La esposa de Gogol, de Tommaso Landolfi

Traducción de Sergio Carrasco

muñeka inflable

En este punto, confrontado con todo el complicado asunto de la esposa de Nikolai Vassilevirch, me encuentro abrumado por la duda. ¿Tengo algún derecho a revelar algo que no es conocido por todo el mundo, algo que mi inolvidable amigo mantuvo escondido del mundo (y tenía sus razones), y algo que estoy seguro dará lugar a toda clase de maliciosos y estúpidos malentendidos? Algo, además, que muy probablemente ofenderá las sensibilidades de toda clase de personas hipócritas y es verdad, debo admitirlo, posiblemente de algunas personas honestas, si quedan algunas. Y finalmente, ¿Tengo algún derecho de revelar algo que a mi propio espíritu repugna, y en cierta medida abiertamente desaprueba?

Pero el hecho es que, como biógrafo, tengo ciertas obligaciones firmes. Creyendo como lo hago en que cada pedazo de información sobre este genio elevado será de gran valor para nosotros y para las generaciones futuras, no deseo ocultar algo que en cualquier caso no tiene esperanza de ser juzgado justa y sabiamente hasta el fin de los tiempos. Además, ¿Qué derecho tenemos nosotros para condenar? ¿Se nos permite conocer, no solo que necesidades íntimas, pero a que altos y extensos fines habrán servido esas acciones del genio elevado que nos parecen tan viles? No, así es, porque entendemos muy poco de estas naturalezas privilegiadas. “Es verdad”, dijo una vez un gran hombre, “que también tengo que orinar, pero por razones diferentes.”

Sin dar más vueltas hablaré de aquello sobre lo que estoy completamente seguro, y puedo probar más allá de toda duda, sobre este asunto controversial, el cual ahora- espero- ya no lo será más. No recapitulare lo que ya es conocido, porque no creo que sea necesario en la etapa presente del desarrollo de los estudios acerca de Gogol.

Déjenme decirlo de una vez: La esposa de Nikolai Vassilevitch no era una mujer. Ni era un ser humano, o algún tipo de criatura viviente, sea animal o vegetal (aunque algo de ese tipo se sugiere algunas veces). Ella era un globo. Si, un globo; y esto explicara la perplejidad, o incluso indignación, de ciertos biógrafos que eran amigos personales del maestro, y quienes se quejaban de que, aunque iban seguido a su casa, nunca la habían visto y “nunca habían oído su voz.” De esto dedujeron toda clase de oscuras y desgraciadas complicaciones; sí, y algunas criminales también. No, señores; todo siempre es más simple de lo que parece. No podías oír su voz simplemente porque no podía hablar, o para ser más exactos, ella sólo podía hablar bajo ciertas condiciones, como veremos después. Y siempre era, excepto una vez, tête à tête con Nikolai Vassilevitch. Así que no perdamos tiempo con refutaciones baratas o vacías y pasemos a la descripción tan exacta y completa como sea posible del sujeto en cuestión.

La “esposa” de Gogol era, en realidad, una muñeca ordinaria de una goma delgada, desnuda todo el tiempo, con una piel ligeramente rosada. Pero como la piel de todas las mujeres no es del mismo color, debería aclarar que en este caso era una piel algo clara y lisa como la de ciertas mujeres morenas. Eso, o ella, era, no hace falta agregarlo, de sexo femenino. Quizás debería decir de una vez que ella era capaz de un extenso número de cambios en sus atributos sin, por supuesto, ser capaz de alterar su sexo. Sin embargo, algunas veces podía mostrarse delgada, con casi nada de pechos y con caderas estrechas más parecida a una hombre joven que a una mujer, y otras veces excesivamente bien dotada o – para no recurrir a eufemismos- gorda. Además, cambiaba de color de cabello seguido tanto en su cabello como en otras partes de su cuerpo, aunque no necesariamente al mismo tiempo. Ella también parecía capaz de cambiar otros detalles en particular. Como la posición de sus lunares. La vitalidad de sus membranas mucosas, y así. Incluso podía en cierta medida cambiar el color de su piel. Uno se encuentra con la necesidad de preguntarse a uno mismo quien era ella, o si sería apropiado hablar de una sola “persona”- y de hecho veremos que sería imprudente insistir en este punto.

