LOU REED ALCANZÓ LA LUZ

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Adhemar Manjón

Lou Reed, músico y poeta, cronista de la ciudad que nunca duerme. Los boulevares sucios, las prostitutas y los rascacielos, hombres nerviosos esperando a sus dealers, Candy huyendo de decisiones que pueden cambiar su vida, Billy regresando de la guerra muy diferente a lo que era antes. Nueva York siempre en el imaginario.

Todos esos personajes regresaron esta semana con fuerza cuando el pasado domingo, 27 de octubre, se supo la noticia de la muerte de Lewis Allan Reed. Tenía 71 años.

“No tiene planes para el futuro inmediato, pero tomará la vida como venga”, estaba escrito en la foto de su anuario de graduación de 1959, cuando todavía no se había tomado en serio la idea de ser músico. “Quería ser un escritor. Escribía en la Universidad. Sin embargo, en la secundaria grabé algo y también tocaba en algunos bares raros de Long Island”, le dijo al escritor Paul Auster en una entrevista que este le hizo en 1995.

Lou Reed insistió con la música y en 1964 formó junto a su gran amigo John Cale una banda que marcaría un  hito en la historia de la música con cuatro discos : The Velvet Underground (¿se puede contar el Squeeze?).

De entre las tantas leyendas e historias que abrazan al rock and roll, donde todo parece estar rodeado por la mitomanía, hay una que nació de Brian Eno. Eno dijo que solo 30.000 personas compraron el primer disco de The Velvet Underground (The Velvet Underground & Nico, 1967) cuando este salió a la venta, pero todas esas personas iniciaron, gracias a este disco, su propia banda.

¿Y las personas que gracias a los discos de The Velvet Underground se convirtieron en escritores y artistas cuántas suman? ¿Las personas que gracias a las letras de Lou Reed simplemente se sienten un poco aliviadas de la vida que les tocó llevar?

Estos días reaparecieron un montón de fotos y entrevistas de él. En una de ellas aparece junto a Bono, de U2, en 1986, en uno de los conciertos por los Derechos Humanos organizados por Amnistía Internacional. “The Doors eran basura de Los Ángeles, basura pretenciosa. Y Morrison, un idiota. No hacía más que reciclar letras del blues. Iba de dios sexual y no habría resistido una noche en la Factory”, dice en una entrevista realizada cuando visitó España en 2008.

Lou Reed como un sobreviviente.

La historia de un músico son sus canciones. Lou Reed fue uno de los que mejor narró su universo personal, que fue todo lo que vio y todo lo que creyó.

Reed actuó en una decena de películas, en la mayoría haciendo pequeños papeles, muchas de ellas ‘as a himself’. En Blue in the face (Wang-Auster, 1995), aparece como ‘Hombre con lentes raros’, y tiene unos diálogos que suenan como un homenaje/autoparodia de sí mismo: “No conozco a nadie en Nueva York que no diga ‘me estoy yendo’. He estado pensando en dejar Nueva York por…eh…35 años ya” o “Estoy asustado las 24 horas del día, pero no precisamente en Nueva York. En realidad me siento cómodo en Nueva York. Me asusto como si estuviera en Suecia. Vos sabés, es como un vacío…”

El dedo en la llaga, de eso se encargaba en sus letras, de colocar la mirada en los lugares que otros ignoraban, que no querían ver, porque Reed a veces se sentía como un hijo de Jesús, y dejaba en evidencia a todos esos falsos profetas que pululaban en su ciudad (Oh, hombre de paja, yendo directo al diablo), así como también creó melodías que son verdaderas odas al amor y a la fe en las personas.

Entonces, habrá que seguir escuchando sus canciones un rato más.

