How Deep Is Your Love

Giovanna Rivero

ooooooMi corazón es un editor eficaz y, aunque no siempre respeta la secuencia lineal de los hechos, confío más en su memoria que en cualquier libro de historia. Esa década que tenía por nombre el signo del infinito en vertical fue una prolongación y una ruptura. Una prolongación de los setenta y una ruptura con los setenta.
ooooooMe acuerdo que fue una prolongación, o por lo menos una suerte de prórroga, porque papá y sus hermanos todavía usaban pantalones acampanados y bigotes gruesos. Y escuchaban a los Bee Gees. La música del “pica” llenaba el living con sólo poner la púa mágica sobre el disco. Ese magma dulce, casi femenino -– “How deep is your love…”-– era, sin embargo, el comienzo de una despedida. La huella suavísima del “camp”, que se hacía de pronto más descarada y voluptuosa con John Travolta en “Saturday Night Fever”. Me acuerdo que mi prima Rocío bailaba ese hit con tanto cuerpo que yo me sentía una anomalía, enredada en mi pudor. 1981 sería. Semejante sensación de modernidad absoluta no he podido respirarla con la misma alegría mordiente nunca más. Ni siquiera cuando me creé mi primera cuenta de correo electrónico.
ooooooPero también fue una prolongación en un orden político/sentimental. Me acuerdo que uno de mis tíos que había estado preso y recluido en Alto Madidi durante la dictadura de Banzer fumaba cigarrillos encadenados, encendía el siguiente con la agonía del que aplastaría en el cenicero. Todos querían que él se comportara normal, que encontrara un trabajo. En 1983 encontró un trabajo en una ONG; había que ir al campo, pero lo dejó cuando intentaron recluirlo en una oficina. Era moderna esa sigla: ONG, sonaba a terminal espacial. Teníamos que aprendernos las siglas de memoria para los exámenes de Sociales. ONG, ONU, OEA, URSS, FMI. A mí me gustaba escribir “Reagan”, que no era una sigla pero era fácil de pronunciar aunque se tratara de un apellido gringo. Tan fácil como decir “Rocky”, que así también se llamaba nuestro amadísimo perro.
ooooooPero los ochenta, me acuerdo, rompieron también con las últimas cosas de los setenta. Llegó Alien I al cine América (que parecía un autocine pues no tenía techo) y se comió desde las entrañas las ideas más sagradas. Me acuerdo que los matones de los pichicateros venían hasta el portón de la “Escuela de señoritas”, donde estudiábamos en turno matutino, a golpear a los profesores que se atrevían a sugerir una denuncia en contra de ese régimen blanco instalado en el pueblo cual obeso emperador.
oooooo¿1984? Oh, sí. Me acuerdo que mi abuela permitió que los maestros gnósticos realizaran conferencias especializadas en su living. Con tal motivo, hizo remplazar el piso de ladrillo por mosaicos color mostaza y mandó costurar cortinas nuevas. Me gustaba ese olor a tierra cuando rociaban el patio con agua para espantar el calor antes de las reuniones.
ooooooDos años después pasó el cometa Halley, pero nadie pudo ver nada. Sin embargo, sentí un puñetazo en el tórax cuando el locutor de Radio Norte dijo que para su siguiente visita por la órbita de la Tierra, de la mayor parte de nosotros ya no quedaría ¡ni el polvo! Me acuerdo que miré mis manos y eso me pareció imposible y cruel. Yo apenas tenía 14 y ya me estaba muriendo. Puto cometa Halley.
oooooo1988. Me acuerdo que los viernes daban en la tele Freddy Krueger y era lo mejor de lo mejor. Nunca tuve una pesadilla al respecto, quizás me parecía natural que un zombi calcinado habitara en tu psiquis con ganas de decapitarte a punta de tijeretazos. Lloré, en cambio, por otras cosas. Todavía me duelen esas cosas. Es mentira que lo injusto se olvida. A veces saco de mi colección de heridas ochenteras la más oscura y se la muestro a mis hijos. Es una forma de decirles que todo pasa, como también pasaron los ochenta.