La causa de estos cambios, como mis lectores ya habrán entendido, era nada más que la voluntad de Nikolai Vassilevitch. Él la inflaría en distintos grados, y le cambiaria las pelucas y otros pedazos de cabello, la lubricaría con sus propias pomadas, la moldearía de muchas maneras para obtener más o menos el tipo de mujer que necesitaba en ese día o momento. Siguiendo las inclinaciones naturales de sus gustos, incluso se divertía algunas veces produciendo formas monstruosas y grotescas; como podrá entenderse más tarde en la lectura, ella se volvía deforme cuando la inflaban más allá de cierto punto y también cuando se encontraba por debajo de cierta presión.

Pero Gogol muy pronto se cansó de estos experimentos,  de los cuales decía “No del todo muy respetuosos” a su esposa, a quien amaba a su propio modo- sin importar que tan inescrutable nos parezca. La amaba, ¿Pero cuál de todas sus encarnaciones, nos preguntamos, era la que amaba? Ya he indicado que al final de este escrito trataré de dar una especie de respuesta. Entonces, ¿Cómo puedo haber dicho arriba que era la voluntad de Nikolai Vassilevitch la que controlaba a esa mujer? En cierto sentido, sí, es verdad; pero es igualmente cierto que pronto ella dejó de ser su esclava y pasó a ser su tirana. Y aquí yace el abismo, o si lo prefieres, las mandíbulas del tártaro. Pero no nos precipitemos.

Ya dije que Gogol obtenía con sus manipulaciones más o menos el tipo de mujer que necesitaba de tiempo en tiempo. Y debería agregar que, en raros casos, la forma que obtenía representaba perfectamente lo que deseaba, Nikolai Vassilevitch se enamoraba de esa forma “exclusivamente” como decía en sus propias palabras, y que esto era suficiente para decirle “estable” por cierto tiempo, es decir, hasta que “dejara de amarla.” Sin embargo, no conté más de tres o cuatro de estas pasiones violentas –o, como supongo que se llamaría hoy en día, infatuosas- en la vida (¿Me atrevería a decir conyugal?) de un gran escritor. Sería conveniente agregar que algunos años después de lo que alguien podría llamar su matrimonio, Gogol incluso le había dado un nombre a su esposa. Era Caracas, que es, a menos que esté equivocado, la capital de Venezuela. Nunca logré descubrir la razón para esta elección: ¡Las grandes mentes son tan caprichosas!

Hablando solo de su apariencia normal: Caracas era lo que llamamos una mujer atractiva; eso es, bien hecha y proporcionada en cada parte. Como dijimos arriba, ella tenía todos los pequeños atributos de su sexo propiamente dispuestos en los lugares correctos. Particularmente dignos de atención eran sus órganos genitales (si el adjetivo es permisible en este contexto). Estos estaban formados por una ingeniosa serie de pliegues de goma. Nada fue olvidado y la operación de todas las partes era sencilla gracias a una serie de varios dispositivos, como por la presión interna del aire.

Caracas también tenía un esqueleto, aunque era uno rudimentario. Quizás estaba hecho de huesos de ballena. Se había prestado cuidado especial a la construcción de su caja torácica, pelvis y el cráneo. El primero de dos sistemas eran más o menos visibles de acuerdo al grosor de la capa de grasa, si puedo describirlo así, que los cubría. Es una gran pena, agrego esto de paso, que Gogol nunca me dijera el nombre del creador de ese excelente trabajo. Había una obstinación en ese rechazo que nunca estuvo del todo clara para mí.

