Fiebre en las gradas*

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El martes 26 de noviembre ví en Dortmund, en el estadio Signal Induna Park, al Borussia Dortmund frente al Napoli, un partido maravilloso dentro del marco de la Champions League. Desde siempre me encanta ir a la cancha, allá donde vaya. Siento mariposas y taparakus eléctricos en todo el cuerpo cuando camino rumbo a algún estadio (sobre todo al majestuoso Hernando Siles) y no pierdo el asombro frente al importante hecho de ponerte la camiseta de tu equipo, un acto simbólico tan fuerte que ni el doctor Lacan nos ayudaría a encontrar la dimensión de su sentido.

 Una vez arribé a Trinidad a las 12 del mediodía y convencí a mis compañeros de trabajo para visitar el estadio Yoyo Zambrano a las cuatro de la tarde a más o menos 30 grados centígrados y con una altísima humedad. Jugaba Real Mamoré del Beni contra San José de Oruro. Para combatir el calor tomamos litros y litros de cerveza tropical en un bar cercano al Yoyo, endulzamos tanto nuestra sangre que literalmente fuimos devorados por mosquitos de todo tipo. Del partido recuerdo poco, pero cada vez que observo mis piernas y brazos veo las cicatrices que me quedaron de ese partido caliente. Y es que visitar una cancha es un ritual maravilloso, también un asunto físico; una cosa es ver un partido en tu living o en un bar, otra cosa es una cancha. En la cancha, hay que poner el cuerpo en acción, en juego y en sintonía con esa locura colectiva que solo el fútbol puede articular.

 A principios de los noventas, cuando jugaba el mago Oscar Damián Luna en el Tigre, mi The Strongest del alma, fuimos con amigos a Oruro a verlo frente a San José. El partido fue muy intenso, difícil, trabado y al final el Tigre salió ganando. Eran los brotes de mi adolescencia y el papá de un amigo nos dejaba tomar un poco de ponches para calentarnos y arder alentando al equipo. Al salir de la cancha nos subimos de forma muy discreta a los buses que nos esperaban cerca al estadio Rafael Bermudez. En los 90 todavía los integrantes de las barras viajaban con su familia, padres, abuelos, hasta hijos. Uno que otro vociferaba un: ¡Tigre!, ¡Tigre! Y los más nos subíamos a las flotas “calladitos nomás” como anticipando una arremetida de la barra local. Ya casi fuera de Oruro, la temible hinchada santa salió de la tierra como si fueran quirquinchos. Arrojaron miles de piedras a todos los buses atigrados. Era una balacera de piedra y estábamos siendo acribillados. Las mujeres gritaban, el chofer imploraba que no lo hagan, mientras todos ocultábamos nuestros cuerpos, tirados en el piso, como si se tratara de un atentado terrorista o de un asalto violento. Pasada la “balacera” y sin un solo vidrio sano, algunas personas con sangre en la cara  emprendimos viaje a La Paz. Estábamos en pleno otoño y el frío de la carretera nos recordó a todos el difícil costo de ser hinchas. Casi congelados al llegar a La Paz éramos noticia internacional: 12 buses stronguistas gravemente apedreados.

