Los diez mejores finales de novela, según Selva Almada

Antes de pasar a contar mi selección de diez mejores finales, vale aclarar que en general las novelas que me gustan mucho tienen finales que me gustan mucho. Si una novela no me entusiasma, nunca llego al final. Así que además de una selección de finales, esta es, en cierto modo, una selección de diez de mis novelas preferidas.

Las vírgenes suicidas, de Jeffrey Eugenides

“A fin de cuentas, daba igual la edad que tuviesen, el que fueran tan jóvenes, lo único que importaba era que las habíamos amado y que no nos habían oído mientras las llamábamos, que seguían sin oírnos ahora, aquí arriba, en la casa del árbol, con nuestro escaso cabello y nuestra barriga, llamándolas para que salgan de aquellas habitaciones donde se habían quedado solas para siempre, solas en su suicidio, más profundo que la muerte, y en las que ya nunca encontraremos las piezas que podrían servir para volver a unirlas.”

Las relaciones familiares es un tema que me atrae, que me espanta, que hace que reniegue, siempre que puedo, de esta institución. Padres que mantienen a sus hijas encerradas, aisladas del mundo, carceleros sádicos en el buen nombre del amor filial. Estas hermosas prisioneras adolescentes que deciden escaparse de la jaula de la única manera en que sus padres ya no podrán volver a encerrarlas, son heroínas conmovedoras, oscuras, rabiosamente angelicales.

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La piel de caballo, de Ricardo Zelarayán

“La costa del Sarandí está muy lejos… Tan lejos como los pies, la boca desdentada, los ojos… Apenas un chiflido: Biiii… chateee… taaa… guuué… chumbeeeaooo… biii… chaandooen… cahciqueeengue… Y queee… viaaaa… biiiichar… redaaaamaooo… deeesen… cachiiiiilaoooo.”

Una de las mejores y más originales novelas argentinas. Si para muestra basta un botón, este le hace justicia al resto de la novela: uno de los aciertos de La piel de caballo, es la oralidad de los personajes incorporada con total desenfado al relato. Zelarayán es, además, entrerriano como yo, así que leerlo es también recuperar muchos modismos de mi tierra. Un final sonoro y poético para una novela musicalísima.

La piel de caballo

El camino del tabaco, de Erskine Caldwell

“Lov, sin contestar, miró hacia atrás por el vidrio de la cortinilla trasera hacia la casa de los Lester. Lo único que quedaba era la chimenea de ladrillos que se alzaba ennegrecida por el fuego como un monumento funerario en la mañana bañada por el sol.”

Me gusta este final sobrio, desde su construcción, para una novela que no es sino desborde, derrame de violencia y sexualidad y miseria desde su primera línea. Es como si con este final, su autor nos dijera: ya está muchachos, ahora a descansar.

El camino del tabaco

Todo está tranquilo arriba, de Gerbrand Bakker

“Sé que debo ponerme en pie, que ya será de noche en la mañana oscura de senderos y caminitos sin asfaltar, a través de los pinos, los abedules y los alerces que los jalonan. Pero sigo sentado tan tranquilo. Estoy solo.”

Esta es la última novela que leí, la compré en una librería sin ninguna referencia a su autor o a la novela misma, la compré por su título y por su portada (la de la edición argentina, de Bajo la luna). Y me impactó profundamente por su belleza, por la tragedia silenciosa de su protagonista. Es una novela tremendamente hermosa, que habla de un hombre solo, que renuncia a todo, entre otras cosas al amor. Un hombre que recién al final encuentra algo de todo lo que podría haber tenido de haber tenido el valor de hacerlo. Es un final feliz, en cierto modo, pero profundamente melancólico.

todo está tranquilo arriba

El astillero, de Juan Carlos Onetti

“(… Pero lo más difícil de sufrir debe haber sido el inconfundible aire caprichoso de setiembre, el primer adelgazado olor de la primavera que se deslizaba incontenible por las fisuras del invierno decrépito. Lo respiraba lamiéndose la sangre del labio partido a medida que la lancha empinada remontaba el río. Murió de pulmonía en El Rosario, antes de que terminara la semana, y en los libros del hospital figura completo su nombre verdadero.)”

En la edición que tengo, una barata, de quiosco, en cuya cubierta de color verde oscuro ya no puede leerse nada porque las letras se borraron por el manoseo, vienen las dos novelas juntas: Juntacadáveres y El astillero. Las leí de corrido, en uno de los inviernos más tristes de mi vida, a los diecinueve años. La leía tirada en la cama, en mi viejo dormitorio de la casa de mi madre, el invierno era algo tristísimo y espantoso en la ventana. El clima de las novelas no era mejor que el de afuera, sin embargo, de algún modo, esa lectura me salvó la vida.

Onetti

Una muchacha muy bella, de Julián López

“Y ellas, sorprendidas, se dan vuelta y dejan de reírse y me miran agitado y en cuclillas y tal vez enojadas porque van a tener que arrancar esa mole pesadísima que mi grito les hizo detener y se miran entre sí porque no saben cómo reaccionar y vuelven a mirarme. Y se ríen otra vez con esas carcajadas llenas de aire. Y me miran y se ríen. Se me cagan de risa. Y yo respiro.”