Nikolai Vassilevitch inflaba a su esposa a través del esfínter con una bomba de su propia invención, en lugar de esas que sujetas abajo con tus dos pies y que se usan hoy en día en toda clase de talleres mecánicos. Situado en su ano había una pequeña válvula de un solo sentido, o cualquiera que sea el termino técnico correcto para describirla, como la válvula mitral de un corazón, que, una vez su cuerpo estaba inflado, permitía que más aire entrara pero que no saliera. Para desinflarla, uno destornillaba una boquilla en su boca, por detrás de la garganta.

Y esto, creo, es una descripción exhaustiva de la peculiaridades más notables de este ser. A menos que, quizás, deba mencionar la espléndida fila de dientes blancos que adornaba su boca y sus ojos oscuros que, a pesar de su inmovilidad, simulaban perfectamente la vida. ¿Dije simular? Por todos los cielos, ¡Simular no es la palabra! Ninguna parece ser la palabra, cuando uno estaba hablando de Caracas. Incluso esos ojos podían cambiar de color, por medio de un proceso especial que, al ser largo y agotador, Gogol rara vez recurría. Finalmente, debería hablar de su voz, la cual solo pude oír una vez. Pero no puedo hacer eso sin profundizar  en la relación entre esposo y esposa, y en esto ya no seré capaz de responder verdaderamente en todo o con absoluta certeza. En consciencia no podría; es tan confuso, el hecho en sí mismo y los recuerdos de lo que ahora tengo que contar.

Aquí, entonces, como me ocurrieron, están algunos de mis recuerdos.

La primera y, como dije, la última vez que oí a Caracas hablar a Nikolai Vassilevitch fue una mañana cuando estábamos solos. Estábamos en la habitación donde la mujer, si se me permite la expresión, vivía. La entrada a esta habitación estaba estrictamente prohibida para todos. Estaba amueblada más o menos de un modo oriental, no tenía ventanas, y estaba situada en la parte más inaccesible de la casa. Sí sabía que podía hablar, pero Gogol nunca me explico las circunstancias bajo la cuales esto pasaba. Estábamos, por supuesto, solo los dos, o los tres, ahí. Nikolai Vassilevitch y yo estábamos bebiendo vodka y discutiendo la novela de Butkov. Recuerdo que dejamos de hablar de ese tema, y él estaba hablando de la necesitad de reformas radicales en la ley de herencias. Casi nos habíamos olvidado de ella. Fue ahí que, con una voz ronca y sumisa, como Venus en el lecho nupcial, dijo sin mirar a nadie: “Quiero hacer popó.” Yo salté, pensando que había oído mal, y miré hacia ella. Estaba sentada en una pila de almohadas contra la pared; ese día ella era una delicada belleza rubia, más bien cubierta. Su expresión parecía una mezcla de suspicacia y sagacidad, inmadurez e irresponsabilidad. Y Gogol, él se sonrojo violentamente y luego salto sobre ella, metió dos dedos en su garganta. Ella empezó a encogerse y, debo admitirlo, volverse pálida; ella tomó una vez más ese aire que era suyo y al final se redujo a nada más que una piel blanda en un armazón. Además, por razones prácticas, las cuales pueden ser adivinadas, ella tenía una columna vertebral flexible, se doblaba casi en dos, y por el resto de la noche nos miraba desde el piso a donde se había deslizado, con una mirada de abyección. Todo lo que Gogol dijo fue que: “Ella sólo lo hace por bromear, o para molestarme; porque de hecho ella no tiene tales necesidades.” En presencia de otras personas, es decir yo, él generalmente la trataba con cierto desdén.

