You know you’re right

kurt cobain

Adhemar Manjón

De repente se acabó todo. Era un día como hoy, hace 20 años. Toda esa rabia que había surgido a finales de los 80 desapareció con una detonación, calmando las aguas del último movimiento musical de la historia.
Kurt Cobain tenía 27 años cuando decidió irse de este mundo. Toda esa parafernalia con la que convivió desde que su disco Nevermind se convirtió en un hito, sumado al abuso de drogas y un matrimonio que le causó más de un problema, le cobraron factura. Fue algo que no pudo manejar, como dijo Beck hace unos días a un diario español cuando contaba su experiencia de ser fichado por la compañía disquera Geffen, después del éxito obtenido con Loser: “Recuerdo esa época como un momento en el que nos encontrábamos muy incómodos. Nos tomábamos las cosas quizás demasiado en serio. Por ejemplo, Kurt era un tipo muy dulce y muy amable, pero veíamos problemas en todas partes. O nos apreciaban demasiado, o demasiado poco. Estábamos empeñados en que no nos entendían. Cosas de veinteañeros, quizás. Me llevó años darme cuenta de que era un privilegiado”.
Kurt Cobain, el abanderado de un género cuyos seguidores parecían marginales que habían llegado tarde a la fiesta o no los invitaron o quizás simplemente no quisieron ir, porque estaban esperando desesperadamente un mesías que les dijera qué hacer, y vieron en Cobain a ese guía que podían seguir con devoción, le exigían respuestas a todos esos problemas, que después de todo quizás no eran importantes, cosas de veinteañeros, quizás, como dijo Beck. No tenían que tomárselo en serio, pero uno nunca sabe, son etapas. No todos podían ser como Lemmy Kilmister, por ejemplo, un tipo que arregla sus problemas solo, con unos vasos de Jack Daniels mientras escucha unos temas country. “Me gustaba el movimiento grunge, para mí eran cuatro tipos rockeando a todo dar. Me gustaba Nirvana, y Kurt Cobain, aunque obviamente era un tipo débil”, dijo Lemmy hace un par de años.

Esa debilidad nunca se vio en sus conciertos, que tenían mucha energía, acompañado por esa base conformada por Krist Novoselic en el bajo y el chico bueno del rock, Dave Grohl, en la batería(¿hay una mejor batería que la que suena en el In Utero?), rompía su guitarra unas veces, destrozaba todo el escenario otras o se autosaboteaba, como el desastroso concierto que dio en el estadio de Vélez Sarfield, en Argentina, donde Cobain apenas cantó unas cuantas canciones (“¿quieren tecno?”) como protesta ante la mala actitud del público con una de las bandas que los habían teloneado.
“La primera vez que escuché Smells like teen spirit tenía doce años”, cuenta el escritor boliviano Guillermo Ruiz, “y el poder que esa química furiosa ejerció sobre mí fue inmediato. Esa voz de bestia en peligro, que se elevaba por encima del estruendo rítmico e irresistible de las guitarras, traducía la muerte del niño que fui. Al mismo tiempo, me enteré de que Kurt Cobain –ése era el extraño nombre del líder– acababa de suicidarse. La fascinación fue instantánea”, señala el autor, que reside hace años en Francia.
“Quedaban sus canciones”, continúa Ruiz, “desprovistas de adornos y muestras técnicas, entrelazaban una melodía cuidada (Los Beatles) y una fuerza desnuda, brutal (Black Sabbath). Las letras me resultaban misteriosas y, a la vez, iluminadoras; el absurdo, el humor, el dolor, en suma, el enigma de la vida, estaba cifrado en ellas (supe más tarde que Kurt hacía collages con fragmentos de su diario). Y quedaba sobre todo, elevándose por encima del oleaje furioso, como un canto de cisne, esa voz de hierro, tan poderosa que a veces era capaz de hundirte y otras de salvarte, y, también, como en el Unplugged in New York, de hacerse temblorosa y emocionante, o de decirte al oído, glacial: “Cut myself on angel hair and baby’s breath” (Heart-Shaped Box). La voz de Kurt Cobain fue siempre la voz de un muerto que me desvelaba el vértigo de la existencia”.