En este final, las sorprendidas son dos adolescentes que juntan cartón en la calle. El que les grita, del que se ríen, es un hombre que sigue atado al recuerdo de su madre, esa muchacha bella del título, con la que vivió unos pocos años, hasta que la dictadura se la arrebató. Un hombre que siempre será el hijo de esa muchacha, un hombre que ahora es más viejo que su madre. Es una lectura diferente sobre los muertos y desaparecidos en la última dictadura argentina y es también una novela sobre estos que somos después del horror.

EC TAPA Morábito 3

Mientras agonizo, de William Faulkner

“Y era eso. Parecía unos treinta centímetros más alto a fuerza de estirar todo lo que podía la cabeza, sin por ello perder aquella expresión de orgullo y apocamiento, y entonces la vimos a ella detrás, a su espalda, con otro maletín. Era una mujer con aspecto de pato, vestida de tiros largos, con unos ojos saltones y duros que parecían desafiar a cualquier hombre que tuviera el atrevimiento de decirle algo. Y nos quedamos mirándola. Dewey Dell y Vardaman con la boca medio abierta y con los plátanos a medio comer en la mano, y la mujer se acercaba detrás de padre y nos miraba como si nos estuviera retando. Y entonces veo que el maletín que ella lleva es uno de esos pequeños gramófonos. No había duda, todo cerrado y tan bonito como un cuadro, y cada vez que nos llegara un disco nuevo de venta por catálogo y nos sentáramos todos juntos en casa en el invierno y nos pusiéramos a escucharlo, yo pensaría que qué lástima que Darl no pudiera disfrutarlo con nosotros. Pero es mejor para él así. Este mundo no es su mundo; ni esta vida es su vida.

-Estos son Cash y Jewel y Vardaman y Dewey Dell– dice padre, con aquella expresión de apocamiento y de orgullo, y con sus dientes y demás, y sin atreverse a mirarnos.

-Os presento a la señora Bundren – dice.”

Una novela a la que vuelvo siempre, una de las que releeré, estoy segura, el resto de mi vida. Porque no sólo vuelvo a ella por el placer inmenso que me provoca cada línea, sino para aprender: es una de esas obras grandiosas que no se agota nunca, que siempre tiene algo con qué increpar al lector.

Mientras agonizo

Mi libro enterrado, de Mauro Libertella

“Cuando nos damos vuelta para empezar a irnos, irrumpe un grupo de quince monjas que van detrás de un féretro cantando una canción transparente y deliciosa. Cantan todas juntas, tenuemente, pero su voz parece llegar hasta el fondo del lugar. Pasan a nuestro lado y una de ellas, una señora de casi ochenta años, me mira a los ojos y me sonríe. Sin detenerse, se van todas juntas cantando en latín, y al final se pierden por detrás del cementerio.”

La novela comienza contando los últimos días del gran escritor y padre del autor, y termina cuando su hijo lo entierra. En el final de la novela, él y su hermana se están yendo después de haber sepultado al padre. La aparición de estas monjitas es un final dulce y melancólico para una novela durísima y entrañable como esta. Sin dudas, una de las revelaciones editoriales de este año.

Mi libro enterrado

Boquitas pintadas, de Manuel Puig

“Las cartas atadas con la cinta rosa cayeron al fuego y se quemaron sin desparramarse. En cambio, el otro grupo de cartas, sin la cinta celeste que lo uniera, se encrespaba al quemarse y se desparramaba por el horno incineratorio. Se soltaban las hojas y la llama que había de ennegrecerlas y destruirlas antes las iluminaba fugazmente  ‘… ya mañana termina la semana…’ ‘… que desconfiara de las rubias ¿qué le vas a consultar a la almohada?…’ ‘… unas lagrimitas de cocodrilo…’ ‘… al cine ¿quién te va a comprar los chocolatines?…’ ‘… nada de malas pasadas porque me voy a enterar…’

(…)

‘… vos también estás lejos…’ ‘… pero cada vez que leo tu carta me vuelve la confianza…’”

Un final de telenovela para una historia melodramática bordada por la exquisita aguja de Puig. Una novela que se construye en gran medida a través de cartas, debe terminar con fragmentos de cartas que se consumen en el fuego, como el corazón de la ardiente Nené.

Boquitas pintadas

Crónica de una muerte anunciada, de Gabriel García Márquez

“Santiago Nazar la reconoció.

-Que me mataron, niña Wene- dijo.

Tropezó con el último escalón, pero se incorporó de inmediato. ‘Hasta tuvo el cuidado de sacudir con la mano la tierra que le quedó en las tripas’, me dijo mi tía Wene. Después entró en su casa por la puerta trasera, que estaba abierta desde las seis, y se derrumbó de bruces en la cocina.”

Es mi novela preferida de GGM. La primera que leí, siendo muchacha. Recuerdo que me maravilló que se pudiera empezar contando el final de una novela y que sin embargo mantuviera el suspenso y el interés hasta la última línea.

Cronica de una muerte anunciada

Selva Almada (Entre Ríos – 1973) Es autora de varios libros de cuentos y de poesías. Su primera novela, El viento que arrasa, ha tenido una excelente acogida por la crítica y los  medios de comunicación y ha sido seleccionada como uno de los mejores libros editados en 2012. Es autora de los libros de relatos Una chica de provincia (Gárgola, 2007) y Niños (Edulp, 2005); y los poemas Mal de muñecas (Carne Argentina, 2003). Sus relatos integran varias antologías publicadas en la última década, entre ellas Die Nacht des Kometen (Edition 8, Alemania, 2010). Ladrilleros (2013), es su última novela.

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