Seguinos bebiendo y hablando, pero Nikolai Vassilevitch parecía muy perturbado y ausente en espíritu. Una vez de repente interrumpió lo que decía, tomó mi mano con la suya, y rompió en lágrimas. “¿Qué puedo hacer ahora?” él exclamo. “¿Entiendes, Foma Paskalovitch, que la amo?” Es necesario señalar que era imposible, excepto por un milagro, repetir alguna de las formas de Caracas. Ella era, en resumidas cuentas, una creación nueva cada vez, y hubiese sido en vano tratar de buscar de nuevo las mismas proporciones exactas, la presión exacta, y así, de la antigua Caracas. Entonces la rubia en cuestión estaba perdida para Gogol de aquí en adelante para siempre; este fue de hecho un fin trágico para uno de esos pocos amores de Nikolai Vassilevitch, que describí arriba. Él no me dio ninguna explicación; él tristemente rechazó mis palabras de aliento y esa mañana nos retiramos temprano. Pero su corazón se había mostrado abiertamente a mí en ese arrebato. Ya no era tan reticente conmigo, y pronto ya casi no teníamos secretos entre nosotros. Y esto, digo esto entre paréntesis, me causo mucho orgullo.

Parece que al principio de su vida juntos las cosas habían ido bien para la “pareja”. Nikolai Vassilevitch había estado contento con Caracas, y dormían regularmente en la misma cama. Además, él continuaba con esta costumbre hasta el final, diciendo con una sonrisa tímida que no había compañera que pudiera ser más silenciosa o menos inoportuna que ella. Pero empecé a dudar de esto, especialmente juzgando el estado que tenía algunas veces después de levantarse. Después, pasados algunos años, su relación extrañamente empezó a deteriorarse.

Todo esto, déjenme decirlo de una vez por todas, no es más que un intento esquemático de una explicación. Más o menos por esa época la mujer empezó a mostrar signos de independencia o, un podría decir, de autonomía. Nikolai Vassilevitch tenía la extraña impresión de que ella estaba adquiriendo una personalidad propia, indescifrable quizás, pero distinta  de la suya, y una parecía resbalar de sus manos. Es cierto que había cierta continuidad con cada nueva apariencia; entre todas esas morenas, esas rubias, esas pelirrojas, entre las voluminosas, o las delgadas, había algo en común. Al principio de este capítulo hablé sobre mis dudas sobre la idea de considerar a Caracas algo de una personalidad unitaria; sin embargo ni siquiera yo pude, cuando la veía, liberarme de la impresión de que, aunque parezca extraño, era la misma mujer. Y quizás ese sea el por qué Gogol siento que tenía que darle un nombre.

Un intento por establecer qué era precisamente lo que subsistía como atributo común en las diferentes formas seria otra cosa. Quizás no era ni más ni menos que la inspiración creativa de Nikolai Vassilevitch. Pero no, hubiese sido algo muy singular y extraño si hubiese partido de sí mismo, algo muy aversivo a sí mismo. Porque, digámoslo de una vez, quien sea que ella era de hecho una presencia perturbadora e incluso, es mejor ser claros, una hostil. A pesar de eso, ni Gogol ni yo tuvimos éxito en formular una hipótesis satisfactoria sobre su verdadera naturaleza; cuando digo formular, me refiero a explicarla en términos que sean a la vez racionales y accesibles para todos. Pero no puedo omitir el extraordinario evento que ocurrió aquella vez.

Caracas cayó enferma de una vergonzosa enfermedad; o más bien, Gogol; y él no había tenido, o alguna vez tuvo, algún contacto con otra mujer. No trataré de describir como paso esto, o de donde vino la vergonzosa complicación; todo lo que sé es que pasó. Y que mi gran e infeliz amigo me dijo “Entonces, Foma Paskalovitch, ves que yace en el corazón de Caracas; era el espíritu de la sífilis” Algunas veces él se culparía a si mismo de una forma muy absurda; siempre tenía una tendencia a la autoacusación. Este incidente era sobre todo una gran catástrofe en lo que se refiere a la oscura relación entre esposo y esposa, y los sentimientos hostiles de Nikolai Vassilevitch empezaron a crecer. Tuvo que pasar por un tratamiento largo y doloroso –el tratamiento en esos días- y la situación se agravó por el hecho de que la enfermedad en la mujer no parecía fácil de curar. Debo agregar que Gogol se engañaba a sí mismo, inflando y desinflando a su esposa y cambiando varias partes de su aspecto, pensando que podría obtener a una mujer inmune al contagio, pero tuvo de desistir cuando no obtuvo resultados.

