesto que solo si hay carrera o proyecto (como en el ámbito empresarial), hay meta. A falta de “meta”, mi “deseo” es escribir poniendo atención en lo que veo, en lo que pasa alrededor y fuera de las fronteras, y también en lo que pasó o no pudo pasar. También quisiera recuperar el valor que tiene el acto de decir, el hecho de tomar la palabra para darla para todos. Me gustaría poder aunar la importancia de decir ciertas cosas con una conciencia bien despierta sobre cómo decirlas. Y sobre este “cómo decir”, me interesa que los poemas sean interrupciones al lenguaje corriente; en realidad, no concibo a la poesía si no perturba el lenguaje, si no es capaz de, como decía Octavio Paz, constituirse en una “otra voz” que desarme los sentidos convencionales sobre el mundo, como un acto violento y de resistencia. He ahí la potencia de la poesía, en la capacidad que tiene para irrumpir entre la cháchara y poner en tensión el mundo que recibimos desde el lenguaje.

A la hora de escribir no tengo métodos ni costumbres, quizás “manías” sea la palabra, y en realidad es solo una. Durante un largo tiempo, escribí a lápiz en cuadernos, que llenaba también con citas de poetas y garabatos, porque el papel me parecía el soporte más tolerante al largo tiempo que dedicaba a escribir y a la intimidad del acto. Escribir en la computadora me parecía un acto despersonalizado, donde el poema debía resolverse pronto. Con el tiempo, cuando algunos poemas se dieron con la computadora, descubrí que prefería el papel porque con él había escrito poemas que me gustaban, es decir, había hecho de este mi amuleto de la buena suerte. Ahora comprendo que los poemas se dan de manera misteriosa, generalmente aparecen en el papel, a veces en la computadora, no se puede predecir su aparición, solo esperarlos.

Sobre mis autores preferidos, leo con pasión a Blanca Wiethüchter, Jaime Saenz, Jesús Urzagasti y Arturo Borda, especialmente reconozco a estos tres últimos porque cada uno no solo llegó a crear un mundo único con su obra, sino que también dejó una reflexión valiosa sobre la poesía. También debo a la revista y editorial La Mariposa Mundial, que sigo desde hace años, por los raros escritores y textos que nos ha presentado, y lo sigue haciendo. Fuera de Bolivia, he considerado como mis maestras y maestros en diferentes épocas a Alejandra Pizarnik, Sylvia Plath, Emily Dickinson, Clarice Lispector, Marosa di Giorgio, Susana Thénon, Sharon Olds, Fernando Pessoa, Paul Celan, César Vallejo, Humberto Díaz-Casanueva, Leónidas Lamborghini, J. Guimarães Rosa y Héctor Viel Temperley. Y entre esa tribu salvaje, me siento especialmente marcada por la poeta rusa Marina Tsvietáieva, quien sería la luminaria de ese grupo. Tres poemas mayores, traducidos por Severo Sarduy; Cartas del verano de 1926, la correspondencia entre ella, Rilke y Pasternak; Mi Pushkin, Noches florentinas, Cartas a una amazona y El poeta y el tiempo son joyas poéticas inolvidables para mí. Si hay una voz poética que se disuelve en un mar que golpea con una música imponente, wagneriana, pero a la vez quebrada por unos guiones constantes, y con una honda sabiduría, esa es la voz de mi Marina. Frente a estos maestros, me es difícil señalar cuál ejerce influencia práctica en mi escritura, yo los veo como estrellas inalcanzables… Los lectores dirán.

Con respecto a la pregunta en que se nos pide que indiquemos la época dorada de la poesía en Bolivia y la actualidad poética. Si entendemos por “época dorada” aquella en la que escribieron varios poetas una obra destacada, quizás esta podría ser la década del 30 al 40 del siglo XX, periodo en el que escriben Ricardo Jaimes Freyre, Gregorio Reynolds, Franz Tamayo, Arturo Borda, Hilda Mundy, Raúl Otero Reiche, y también un Gamaliel Churata, que comparte lecturas y escrituras en tierra boliviana por entonces. Ese periodo me parece fructífero e interesante, pues se da una conjunción entre la efervescencia de las ideas políticas de izquierda con las estéticas del Modernismo, el vanguardismo y cierta reformulación del Modernismo desde una veta indígena andina con Churata. No obstante, también se podría hablar de otro periodo interesante: el de las décadas del 50 al 80, con Jaime Saenz, Oscar Cerruto, Edmundo Camargo y Blanca Wiethüchter.

