Dos décadas de recuerdos, algunos litros de nostalgia

nirvana-nevermind

Por: Roger Otero Lorent

Nací en 1981 y ahora tengo la edad de Jesucristo, o, si no sos cristiano, de Bruce Lee al morir. De mi primera década de vida tengo vagos recuerdos de una prematura vida en solitario, pues se me ha dado en creer que la mejor existencia, ante la falta del mundo de las ideas de Platón, era el yacusi de la placenta. Entre esos primeros recuerdos, una vez me cortaron el cordón, a veces me sorprende la nostalgia en situaciones imprevisibles. Algo activa el recuerdo y se desplaza a los músculos del rostro, haciéndome ver más tonto o menos inteligente de lo que suelo ser en realidad. Acuden a mí imágenes que me desespero por transcribir en ese mismo instante para no volverlas a perder, pero luego me doy cuenta de que la forma más fácil para escribirlas sería por medio de una fina incisión en la punta del dedo índice para que la tinta roja construya, a lo mucho, un símbolo del recuerdo en alguno de los abundantes papelitos que suelo guardar en la billetera, pues pertenezco a un excéntrico mundo donde los celulares y los lapiceros no permanecen en mis bolsillos.

Es en esos segundos, y a veces minutos de nostalgia, que me veo en una bicicleta Caloi de mujer, pedaleando sin apartarme de las paredes, por miedo a la caída; un piedrazo en la nariz, por haber caminado donde no debía en ese primer colegio al que tampoco debí entrar y sin embargo duré todo el año porque las circunstancias así lo exigieron; las interminables siestas de fin de semana de papá, sus gravísimos ronquidos, sus peticiones para acompañarlo en la siesta y al cine de los sábados; los dolores de hígado en el kínder; las rabietas de mi hermana luego de que se daba cuenta que me había comido sus chocolates y cuando se daba cuenta de que no me los había comido pero no dejaba de recordar que yo seguía siendo su hermano; el ovni que pasó a poca altura de casa cuando todos en el vecindario, a excepción de mí, estaban despiertos y lo vieron; la mano de Dios y los souvenirs del Mundial mejicano; las infusiones de caré de mamá y un breve etcétera que permanece náufrago en las lagunas de mi memoria.

Llegaron los noventa y tuve consciencia de que era piscis y gallo, había nacido el día de San Maximiliano, los bigotes lacios no me quedaban, combinaba mal las ropas y no me importaba con tal de que estuvieran limpias, conocía a mucha gente que no me saludaba, me gustaban muchas chicas que tampoco me saludaban, ser delgado no era la traducción al español de sex appeal y ser demasiado respetuoso me hacía perder tiempo valioso. Recuerdo mis frecuentes viajes en micro, colgando en la puerta, a veces aferrado al fierro por medio de tres dedos indestructibles, las bajadas al vuelo y una que otra caída; el Mundial sin Etcheverry y su gol previo a Brasil en La Paz; los partidazos que jugaba en el barrio y los papelones que, en mi vida paralela, realizaba en el colegio; el peso que nos obligaba a pagar el profe de Educación Física por entrenarnos en una cancha de sábado que él no se encargaba en administrar y sus pupilos debíamos podar a punta de gambetas; una nerviosa lectura frente a todo el colegio, en cuarto medio, que determinó mi definitivo suicidio social; mis intentos fallidos por aprender a tocar el bajo y una perfecta simulación para subirme al escenario con mi banda y no se dieran cuenta de mi falta de talento; el “Yield” de Pearl Jam, el “Use for Illusion II” de los Guns, el “Load” de Metallica y toda la discografía de Nirvana; el campeonato de Oriente Petrolero de comienzos de década; todas las Navidades en familia; las jugadas de Nintendo en casa de Marvin mientras él y su corteja se metían mano; mis perros Duque y Colmillo (gracias, Jack London) y mi gato Chilín I (más respeto, era una formidable mascota); Los Simpsons, sus frases retenidas en mi cerebro y luego pronunciadas en los recreos, complementadas por otros, por todos, menos por Martín, que no tenía tele; mi caída del techo, mi inmediato desmayo y mi posterior enyesada de pierna, además de la cicatriz en la cabeza que me quedó como ranura de alcancía. En los noventa, por qué no decirlo, visité puteros de mala muerte y me convencí de que las mejores historias se hospedaban en aquellos antros; aprendí a jugar billar con una mano y a no prestarle interés a quienes perdían y se enojaban conmigo, aunque tuvieran una pistola en la chamarra; abandoné mis clases de inglés luego de año y medio de tortura; me afeité la cabeza dos veces, la primera de las cuales me valió una libreta de servicio militar que nunca ocupé ni me gané por mi asistencia; caminé miles de kilómetros junto a mis amigos, porque los viernes y los sábados en la noche íbamos de extremo a extremo de la ciudad a sabiendas de que no pertenecíamos a ningún sitio; me inscribí a Comunicación Social con la esperanza de que mi estilo de vida mejorase y la siguiente década fuera más gratificante.
En los noventa no escalé ninguna montaña, tampoco desafié a la muerte ni descubrí el amor, seguía escribiendo mal y, a veces, hasta peor, leí menos libros de lo que hubiera querido, me hice muchas promesas y degusté la insipidez de la soledad; pero todo fue una escuela maravillosa, aprendí mucho de mis intentos fallidos, gracias a aquella inocente mirada con la que se nace y el transcurrir del tiempo obligar a clausurar.

 

Roger Otero es un escritor boliviano, nació en Santa Cruz. Ha publicado libros de cuentos y novelas. Entre sus títulos se pueden mencionar los cuentarios Al otro lado del silencio, El arte de escribir sin escribir y  Mirá el pajarito y decí whisky. Su última obra publicada fue Los acertijos de Glenda, el año pasado.

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