No recuerdo noticias del día que se suicidó Cobain, empecé a escuchar Nirvana un año después y a leer todo lo que el tipo hizo y dijo en vida, me sabía casi todos los rumores que se hablaban sobre él, y me los creí la gran mayoría: el heroinomano proveniente de un hogar destruido con un dolor de estómago brutal que vivió en un puente cuando se fue de su casa en una ocasión y que una vez fue detenido porque escribió un graffiti que decía Dios es gay y se casó con la loca de Courtney Love que, quizás, lo mandó matar y con quien tuvo una hijita a la que nombraron Frances en honor a la actriz Frances Farmer cuya vida fue una  mierda y a la que Kurt le dedica una canción del In Utero; que Aberdeen, la ciudad donde nació, un 20 de febrero de 1967, tenía la tasa de suicidio más alta de Estados Unidos; y su primer disco, el Bleach, fue hecho con $us 600 que les dio Johnatan Poneman; y Kurt odiaba al comienzo Pearl Jam y decía que era una banda de mierda, después lamentablemente se hizo amigo del boludo de Eddie Vedder; que Michael Stipe le escribía las canciones y que Tarantino lo quería a él y a Courtney para que hagan el papel de los vendedores de drogas en Pulp Fiction; más drogas y más canciones y más locura y un montón de letras que te vuelan la cabeza y que había que leer con cuidado para entenderlas y a él (Teenage angst has paid off well / Now I’m bored and old ), etc. etc.
Recuerdo el libro de notas que venía en el Incesticide, en el que Kurt contaba cuando fue a Inglaterra a buscar a las integrantes de The Raincoats, de la amistad que hicieron durante una gira con las Shonen Knife, mencionaba a The Vaselines, los dibujos de Daniel Johnston (Internet era solo para unos pocos aún, así que pasaron años hasta que supe de qué se trataban todos estos nombres) y pedía, y esto sí que fue muy fuerte para mí en ese momento, que “si odiás a los homosexuales, a las personas de otro color o a las mujeres, por favor, haznos un favor, dejanos en paz! No comprés nuestros discos ni vengás a nuestros conciertos!”.
Pueden decir que hay muchísimas bandas mejores que Nirvana, que Kurt robó todo de grupos como Pixies, Melvins, Flipper, etc. Pero aún así tuvo algo diferente que causó esa histeria musical de la que muchos fuimos parte, hasta que supimos que habían otros caminos y los recorrimos sin olvidar cuál fue el punto de partida.

Rudo y melancólico (Maximiliano Barrientos)

Escuchamos música para entrar en la cabeza, para vivir ahí por minutos u horas y recrear lo que alguna vez se tuvo, lo que ya no está más. Escuchamos música para salir de la cabeza, para saltar y romper cosas, para mirar a los ojos de la mujer sin timidez y para agradecer que los que están alrededor no son desconocidos, sino amigos. La música, a diferencia de la literatura, oscila en esos dos polos: el del aislamiento completo y el de la socialización. Leemos libros sólo para regodearnos con esa vida que no tiene que ver con los otros, o que sí tiene que ver únicamente cuando los otros ya son fantasmas. Si un libro nos saca de la cabeza es porque es malo, no hay más vuelta que darle. Si un disco nos saca de la cabeza, pongamos por caso el More Songs About Buildings and Food, de Talking Heads, o el Ácido Argentino, de Hermética, es porque estamos pasando un gran momento junto a quienes tenemos afecto. Las canciones de Kurt Cobain son el ejemplo perfecto de esa dualidad: despiertan una euforia loca que urge sacar del cuerpo golpeando a gente en el mosh, pero también rebosan de una intimidad luminosa que te obliga a mantenerte aparte para surfear en la mente, y mirar. Eso: te enseñan a ser un testigo, que es uno de los aprendizajes fundamentales de todo arte. Llegué un poco tarde a Nirvana. En los 90, cuando lo alternativo estuvo de moda, era metalero y veía al grunge con recelo. No me arrepiento de haber llegado con unos años de retraso, así saboreé sin la fiebre de la inmediatez y del fanatismo esas pequeñas obras maestras que son Lithium, In Bloom, Something in the Way y Pennyroyal Tea. Las disfruté a solas o rodeados de amigos, y ambas experiencias fueron intensas. A 20 años de su legendario suicidio, el gran legado de Cobain es haber probado que la vulnerabilidad también puede ser ruda, algo que nunca consiguió hacer Morrissey.

 

Ilustración: Pablo Miño

 

 

 

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2 Comments

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  1. Yo no escribiría nada muy largo para enaltecer el ideal del origen y efecto inmediato, del intento de liberación, de un hombre débil y perturbado, pero tal vez si, de unas de sus consecuencia viva y presente.

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