Lou+Reed+++Woodstock

Fue un visionario (Javier A. Rodríguez)

Es imposible exagerar la importancia de Lou Reed para la música popular. Fue un visionario y un innovador de formas que ahora, ex post facto, cuesta comprender. Con The Velvet Underground inauguró el proyecto punk, con canciones centradas en el beat y coordenadas sonoras pre-invasión inglesa. Contra ese integrismo, fue un vanguardista interesado en explorar las fronteras del rock, perpetuando ese compromiso desde cuando formó tándem con el discípulo Fluxus John Cale, hasta su unión con Metallica (maniobra que cabreó a los puristas más que “Metal Machine Music”). Reed creía en el poder articulador, casi ideológico, del rock (“Loaded”, “Transformer” y “Rock n roll animal” lo prueban), tanto como estaba enamorado de la canción pop. De hecho, introdujo ambiciones narrativas inéditas en el formato, tratando temáticas que no sorprenderían de aparecer en el cine o la literatura, pero que llamaban la atención al hacerlo en un medio no considerado igual de serio. Como su mentor Andy Warhol, Reed le cambió la cara a la cultura pop y a su ciudad. Es más, antes que ser el bardo de Nueva York, Reed encarnó la escena artística neoyorquina durante medio siglo. Podemos seguir enumerando, pero lo que cuenta de verdad es que, con su música, Lou Reed hizo real el estribillo de una de sus mejores canciones, pues a más de uno nos salvó la vida con el rock’n’roll.

Una noche (Claudio Ferrufino-Coqueugniot)

Francine bailaba desnuda. Cantaba: “take a walk on the wild side” y hacía movimientos con las manos. Botellas de vino sobre el mantel. Rojas manchas. Las ventanas de aquel apartamento interior llevaban modestas cortinas. En la parte delantera del edificio las hordas adenistas vitoreaban quién sabe qué. Lou Reed se repetía a sí mismo. Fantasmas de colored girls coreaban chuchu, chu chu, y no sé si la música inventaba aquella mujer, o de los labios de Lou Reed, tirados hacia delante, crecía un sexo profundo y húmedo como la muerte

Lou Reed y la épica marginal (Liliana Colanzi)

Mi álbum favorito de Lou Reed es Transformer (1972)sus canciones evocan el cinismo de una generación que ya no cree en los ideales hippies de cambiar el mundo. Su épica es la épica marginal de los inadaptados de la sociedad: prostitutas, travestis, starlets de pacotilla, drogadictos y dealers a la caza de un último high, gente que vive de fiesta en fiesta sencillamente porque no tiene una casa a la que regresar. En Transformer conviven el hedonismo y el humor callejero de los misfits con la tristeza y la soledad de la sociedad de consumo: por eso es fácil entender por qué la irónica “Perfect Day”, recuperada más de veinte años después en la película Trainspotting, se convirtió en un himno desconsolado de fines de los 90s (una canción en apariencia llena de clichés románticos, con una terrible advertencia moral en el último verso: “cosecharás lo que siembras”).

Maldición eterna a quien mate a Lou (Antonio Díaz Oliva)

Con la muerte de Lou Reed también se muere Nueva York. O por lo menos la Nueva York que siempre quise conocer, esa de los años 70 y 80. Obvio: la ciudad de la CBGB, Patti Smith, Warhol, Talking Heads, Taxi Driver, y aquella imaginería, está en mi cabeza. Y sólo ahí. Ahora, no hay duda, esta es otra ciudad, de acorde a otros tiempos. El mismo Reed, quien retrató todo en “Take a Walk on the Wild Side”, se encargó de cerrar esa imagen setentera/ochentera con un disco que lleva por nombre Nueva York (89). Luego vinieron los 90 (yuppies), los 2000 (Yeah Yeah Yeahs, The Strokes, la onda retro-garage) y ahora la década de esa palabra que todos repiten pero pocos saben definir (hipsters). De todas maneras, pese que todo ha cambiado, me sigo preguntando: ¿dónde están Holly, Candy, Little Joe, Sugar y Jackie?, ¿y las “colored girls” que cantan Doo do doo, doo do doo? Me gusta leer Maldición eterna a quien lea estas páginas, el libro neoyorquino de Manuel Puig, con “Take a Walk on the Wild Side” de fondo. Tanto esa novela como la canción son hijos de esos años, de una ciudad peligrosa, pasada e imposible y que hoy, con la muerte de Lou Reed, se acaba un poco más.

