Pabellón infantil

(Julio Barriga)

Desde esta oscuridad y en el silencio de pronto ha vuelto un suceso de mi infancia. En un tiempo imprecisable, situado en las inmediaciones del origen de la conciencia, empecé a extremar un huraño mutismo casi autista. Mi abuela paterna, que no me quería para nada, me auscultó pese a mi resistencia hasta dar en la coronilla, bajo selvática pelambrera, con una gorda pústula que apretó violentamente produciendo un chisguetazo de pus y sangre infecta pringándole el vestido ante su escándalo e ira acompañados de mi dolor y humillación. Más o menos rápidamente fui internado en la clínica de la CNSS, cuyo pabellón infantil daba a la calle Santa Cruz casi esquina Potosí. Allí purgué quizás dos o tres eternas semanas. E insisto en la imprecisión y elasticidad de esa materia en la que se entretejen las existencias. Tiempo puntuado por las fugaces visitas médicas, las dolorosas curaciones e inyecciones, las comidas, que por malas que fuesen nunca pudieron haber sido peor que las que había en casa, comidas que me inducían a recorridos hasta el altísimo y oscuro baño donde todos mis fantasmas me esperaban con uñas y dientes, las interminables noches de mayor sensación de soledad y abandono que las habituales inauguradas con la cena a las seis de la tarde… ¿por qué no me visitaban mi madre ni mi más maternal y amada abuelita? Quizás no estaban en la ciudad, tal vez lo proscribía alguna circunstancia como la intolerancia de mi señor padre, quien sí me visitó con unos globos para entretenerme y una bella enciclopedia de las que siempre hubo abundancia en una casa donde otras cosas faltaban. Deduzco de lo anterior que era alrededor del carnaval y que ya transitaba mis primeras letras y empezaba a ser el animal de biblioteca devorador de signos impresos que hasta ahora soy. Esa enciclopedia fue un oasis en el desierto, más importante para mí que toda la humanidad que allí me había abandonado… y volvía de un secreto modo. Y en esa soledad y abandono me enamoré de emergencia y a rajatabla de una enfermera físicamente parecida a mi madre. Ella me ofrendó compadecida y tierna solicitud resultando no ser enfermera sino una empleada auxiliar todo servicio… y más aún, resultó ser luego la madre de mi principal amigote ¡Ulises! Por supuesto que siendo la ingratitud mi mayor atributo la olvidé de inmediato al abandonar el citado nosocomio y no presté atención a su muerte acaecida hará unos diez años.

Y vuelven nítidamente a mi memoria algunos otros penados del pabellón, nunca más de tres o cuatro. Así un llockallita sanlorenceño, cuya curiosidad lo hizo asomarse al pozo que cavaba el bruto de su padre recibiendo un azadonazo en la cabecita que lo volvió más loco que una cabra, más bien como un mono pues en los raros quiebres de la atroz monotonía lo vuelvo a ver robando el enorme frasco de las vitaminas comunes gambeteando ágilmente el frenético y no menos demente acoso de enfermeras y demás personal trepado a los tabiques que separaban las camas y de ahí a las maderas y fierros que sostenían el techo.

Yo observaba fascinado con terror, con admiración… y con envidia pues entretanto el prófugo devoraba las horribles vitaminas a puñados como si fueran caramelos. Y recuerdo al querido Justino: un hermoso y admirado muchachito precipitado por travieso de un alto árbol quedando convertido en un pequeño y contrahecho Quasimodo. Y otro niño padcayeño aquejado de un absceso endomolar que extrañamente le había trasladado la materia del ojo izquierdo, pequeño y cerrado hasta casi desaparecer, hacia el derecho: globular y enorme como un huevo frito. Lo que le valió el apodo cruelmente ingenuo de “Ojo de burra”. ¿Cuántos quedaron al inicio del trayecto en esos años de subdesarrollo y Alianza por el Progreso? ¿Cómo sobrevivimos al infame desamparo? ¿Cómo y por qué sobreviví con mi mala salud de acero, con un mitridatismo que me hace adicto a los venenos a los que soy inmune? No lo sé, no lo sé, no lo sé. En una triple negación al modo Winehouse.

Barriga

Julio Barriga ha publicado El fuego está cortado (1992), reeditado el 2013 junto al poemario Luciérnaga sangrante; Aforismos desaforados 1 (1994), Aforismos desafora 2 (2004); Cuaderno de sombra (2008); Este texto está incluido en El hombre que amaba a Amy Winehouse (2014). Vive en Tarija, Bolivia.

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