Debo ser breve, no deseo agotar a mis lectores, y porque lo que recuerdo parece ser más y más confuso. Deberé apresurarme a la conclusión trágica. Con relación a esto último, sin embargo, que no hayan equivocaciones. Debo aclarar una vez más que estoy seguro de lo que digo. Fui testigo ocular. Eso es seguro.

Los años pasaban. El disgusto que Nikolai Vassilevitch sentía hacia su esposa crecía, aunque su amor por ella no daba signos de disminuir. Al final, la aversión y el apego lucharon tan fieramente una con el otro en su corazón que estaba profundamente afectado, casi partido a la mitad. Sus ojos inquietos, que habitualmente asumían todo tipo de expresiones y algunas veces hablaban dulcemente al corazón del interlocutor, ahora, casi siempre mostraban un tono febril, como si estuvieran bajo efectos de una droga. Los impulsos más extraños se despertaban en él acompañados por las fobias irracionales. Él me hablaba de Caracas más y más seguido, acusándola de cosas impensables y sorprendentes. En estas cosas no podía seguirlo, porque conocía de manera superficial a su esposa y casi ninguna intimidad, o ninguna en absoluto: y sobre todo porque mi sensibilidad era tan limitada comparada con la suya. Ahora voy a limitarme a reportar algunas de sus acusaciones, sin referirme a mis impresiones personales.

“Créelo o no, Foma Paskalovitch” él, por ejemplo, me diría: “¡Créelo o no, ella está envejeciendo!” Entonces, inexplicablemente conmovido, él, como lo hacía siempre, tomaría mis manos con las suyas. El también acusó a Caracas de dedicarse a los placeres solitarios, algo que él le había prohibido expresamente. Incluso fue tan lejos que la acuso de engañarlo, pero las cosas que dijo son tan oscuras que debo excusarme de seguir dando cuenta de ellas.

Una cosa que parece cierta es que hacia el fin de Caracas, hubiese envejecido o no, se había vuelto una criatura amargada, querellosa, hipócrita, y sujeta a exceso religioso. No excluyo la posibilidad de que ella haya tenido una influencia en la posición moral de Gogol en el último periodo de su vida, una posición que es suficientemente conocida. En cualquier caso, el trágico clímax vino una noche de manera inesperada cuando Nikolai Vassilevitch y yo estábamos celebrando sus bodas de plata; una de las últimas noches que pasaríamos juntos. No puedo ni debería intentar explicar  lo que llevo a esa decisión, en un momento en que bajo todas las apariencias él se había resignado a tolerar a su consorte. No sé qué nuevos eventos habían tomado lugar ese día. Debo limitarme a los hechos; mis lectores deberán sacar de ellos lo que puedan.

