HERBERT: “SI ME PREGUNTAS CÓMO VEO A MI PAÍS, LA ÚNICA RESPUESTA QUE SE ME OCURRE ES: DE LA CHINGADA”

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POR: ADHEMAR MANJÓN

Para muchos el mejor libro en español del  año pasado fue la novela Canción de Tumba, de Julián Hebert; en esta entrevista habla de su trabajo como escritor, de música y de su país: México, entre otros temas.

¿Cuáles son las ventajas o las desventajas a la hora de hacer una obra autobiográfica?

No sé muy bien… Quizá la ventaja es que te ahorras las horas destinadas al diseño argumental y la desventaja es que, al momento de hacer lo más emocionante –que es apalear a los personajes para que suelten linfa- acabas molido a golpes. Pero ni siquiera estoy muy seguro de esto que te digo: la verdad es que, según mi experiencia, no hay texto narrativo que valga la pena en el que no se produzca lo mismo un desgarramiento personal que una epifanía de la ficción. En ese sentido, creo que los textos de Kafka son más autobiográficos y los de Chateubriand más ficticios que mi novela; simplemente, porque se trata de dos escritores infinitamente superiores a mí.

 Tu último libro fue Canción de tumba y tuvo mucho éxito. ¿En qué estás trabajando ahora? ¿Tenés presión por escribir ahora algo nuevo?

Tengo la presión de haberme involucrado en un proyecto en el que participan más personas: estoy intentando hacer un guion de cine, un relato que nada tiene que ver con Canción de tumba. Es algo divertido y extenuante, porque en realidad se trata de aprender un nuevo oficio. También estoy haciendo periodismo, promoción cultural, un esbozo de guion para cómic, una investigación literaria a partir de un poema del siglo XIX, un libro de cuentos, y terminé recién un nuevo libro de poemas. Si lo que me preguntas es si me siento presionado para hacer otra novela, la respuesta es: no. Ya he escrito dos. En la primera fallé, en la segunda  -creo- no estuve tan errado. A mí lo que más me estimula es la sensación de contar con experiencia y a la vez ser un novato. Por eso siempre he intentado incursionar en la mayor cantidad de géneros posibles. Ahora: sí me angustia y presiona, muchísimo, la necesidad de escribir todos los días. Pero eso me sucede desde hace 25 años. Es, guardadas las proporciones, como ser un enfermo mental. Uno sabe que debe tomarse su dosis diaria de texto para funcionar medianamente en el mundo cotidiano.

 La violencia está presente en tus obras, siendo México uno de los países más violentos del mundo ¿Cómo ves este momento de tu país? ¿Qué crees que se puede hacer para paliarla?

No estoy capacitado para responder la última parte de tu pregunta. Soy un escritor, no un intelectual y mucho menos un político. Si me preguntas como veo a mi país, la única respuesta que se me ocurre es: de la chingada. Puedo responderte en calidad de ciudadano pero no acerca de lo que creo o pienso, sino acerca de lo que hago. Intento involucrarme: desde hace más de un año soy parte de una asociación civil que trabaja gratuitamente, desde el centro cultural La Besana (en Saltillo, la ciudad del noreste de México donde vivo), promoviendo proyectos de  arte comunitario, un teatro de barrio, un taller literario y una sala de lectura. Como escritor, no solo me interesa la violencia presente vinculada al narco: eso sería una forma de traición. Me interesa la violencia como un fenómeno histórico en Latinoamérica. Lo último que he escrito aborda lo mismo la Decena Trágica, fechada en 1913, que el auge del boxeo en el noroeste de México en los 90, el Codex Boturini -un documento verbivocovisual de raíz mexica producido en los albores de la conquista de México-, la pugna mexicana entre liberales recalcitrantes y positivistas en 1870,  el exterminio de los indios nómadas por envenenamiento decretado por Benito Juárez, las versiones arcaicas del narcocorrido, o la devastadora prosa de cronistas como Salcedo Ramos u Oscar Martínez. Sé que nada de lo que yo haga o diga se compara, en términos periodísticos, con la brutal elocuencia de medio párrafo escrito por Lydia Cacho. Así que no intento denunciar: me conformo con hacer literatura.