 Por motivos de exilio mis padres vivieron una temporada en México y faltaban dos años para que se inaugure el Mundial México 86. Ellos no paraban de hablar de lo asombrosos que eran los estadios. Mi papá nunca fue futbolero y tal vez eso se deba a que al club que seguía de niño junto con mi abuelo en las tardes miraflorinas de domingo, el Always Ready, descendió de categoría y se evaporó para siempre del fútbol boliviano. En México yo rogaba, imploraba, si podía me crucificaba para que mis padres católicos me lleven al estadio. Como nunca pude con la apatía futbolera de mi padre, convencí a mi madre, con quien fuimos a conocer la catedral del fútbol latinoamericano, el estadio Azteca, donde dos años después el máximo, el único, el más grande caudillo del fútbol ganaría en la altura de México una Copa del Mundo, me refiero, obviamente, al gran Diego Armando Maradona. Mi madre averiguó con una vecina que todavía no se iba a reinaugurar el estadio, ni se podía ver partidos, pero que los domingos y los lunes era posible hacer visitas guiadas. Recorrimos el Azteca de cabo a rabo, como si se tratara de un recorrido turístico a un viejo coliseo romano. Dos años después, cuando Maradona ganaba el Mundial frente a los alemanes, mi emoción era tan intensa que creía estar en medio del estadio. Lloraba y mi papá se ponía furioso ya que él quería que ganen el mundial los alemanes, esto porque no soportaba a los argentinos y menos al Diego.

 Mis abuelos maternos vivían en Villazón, pequeña ciudad comercial al sur de Bolivia frontera con Argentina. Mi abuelo materno si era un stronguista radical. Y esto no es verso o decorado narrativo: se hizo stronguista en plena guerra del Chaco, historia que ahora no contaré. Volviendo al tema de Villazón, a mediados de los 80 el “Chancho” Ayaviri, olvidado jugador villazoneño, fue contratado por el Tigre. Una pretemporada el equipo paceño jugó un partido con el Club Atlético de Villazón, a pedido de Ayaviri. El pequeño estadio estaba atiborrado de gente, tanto así que habilitaron unas tarimas que usaba la alcaldía en carnavales. Fuimos con mi abuelo al partido a eso de las 9:00 de la mañana, primero a hacer fila, luego a ganarnos asiento y esperamos desde las 12:00 del mediodía hasta las 16:00, hora de inicio del partido. Ayaviri era un jugador admirado, excedido de peso como muchos de los jugadores de esa época, con una habilidad y pillería para los amagues y para los pases pensantes que realizaba. El primer y único gol del partido lo realizó el paraguayo Julián Jimenez (los stronguistas nunca pararemos de gritar y festejar sus goles). Mi abuelo y yo, más todos los muchachos del tablón (nada que ver esto con la barra brava de River Plate) gritamos el gol con tal intensidad y vehemencia que la tarima se vino abajo. Alrededor de 50 personas nos desplomamos. Mi abuelo rompió sus lentes y se dañó el coxis para siempre, a mí se me molió la mano izquierda entre todas esas maderas rotas y fierro. En esta historia hubo un fallecido: un niño de apenas dos años. Obviamente se detuvo el partido y en el pueblo unos echaban la culpa a los otros. Pese a eso, con mis amigos del pueblo fuimos a despedir al Tigre que partía en tren rumbo a La Paz, lo perseguimos cuadras y cuadras pensando que jamás los volveríamos a ver.

 En el verano de 1987 viajé a Villazón, como siempre lo hacía, con la única ilusión de viajar a Salta, Argentina, a participar en un partido de la copa de verano. Íbamos a ver jugar al más grande jugador del fútbol boliviano: Milton “Maravilla” Melgar, que por esos días jugaba en Boca Jrs. Nunca fui ni de River y menos de Boca, pero se trataba de ver jugar al crack nacional que César Luis Menotti, por esa época Dt bostero, no paraba de admirar y elogiar. Llegué a Villazón los primeros días de diciembre y el partido recién se iba a jugar el 18 de enero. Lo primero que hice con la plata que me regaló mi papá para el viaje fue comprarme una polera de Boca con el nombre de Melgar. Cuando jugábamos en la calle con vecinos, primos y amigos las disputas para decidir quién llevaría el nombre de Melgar se solucionaban a golpes. Obviamente todos los niños de esa época queríamos ser Melgar y escaseaba el fútbol como show televisivo. Fue un enero muy lluvioso, ya en Salta con mi abuelo fuimos nuevamente muy temprano al estadio, Melgar no jugó uno de sus mejores partidos, pero cuando la tocaba la hinchada de Boca gritaba: ¡Boliviano, Boliviano! Y no con la carga peyorativa de siempre, sino a modo de júbilo y festejo. Esos gritos me hacían estremecer el cuerpo hasta casi llegar a las lágrimas. Años después sentiría una emoción parecida cuando fui a ver por primera vez a Rosario Central – River Plate en el hermoso Gigante de Arroyito. Los astros y el destino me regalaron algo inolvidable: ver y gritar con los rosarinos el único gol del gran Ronald Raldes y escuchar los gritos de los Guerreros Canallas: ¡Boliviano, Boliviano! También fue una experiencia memorable en estadios argentinos ir al José Amalfitani, en Buenos Aires, a ver como Vélez Sarfield pulverizaba al Bolívar por 7 goles a 0 en la Copa Libertadores de 2007. Al gritar esos goles curaba mi amartelo y nostalgia por Bolivia y por mi gran Tigre. Algo parecido me sucedió el 27 de noviembre en Wosfalia, Dortmund.