Esa noche Nikolai Vassilevitch estaba inusualmente agitado. Su disgusto frente a Caracas parecía haber alcanzado una intensidad sin precedentes. Su famosa “pira de vanidades”-es decir, la quema de sus manuscritos- ya había tenido lugar; no debería decir sí por instigación o no de su esposa. Su estado mental estaba exaltado por otras causas. Con relación a su condición física; eso era todavía más triste, y fortalecía mi impresión de que él tomaba drogas. Como sea, empezó a hablar en un modo más o menos normal sobre Belinsky, quien estaba dándole problemas con sus ataques en Correspondencia Selecta. De repente, vi lágrimas en sus ojos, se interrumpió y gritó: “No. No. Es demasiado, demasiado. Ya no puedo soportarlo más,” y también otras frases oscuras y desconectadas que no aclaro. Parecía, además, que hablaba consigo mismo. Se frotaba las manos, agitaba su cabeza, se levantó y se sentó de nuevo después de dar unos cuatro o cinco pasos alrededor de la habitación. Cuando Caracas apareció, o más bien cuando fuimos después de entrada la noche a su habitación oriental, él no se controló más y empezó a comportarse como un hombre viejo, sí puedo expresarlo así, como en su segunda niñez, dejándose llevar por sus impulsos absurdos. Por ejemplo, él me empujaba y repetía sin sentido: “¡Ahí está, Foma Paskalovitch; allá está!” Mientras tanto ella parecía mirarnos con una atención desdeñosa. Pero detrás de esos “manerismos” uno podía sentir una repugnancia real, una repugnancia que, supongo, había cruzado los límites de lo soportable. Así es…

Después de cierto tiempo Nikolai Vassilevitch pareció juntar valor. Derramó lágrimas, pero por alguna razón parecían lágrimas más masculinas. Se sacudió las manos de nuevo, tomó la mía, caminaba de arriba abajo murmurando: “¡Es suficiente! No podemos tener más de esto. Nunca se ha visto tal cosa. ¿Cómo puede estar pasándome esto? ¿Cómo se supone que pueda soportar esto? y así continuaba. Entonces empezó a saltar furiosamente sobre la bomba, cuya existencia parecía haber recordado de repente, y,  con la bomba en su mano,  corrió como un remolino hacia Caracas. Insertó el tubo en su ano y empezó a inflarla…. Llorando un rato, gritó como un poseído: “¡Oh, cómo la ame, cómo la ame, mi pobre, pobre querida!… ¡pero ella va a estallar! ¡Infeliz Caracas, la más patética entre las criaturas de Dios! ¡Pero morir debe!” y así, alternando una con otra.

Caracas se hinchó. Nikolai Vassilevitch sudaba, lloraba y bombeaba. Deseaba detenerlo pero, no sé porque, no tenía valor. Ella empezó a volverse deforme, y pronto asumió un aspecto monstruoso; y aun así no mostraba signos de alarma, ella estaba acostumbrada a estas bromas. Pero cuando ella empezó a sentirse insoportablemente llena, o quizás fue cuando las intenciones de Nikolai Vassilevitch se volvieron claras, ella tomó la expresión de, debo decir, sorpresa bestial, incluso un poco suplicante, pero sin perder su mirada de desdén. Ella tenía miedo, incluso estaba refugiándose en su misericordia, pero aun así ella no podía creer en su inmediato destino, no podía creer en la escalofriante audacia de su esposo. Él, además, no podía ver su rostro porque estaba detrás de ella. Pero yo la miré con fascinación, y no moví ni un dedo. Al final la presión interna paso a través de sus huesos frágiles en la base del cráneo, e imprimió en su cara un inexplicable rictus. Su ombligo, sus pantorrillas, sus caderas, sus pechos, y lo que pude ver de sus nalgas estaban hinchados a increíbles proporciones. De pronto eructo, y dio un largo y siseado gemido; ambos de estos fenómenos podrían ser, si uno quisiera, explicados por el arriba mencionado incremento en la presión, que había forzado su camino hasta la válvula en su garganta. Por ultimo sus ojos estaban hinchados, amenazando en salirse de sus orbitas. Sus costillas estaban separadas a lo ancho y ya no estaban adheridas al esternón, en este punto ella tenía una apariencia similar a una pitón cuando esta digiere a un burro. ¿Dije un burro? ¡Un buey! ¡O un elefante! Llegado a este punto creí que ya estaba muerta, pero Nikolai Vassilevitch, sudaba, lloraba y repetía: “¡Mi querida! ¡Mi amada!” y continuaba bombeando.

