UNA POSTAL DE NUEVA YORK (Antonio Díaz Oliva)

Hace un año llegué a Nueva York. Antes de eso, antes de pisar por primera vez esta ciudad, estuve una semana en Miami, en un seminario de Fulbright. Tal como lo esperaba, no me llevé muy bien con Miami. Me gusta la playa, pero esto ya era demasiado. El calor sofocante, la cultura de gimnasio, la música electrónica saliendo de cada bar. Además, todo me recordaba a Don Francisco y Sábado Gigante.

En ese seminario Fulbright conocí a S. S tenía padres italianos, pero había nacido, crecido y vivido toda su vida en Alemania. Luego de Miami ella y yo viajaríamos a Nueva York para iniciar nuestros estudios. No sólo eso: viviríamos en el mismo lugar, la International House, una residencia para estudiantes de posgrado. S estaba terminando una investigación, así que estaría seis meses en la ciudad. Yo, en un principio, me quedaría dos años y medio.

Poco después de llegar a Nueva York S me contó que su investigación era sobre Robert Frank, el fotógrafo suizo que retrató al Estados Unidos de post-guerra en The Americans, un libro con imágenes en blanco y negro que viene con una introducción de Jack Kerouac. Dos años atrás, yo había publicado una novela en que Allen Ginsberg aparecía como personaje. S –que sabía español– me pidió una copia. La leyó de un tirón. Me preguntó si quería ir con ella en busca de Robert Frank.

*

S había encontrado la dirección de Robert Frank en una guía de teléfonos antigua. Por eso nunca le tuve fe. Pero llegamos. Tomamos el metro y llegamos a una calle pequeña, de adoquines, en el downtown de la ciudad, cerca de Houston Street, esa calle que ayuda a detectar quien lleva pocos días (jiuston), versus los que hace tiempo viven acá (jauston).

Caminamos hasta encontrar la numeración. Era el subterráneo de un edificio pequeño. Yo permanecía incrédulo. S tocó la puerta. Nada. Volvió a hacerlo: nada. Nos quedamos unos minutos en silencio. Al lado de la puerta, en el edificio siguiente, había un bar. En una calle repleta de boutiques y bistros, este bar irlandés a medio caer apenas se notaba. Entramos, nos sentamos en la barra y empezamos a conversar. A medio camino de nuestras cervezas escuchamos una voz:

¿Así que quieren hablar con el señor Frank?

De un rincón del bar apareció un tipo grande, de piel rojiza. Es, hasta el momento, el único indígena o nativo americano que he conocido. Farrell era amigo de Robert Frank. Trabajaba en el bar, pero ahora estaba en su hora de descanso. Nos hizo preguntas; de dónde éramos, cuánto llevábamos en la ciudad, cuánto tiempo estaríamos, por qué no vivíamos en Brooklyn (como casi todos los jóvenes artistas de la ciudad), y por qué S quería hablar con Robert Frank.

Al final de la noche Farrell le pasó el correo electrónico del asistente de Robert Frank. Esa misma noche S escribió. Y esa misma noche le respondieron: el señor Frank estaría en su casa, de tal hora hasta tal hora. Con eso, le advirtió el asistente, no le aseguraba que pudiera hablar con él. Pero por lo menos lo puedes intentar.

Una vez más tomamos el metro, caminamos por Houston Street y llegamos a la dirección. S tocó la puerta, salió el austriaco que le había respondido el correo electrónico, se presentó y la invitó a pasar.

Yo esperé.

Me quedé dando vueltas por esa y otras calles; recordando que Houston se decía jauston y no jiuston.

Volví.

Me asomé por la ventana del piso. Todo estaba oscuro. En el interior, a lo lejos, se veía una luz, una vela que tal vez iluminaba lo que Robert Frank y S conversaban.

Al salir S llevaba una copia de The Americans, una carpeta con fotocopias y una postal vieja, con los bordes rotos, de otra época, con la imagen de un hombre musculoso amarrado a un globo, y con el edificio Flatiron de fondo, en lo que parece ser un desfile que avanza por el centro de Manhattan.

                                                                                            robert-frank-ilmapallo

Antonio Díaz Oliva, escritor y periodista nacido en Temuco, Chile (1985). Ha publicado la investigación “Piedra Roja: El mito del Woodstock chileno” (2010) y la novela, “La soga de los muertos” (Alfaguara, 2011). Vive y estudia en Nueva York. Prepara una antología de eBooks con escritores latinoamericanos que viven en Estados Unidos.

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One Comment

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  1. Que magia tan buena! If you come to the midwest, tell me…mi casa es tu casa. I don’t live far from St. Louis, Chicago or Indianapolis. Gary Fritz

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