 Los trenes definen el modo de pensar de los alemanes, son la expresión perfecta de la alemaneidad: puntuales, tienen una alta capacidad para armar complejas redes donde todo está perfectamente sincronizado, interrelacionado e interconectado. El tiempo y el espacio en Alemania  se vinculan entre sí por un factor: el tren. Pero esta máxima expresión germánica de técnica, de diseño e ingeniería con el fútbol se va al carajo o dicho de forma más elegante: se transforma. Para llegar al estadio, la gente sube al tren en masa, va parada, casi aplastada, no importa nada si es que su chela está protegida. Familias enteras, hasta perros, suben vestidos del Dortmund y con muchísima cerveza en la mano. Viejos, niños, darks, chicas hermosas, adolescentes, señoras con hijos pequeños, ancianos, grupos de amigos ya sea de muy adultos o jóvenes adultos o una mezcla de ambos. Incluso gente con actitud más lumpen comparten un espacio de movimiento como es el tren rumbo al fútbol. Y como se narra en el grandioso cuento de Oscar Cerruto, Los Buitres, a medida que más nos vamos alejando del centro y se va invadiendo la periferia los alemanes se van relajando y soltando hasta dejar aflorar sus más espantosos demonios y fobias: el pánico al desorden. Y el tren es un caos de gritos, de cánticos, de aliento, la gente va saltando, viviendo el fútbol con una euforia lejana de la lógica cartesiana que los persigue, muchos no pagan el ticket del tren (grave infracción para un alemán). Ya en el Signal, el estadio está rodeado por un cerco gigante de chelas y por grandes bebedores de cerveza. Solo hay eso alrededor del estadio: Bier. Y, claro, con el color de la chela los hinchas se explayan ontológicamente sobre el estado del ser hincha del Borussia. Incluso uno me dijo: somos aurinegros por dos razones. El oro o amarillo por la cerveza y el negro por el carbón que históricamente exportó esta ciudad alemana. El Borussia es un equipo de clase media, por no decir del pueblo: profesores, técnicos, mineros. Dentro el estadio es una locura: hinchas desbordados pero que no tienen la menor intención de dañar al otro. El Signal Iduna Park supera, tal vez no, la acústica de la bombonera bostera. Y eso motiva a que la gente no pare de gritar y de emocionar con cánticos, como el de Liverpool: You never walk allone. Es que la fuerza de los aurinegros es única, es la fiebre y la locura en las gradas que sólo desata el fútbol.

 

*Fiebre en las gradas es el libro de Nick Hornby, autor inglés que cuenta su experiencia en cancha como hincha consuetudinario y fiel del Arsenal.         

Christian Vera, escritor boliviano nacido en La Paz, el 2008 ganó el Premio Nacional de Poesía Yolanda Bedregal con su poemario Ciudad Trilce. El año pasado presentó su primer novela, titulada Click.   

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