ooooooY cuando en 1987 ó en 1984, qué más da, comenzamos a recibir fragmentos del espacio exterior de lo que supongo era el MTV anglo original, ¡oh, my God!, las cinco de la tarde alcanzaron el estatuto de la hora más pop (supongo que era el horario pactado por la antena repetidora del pueblo, cuyo radar parecía un ovni) + (ergo: el mundo nos llegaba por repetición, como un eco o una onda acuática)= (el planeta seguramente tenía tiempos simultáneos y nosotros no estábamos precisamente en el futuro). Recuerdo que me sentaba a cuidar a mis hermanitos chicos en la estera que mamá había extendido en “la sala de mirar tele” (una modernidad exquisita). No entendía un pepino de inglés, pero creía que en ese idioma se cifraba una promesa más real que las amenazas apocalípticas que cundieron con la colonización gnóstica. Además, una tarde, con la luz de tele iluminando mis piernas, descubrí que habían cambiado. Tenía dos pistolas discretas cerca de las caderas y eso sí era una transformación muchísimo más radical que la de Michael Jackson en “Thriller”.
ooooooUna tarde de 1985 me descuidé de mi cuarto hermano -–somos seis– y el viento feroz de agosto azotó la puerta del comedor y casi le suelta el dedito. Mamá se montó en una mototaxi con el chico sangrante, y yo en otra con una de esas bolsas en las que venden arroz o azúcar por quintales, llena de billetes colorados. Era un montón de papel que apenas tenía valor. Dejamos medio costal en el hospital por la sutura y la otra mitad en la farmacia. Todavía me siento culpable. Pero creo que mi hermano, que ahora es arquitecto, apenas se acuerda. Su década es la del noventa.
ooooooYo en cambio me acuerdo, cómo no hacerlo, de nuestro viaje en una caravana de micros para ir a recibir al Papa Juan Pablo II en el Tahuichi. Google dice que eso sucedió en 1988. Fue el mejor concierto de rock al que haya asistido en la década. Cantábamos enardecidas una canción de santidad ensamblada en una melodía de Soda Stereo. El Papa era un objeto de deseo al que avistábamos de vez en cuando con los binoculares de una compañera. Lo demás era fiebre total.
ooooooRecuerdo que en 1989 se pusieron de moda los correctores de nariz. Una compañera ostensiblemente narigona se puso uno de esos aparatitos para un “dancing” –así se les llamaba a las noches de disco– y, en lo mejor del break dance, cuando el disc jockey raspó el long play para anunciar que los noventa acababan de llegar, “¡Happy New Year, socios!”, mi amiga sorbió el adminículo y terminamos en el hospital. En la sala de urgencias, me acuerdo, ya eran expertos en accidentes y hemorragias nasales. Y también en lavados de estómago, tan profundos que era como si quisieran arrancarte el mismo amor. Me acuerdo que alistaron unas pinzas largas para excavar en mi amiga. Yo no quise mirar y me concentré en la música que nos llegaba por ráfagas, como en un sueño, de alguna fiesta barrial. Eran Los Iracundos que exigían una definición: “O me voy o me quedo”. ¿Quedarnos? ¿Quedarme yo? Ese año salíamos bachilleres y no teníamos la más pálida idea de lo que sería vivir lejos del pueblo, en una verdadera ciudad, y bajo un nuevo dígito.

Jp16-201404231434

 

 

Giovanna Rivero (Santa Cruz, 1972) Ha publicado los libros de cuentos, Contraluna (2005) y Sangre dulce (2006). Narraciones suyas figuran en diversas antologías, como El futuro no es nuestro (Eterna Cadencia, 2009), Schiffe aus feuer, compilada por Michi Strausfeld (Alemania, 2010), Crónicas de oreja de vaca (Bartleby, 2011), Bolivia a toda costa (El Cuervo, 2011), Región. Antología del cuento político latinoamericano (Interzona, 2012). Figura entre “Los 25 secretos literarios mejor guardados de Latinoamérica” seleccionados por la Feria Internacional del Libro Guadalajara 2011. Este año publicó la novela 98 segundos sin sombra (Caballo de Troya).

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One Comment

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  1. Los ochenta me saben tan lejanos que la única forma de recordarlos es con la memoria del corazón.

    Entrañable texto.

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