 En Canción de tumba te sucede algo similar a Truman Capote con  A sangre fría, ahí Capote espera la muerte de los dos asesinos para un final perfecto del libro, en tu novela también esperabas la muerte de tu madre para terminar de escribirla, ¿desde un comienzo lo planeaste así, y qué tan difícil fue terminar el libro?

 No lo planeé. De hecho, yo no empecé escribiendo una novela: simplemente hacía notas en mi laptop para paliar la dureza de las noches de hospital. Luego me di cuenta de que parte de esas notas podrían convertirse en el borrador de una novela, y cuando me di cuenta decidí enfocar el material en términos predominantemente estéticos. Por una razón simple: soy escritor, no tanatólogo ni médico ni mucho menos una hermanita de la caridad. Sí: fue muy difícil terminar el libro. Transcurrió más de un año entre la muerte de mi madre y la redacción de las últimas 50 páginas de la novela. Pero no me quejo: es la clase de problemas formales y emocionales a los que se ha enfrentado cualquier escritor que se tome en serio su oficio.

 La analogía de tu vida con el pepino de mar en Canción de Tumba es muy buena, ¿cómo llegaste a eso?

Tal y como se cuenta en el libro. La analogía no es mía: es de Mónica, mi mujer. Yo simplemente plagié su idea con la mejor prosa que pude.

 ¿Cuál es la importancia de la música en tu escritura? Si tuvieras que definirla como género musical ¿Cuál sería?

No puedo concebir lo humano sin la música. Diré más: la música me parece un lenguaje más hondo que el de la razón. Porque es un lenguaje que linda con lo matemático, con lo gramaticalmente perfecto, con lo inherentemente civilizatorio, y al mismo tiempo es algo que puede arrojarse de cabeza al torrente de lo vivo y migrar con relativo éxito hacia otras especies: es quizá la única forma del arte que trasciende a la humanidad, no en el sentido de tocar a Dios, sino en el sentido de tocar a los perros y a las cabras. El dicho de que la música amansa a las bestias es más real y preciso que el concepto de “la música de las esferas”.  Paradójicamente (o no tanto), la música en sí es, en mi escritura, una evocación. Por la simple razón de que escribo en voz alta. Jamás escucho música mientras escribo, y francamente me irritan las personas que afirman hacerlo: padezco una sospecha calvinista al respecto, porque un escritor tiene que escucharse, según yo, mientras escribe, y quien escribe mientras escucha música no oye nada más que ruido. Si tuviera que definir mi escritura como género musical, la clasificaría como una de dos: prosa o verso. Yo hago música: canto, compongo, toco la guitarra, escribo prosa, escribo verso (estas dos últimas, siempre en voz alta). Me cuesta mucho trabajo diferenciar el hecho de escribir del hecho de interpretar una melodía. Sería algo arbitrario y artificial para mí.

 Leí en una entrevista que te gustaba mucho Andrés Caicedo, sobre todo su novela Viva la música! ¿Ves similitudes en su literatura con la tuya?

¿Similitudes?… No sé. Si me apuras, te diría que tengo más parentesco (o al menos aspiro a tenerlo) con cinco escritores mexicanos en concreto: Francisco Tario, José Agustín, Eusebio Ruvalcaba, Enrique Serna y Juan Villoro. No estoy haciendo una valoración estética de sus obras: simplemente, confieso que los leí cuando yo era muy joven y ellos determinaron muchas de mis aspiraciones juveniles. A Caicedo lo admiro muchísimo, pór supuesto; pero vino después. Es un gusto adquirido. Y, dicho sea de paso, no tan determinante en mi idea de literatura como Guillermo Cabrera Infante. Ahí sí, pa que veas: ese cabrón es mi Quevedo latinoamericano.

 Siempre estás activo en el Twitter y en el Facebook, ¿cuánto ayudan o perjudican hoy estas redes al momento de escribir, de crear?

Yo siempre he dicho que escribo demasiado en las redes sociales porque eso me quita tiempo, me ayuda a no escribir de verdad. Es mi versión de lo Bartleby o de los videojuegos (nunca he practicado ninguno). También sé (no soy tonto) que se trata de una pulpa textual que eventualmente me arruinará el estilo. Pero no tanto como contestar entrevistas, así que todo bien.