Pero creo que pensar en una época dorada es complicado, porque puede introducir la nostalgia por una época pasada mejor que la presente, y además genera la idea de que a cada época le corresponde su poeta, lo cual puede crear pugnas entre el viejo poeta y el poeta contemporáneo. Por ejemplo, en nuestro caso, podría plantearse que algunos lectores prefieran a Ricardo Jaimes Freyre en vez de a Saenz, o al revés, que algunos sean adoradores de Saenz, y vean en él al gran poeta, y por tanto, rechacen la poesía modernista. O también puede darse que algunos poetas, en una actitud de autodefensa de su propia obra, se propongan matar a sus antecesores, por ejemplo, a Saenz. Pero ¿son realmente auténticas estas luchas? Responderé siguiendo a Marina Tsvietáieva cuando ella lee la pugna entre el viejo Pushkin y el moderno Maiakovsky:

La afirmación «Amo la poesía, pero no la poesía contemporánea» y su opuesta «Amo la poesía, pero solo la poesía contemporánea» son equivalentes, es decir, valen poco ̶ nada. Nadie (…) que ame la poesía hablaría así, nadie que ame verdaderamente la poesía destruirá las obras auténticas de ayer ̶̶ y de siempre ̶ en beneficio de aquello que hoy es auténtico (…). Quien ama solo una cosa no ama nada. Pushkin y Maiakovsky habrían sido amigos, se han hecho amigos, y en realidad nunca estuvieron en desacuerdo. Las partes inferiores son hostiles, las cimas ̶ siempre concuerdan. «Bajo el cielo hay lugar suficiente para todos» ̶ esto lo saben mejor que nadie las montañas (1).

Siguiendo a Tsvietáieva, no es que a cada época le corresponda su poeta, los grandes poetas sobrepasan su época, están más allá de su época. En este sentido, no es que ayer hubiésemos tenido grandes poetas, los tenemos desde entonces y para siempre. Un gran poeta es para siempre. Por lo que cuando veo que algunos amigos poetas detestan a Saenz como si fuera una gran sombra sobre ellos, creo que lo que hay que hacer, si es que amamos realmente la poesía, es leer a Saenz con fervor, amar sus palabras, robarle lo mejor de él, y quemar los monumentos que se le hagan. Lo mismo con Cerruto y Jaimes Freyre.

De manera que ante la pregunta por la época dorada, creo sin más que nuestros grandes poetas nos acompañarán por un largo tiempo.

Con respecto a la poesía que se escribe hoy en Bolivia, noto un incremento de lecturas poéticas que hace algunos años no se daba; por lo demás, hay que reconocer que estas surgen por temporada. En La Paz conozco las lecturas “Escándalo en tu barca” organizadas por Adriana Lanza; en Cochabamba, están las del Café Kafka, y en Santa Cruz, están las que se organiza en La Calleja, y las lecturas organizadas en la Feria del Libro de la ciudad. En Cochabamba, están las editoriales Género aburrido y Yerba Mala Cartonera que publican poesía, además está el taller de poesía que dirige hace años el poeta chileno Juan Malebrán, el cual es una gran motivación para muchos chicos. Sin lugar a dudas, este aumento de lecturas públicas es positivo, compartir la poesía de manera pública siempre es necesario y será bien recibido.

En este panorama, que sigo a la distancia a través del periódico, las redes sociales y de los libros que publican los autores, veo dos aspectos no tan positivos que me parece necesario resaltar: 1. La falta de crítica sobre lo que se publica en poesía. Si bien las lecturas abiertas son una celebración de la poesía, no concuerdo en que se haga pasar cualquier texto como poesía, ni tampoco en que ser poeta signifique apelar a una fraternidad que lo que busca únicamente es establecer lazos de puro afecto con otros poetas con el único fin de proteger o difundir la propia obra. En este caso, en vez de “fraternidad” lo que se da es una suerte de complicidad y temor entre los mismos poetas para hacer lecturas auténticas sobre la obra del otro. Y no quiero que se entienda esto en un tono de enemistad hacia nadie. Pero justamente lo que esperaría de la amistad entre poetas es la honestidad – brutal, para decirlo con Calamaro. Por ejemplo, me llamó la atención en la última Feria del Libro de Santa Cruz que los organizadores solo hubiesen propuesto un coloquio sobre la narrativa nacional, pero no sobre la poesía que se está escribiendo en la ciudad y en el país. De manera que lo que más veo son lecturas públicas de poesía, y pocos espacios donde nos detengamos a conversar sobre la poesía que leemos y escribimos.

2. La aparición de dos discursos: uno, la poesía de la certidumbre; y dos, la defensa de poesías marcadas por una identidad regional.