De “Apuntes sin título sobre Lou Reed” (1980) por Lester Bangs (1)

La primavera pasada estuve saliendo con una chica que organizaba las giras de una banda de rock. Cuando ella les contó que estábamos juntos, dijeron: “Bah, lo único que quiere Lester es chuparle la pija a Lou Reed”.

Yo le chuparía la pija a Lou Reed, porque también besaría los pies de los que redactaron la Carta Magna. Les dejo a ustedes juzgar esa afirmación, pues es a quienes leen esto, y no a Lou Reed, a quién deseo someterme. Casi nada me importa, pero sé que siempre estoy en buenas manos con ustedes.

Soy un realista. Por eso escucho a Lou Reed. Y por eso lo idolatro. Porque las cosas que escribió y cantó y tocó en la Velvet Underground fueron, para mí, el inicio de una verdadera revolución en todo el meollo entre hombres y mujeres, hombres y hombres, mujeres y mujeres, humanos y humanos. No estoy hablando de clones, sino de una diversidad que se extiende a las estrellas.

Todo el mundo asume que el cuerpo y la mente son opuestos. ¿Por qué? (Dejando de lado seis mil años de historia). El troglodita vs. el cerebrito. Qué aburrido. Pero nos lo creemos igual, todo el mundo. The Velvet Underground fueron la banda más grande que jamás existió porque comenzaron a sugerir que esto no es así. Lo hicieron de la forma más pragmática, reconociendo lo trágico de esa contraposición desde las más básicas y extremas perspectivas. ¿Perspectivas? ¡Ja! ¿Cuál es la diferencia entre la curva del seno de una diosa sexual y los huesos del muslo de un semental y la aleta de un Chevy ’57? Añadir el Chevy a la comparación fue una idea norteamericana, que luego Andy Warhol perfeccionó, convirtiéndose en el profeta de nuestra perdición. Lou se dio cuenta muy pronto que todo lo que hay que hacer es tocarle al otro la mejilla, ofrecerle una pequeña reivindicación y dejarle ser, y tal vez registrar eso y así, quizás, justificar su tragedia por medio del arte. Y cualquier forma de arte es un acto de amor hacia toda la raza humana. Rayos, Lou, es la música más hermosa jamás hecha, la introducción instrumental de “All tomorrow’s parties” es como contemplar el amanecer rompiendo sobre un cúmulo de edificios, desde la ventana de estas jaulas elegantemente herméticas, lo que suena demasiado florido, pero sospecho que ese es el otro puñal que penetra tus entrañas, los continentes que dividen la literatura y la música sin que ninguna les importe en realidad.

Hace dos noches mi amigo John Morthland me visitó y hablamos sobre Irán y el futuro de esta embajada en la que vivimos. Terminamos acordando que somos exiliados en nuestra propia tierra; ¿y dónde nos deja eso? Exiliados en la calle principal -exiles on main street. Que es exactamente donde tú estuviste todo este tiempo, Lou, y no es un mal lugar para quedarse. Si te sentiste en casa allí, entonces eres un psicótico de verdad. Pero es algo que sabías desde un principio.

Iremos a dar allí de una forma u otra, probablemente compartiremos cervezas de barril con nuestros padres a nuestro costado, y ellos sabrán lo que nadie más debe saber, que el pecado innombrable, el amor que no se atreve a decir su nombre, el heroinómano, finalmente ha llegado a casa para reposar.

(1) Decir que Lou Reed mantuvo una interacción hostil con la prensa es subestimar el desdén que sentía por este oficio. Sin embargo, durante los setenta entabló una relación de amor/odio con Lester Bangs, un crítico al que no le quedaría grande llamar el Lou Reed de su oficio. Reed era el héroe de Bangs y Bangs el único periodista al que Reed respetaba, aunque en realidad los dos se parecían demasiado. Lester Bangs murió en 1982, con 33 años, víctima de una sobredosis de tranquilizantes. Aquí recuperamos, a manera de homenaje doble, unos apuntes inéditos que dejó Lester Bangs sobre el músico neoyorquino, que nos sonaron muy adecuados para el propósito y tomamos de “Psychotic reactions and caburetor dung”. (Traducido del inglés por Javier A. Rodríguez)

ILUSTRACIÓN: PABLO MIÑO

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