 ¿Poesía o narrativa? ¿Cómo las encaras al momento de escribir?

Poesía y narrativa. Y ensayo. Y periodismo. Y, si me das unos centímetros libres (parafraseo a Charly Almonte, un dramaturgo amigo mío que además es basquetbolista), cualquier otra cosa que se pueda meter con el codo a la cancha, siempre y cuando no lo vea el árbitro. Lo encaro así: como un jugador rudo. Soy un nenito gordo y lloro por cualquier cosa, menos por las fracturas que me he llevado practicando el deporte extremo de la literatura.

 Hay un repunte de la literatura de ciencia-ficción actualmente, ¿a qué crees que se deba? ¿A vos te interesa? ¿Creés que existe un desgaste del realismo?

Me cuestan trabajo, un poco, esas categorías. Me cuesta trabajo, por ejemplo, pensar que Philip K. Dick es un autor de SciFi: para mí es, como Lope de Vega, un monstruo de la naturaleza. Dicho eso, claro que me interesa: ¿cómo podrían no interesarme tipos como Alberto Chimal o Bernardo Fernández, dos de los mejores narradores de mi generación?… Hay pasajes de la poderosísima Cristina Rivera Garza que lindan, si no con la ciencia-ficción, sí definitivamente con la literatura fantástica tipo Francisco Tario. Y eso también me interesa un montón. No creo que haya un desgaste del realismo. Creo que hay, en general, un desgaste de la prosa caprichuda y perdonavidas que va de García Márquez a Bolaño, independientemente de su filiación frente a lo que llamamos “lo real”. Creo, también, que la literatura fantástica y policiaca (la literatura de subgéneros) es mucho más natural y recurrente en el corpus de la literatura latinoamericana de lo que, históricamente, admite la crítica.

 Algo muy importante en tus textos también es el humor, ¿cómo utilizarlo sin hacer que se pierda lo esencial en un buen libro?

No me interesa la idea de “lo esencial” cuando estoy escribiendo. Pienso en otras cosas: el ritmo, el timing, la lógica, la irracionalidad, la víscera. Cosas que cabrían en una sola frase. Escribo intentando ser un sastre, no un profesor. Ya el lector, que es quien va a ponderse el traje, decidirá si hay o no algo esencial en el atuendo. Por otro lado, no veo cómo el humor podría ser el antónimo de “lo esencial”. Más bien al contrario: el humor es la única cosa esencialmente humana, ¿no?… Alguien diría que también Dios, pero no estoy de acuerdo: yo soy el Dios de los perros de mi barrio cuando les regalo puñaditos de carne molida.

 ¿Has leído literatura boliviana? ¿Si es así, cuáles son las parecidos o diferencias que encontraste con la mexicana?

Soy un lousy lector, en general, de literatura latinoamericana. Sobre todo si es reciente. Me interesa más, lo confieso, la literatura en lengua inglesa. Conozco solo a dos narradores bolivianos, cuya obra me gusta mucho: Edmundo Paz Soldán y Rodrigo Hasbún. Ya sé: son los más conocidos, lo lamento. Tengo un gran amigo boliviano en Berlín que es un súper poeta y un súper documentalista: Edmundo Bejarano. La verdad, me cuesta trabajo diferenciar la literatura latinoamericana de sí misma: yo leo a Edmundo Bejarano (quien vive al otro lado del mundo) y estoy leyendo, un poco, a José Eugenio Sánchez, un poeta enorme que vive a 60 km de mi casa. La verdad, ahora que lo pienso, es que no he leído más literatura boliviana porque no he tenido oportunidad: no sé donde está. No soy un investigador, soy más bien medio judoka: siempre dejo que la literatura aparezca desde cualquier rincón de la realidad y me tambalee.

Julián Herbert, poeta, novelista, cuentista y ensayista. También es músico y periodista

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One Comment

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  1. Difiero con lo planteado por Herbert. Alberto Chimal es un escritor sobrevalorado de su generación. Su último libro la torre y el jardín es un somnífero. Saludos

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