Sobre el primer discurso, el de la “poesía de la certidumbre”, que surge con la antología Poesía ante la incertidumbre (2011), publicada por la editorial Visor, y que resulta una continuación de la tendencia española de la poesía de la experiencia, en 2013 esta amplía el número de sus poetas y se reedita en Bolivia. Con respecto a este proyecto, Rubén Vargas se refirió al mismo en un agudo artículo periodístico titulado “Poetas piden que paren todas las incertidumbres”, y señaló el problema de este discurso al pretender instalar ese viejo y falso dilema con respecto a la legibilidad y comprensibilidad en la poesía como un valor determinante y relacionado con la luz, frente a su opuesto malvado o negativo, que sería el de la ilegibilidad u oscuridad. Vargas dice sobre esto:

¿Cuál es la poesía de la certidumbre? Para los nuevos poetas, la poesía 1) tiene que emocionar; y 2) tiene que ser perfectamente entendible. Todo el resto —todo el inmenso resto en el que caben Góngora y Lezama Lima, Shakespeare y Octavio Paz, José Ángel Valente y Jaime Saenz, Antonio Gamoneda y tantos navegantes de la incertidumbre— son proyectos literarios que “fracasaron estrepitosamente”, “barroquismo gratuito”, “frivolidad de la moda literaria”, “juegos de estilo(…).

Sostener que la poesía debe emocionar es una obviedad, aunque sospecho también una negligencia: el chato realismo que practican los poetas de la certidumbre es resultado de una confusión: no pueden distinguir las palabras de las cosas. Que la poesía debe ser perfectamente entendible es una ingenuidad o una necedad. Una ingenuidad si se supone que la inteligibilidad de un poema es la misma que la de una noticia de periódico o de un memorándum de felicitación (2).

El problema con este discurso es que muchos poetas jóvenes y mayores han caído en la idea de que la poesía se debe escribir de manera clara para llegar a los lectores, lo cual los lleva a defender un simplismo en la escritura que no solo daña a la poesía, sino que subestima a los lectores, como si estos fueran una masa ignorante a la que hay que entregar un texto con significados claros y unívocos.

Sobre el segundo discurso, el de la defensa de una categorización de la poesía a partir de las identidades regionales del país, es un tema complejo, pero creo que merece que nos detengamos un momento. Primero, ¿es posible hablar de una poesía boliviana?, ¿qué rasgos comunes tiene esta además del lugar de nacimiento de los poetas?, y, en segundo lugar, ¿existe una poesía cruceña, paceña, etc.?, y ¿por qué nadie reclama la poesía pandina? Personalmente, creo que lo que hay en algunos departamentos es el intento de construir estas categorías como un deseo de visibilizar a unos autores en el ámbito nacional, y que ante la imposibilidad de concebir una esencia para los corpus de esas categorías, quienes enuncian estos discursos tarde o temprano caen en el error de atribuir a las escrituras los añejos estereotipos que existen sobre las regiones. Estos desaciertos se vieron, por ejemplo, en el prólogo a la antología Poesía del siglo XX en Bolivia, a cargo de Homero Carvalho.

Y por último, con respecto a la pregunta que me hacen por ¿cuáles serían las esperanzas de la poesía en Bolivia? Me parece un poco chistoso referirme a las esperanzas, como si estuviéramos viviendo una catástrofe poética. Lo que puedo decir es que he disfrutado y disfruto mucho leyendo a poetas jóvenes que poco a poco se dan a conocer, como Giovanni Bello, Pablo César Espinoza y su Cantar, llorar, reír (2011), Iris Kiya, por el tono atrevido y el juego con la voz masculina, y MilenkaTorrico, por el trabajo con la histeria femenina. Creo que en ellos germina algo potente y desestabilizador de lo que circula hoy.

(1) El poeta y el tiempo. Barcelona: Anagrama, 1990, pp. 55 y 56.

(2) “Poetas piden que paren todas las incertidumbres”. Tendencias en La Razón. 18 de agosto de 2013.

*Esta ponencia fue leída en las II Jornadas de Literatura Boliviana de la XX Feria Internacional del Libro de La Paz, en agosto de 2015.

Emma Villazón ha publicado el poemario Fábulas de una caída, en 2007, con el que ganó el Premio Nacional Noveles Escritores, entregado por Petrobras y la Cámara del Libro de Santa Cruz; y Lumbre de ciervos (Ed. La Hoguera), en 2013. Actualmente reside en Chile, donde estudia un doctorado en Filosofía, mención Estética.

 

Imagen: Inspiration. Marina Tsvetaeva, de Taras Andriychuk

 

 

 

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