Y de repente explotó, de forma uniforme, es decir, que no había una parte de su piel que haya explotado y el resto la haya seguido, en cambio toda la superficie lo hizo el mismo instante. Voló por los aires. Las piezas caían más o menos a la misma velocidad, según su tamaño, el cual no era en ningún caso superior a un promedio. Recuerdo nítidamente una parte de su mejilla, con algo del labio adherido, colgando en la esquina del mantel. Nikolai Vassilevitch me miró como un loco. Trató de recobrar la calma, y una vez más con una furiosa determinación, empezó a recoger esos tristes pedazos que alguna vez habían sido la piel de Caracas y el resto de lo que quedaba de ella. “Adiós, Caracas,” Creí que lo oí murmurar; “¡Adiós, eras muy patética!” Y de repente y de manera bastante audible: “¡El fuego!, ¡el fuego! Ella también debe terminar en el fuego.” Se persignó, con su mano izquierda, por supuesto. Entonces, cuando ya había recogido esos pedazos, incluso trepándose a algunos muebles para no dejar ninguno, los tiró directo al corazón del fuego, donde empezó a quemarse lentamente, con un olor excesivamente desagradable. Nikolai Vassilevitch, como todos los rusos, tenía una pasión por tirar cosas importantes al fuego.

Él, con la cara sonrojada, con una inexpresable mirada de desesperación y a la vez una mirada de triunfo siniestro, miraba la pira con esos miserables restos. Tomó mi brazo y lo presionaba compulsivamente. Pero esos restos de lo que alguna vez fue un ser parecieron devolverle algo de cordura, como si de pronto recordara algo o tomara un dolorosa decisión. En un instante salió de la habitación. Unos segundos después lo oí hablarme a través de la puerta en una voz plana y entrecortada: “Foma Paskalovitch, quiero que prometas no mirar. Golubchik promete no mirarme cuando entre.” No sé qué contesté o si traté de reconfortarlo de algún modo. Pero el insistió, y tuve que prometer que colocaría mi rostro contra la pared y solo voltearía cuando él me dijera, como si fuéramos niños. El doctor entonces abrió la puerta violentamente y Nikolai Vassilevitch corrió en la habitación hacia la chimenea.

Y aquí debo confesar mi debilidad, aunque la considero justificada por las circunstancias extraordinarias. Miré alrededor antes de que Nikolai Vassilevitch me dijera que podía; eso era más fuerte que yo. Y fue justo a tiempo para verlo cargar algo en brazos, algo que arrojo al fuego con los restos, y que de repente avivo el fuego. Entonces, como el deseo de ver había dominado cualquier otro deseo en mí, corrí hacia la chimenea. Pero Nikolai Vassilevitch se colocó en medio y me empujo con una fuerza de la que no le creí capaz. Mientras tanto el objeto se quemaba y salía una columna de humo. Y antes de que él mostrará signos de haberse calmado ya no había nada más que un montón de cenizas silenciosas.

De hecho, la verdadera razón por la que deseé ver era porque ya había echado un vistazo. Pero solo un vistazo, y quizás no debería permitirme introducir ni siquiera el más pequeño elemento de incertidumbre en esta historia verdadera. Y aun así, un testimonio ocular de estos eventos no está completo sin la mención de todo lo que el testigo sabe incluyendo aquello  de lo que no tiene completa certeza. Para resumir, ese algo era un bebé. No de carne y hueso, por supuesto, sino algo parecido a un muñeco de goma. Algo, en resumen, que podríamos juzgar por su apariencia, como el hijo de Caracas.

¿Estaba loco yo también? Eso no lo sé, pero lo que sé es que eso es lo que vi, no claramente, pero con mis propios ojos. Y me pregunto porque fue que mientras estaba escribiendo esto, justo ahora, no mencione que cuando Nikolai Vassilevitch volvía de su habitación el murmuraba algo entre sus dientes: “¡Él también! ¡Él también!”.

Y esto es todo lo que sé sobre la esposa de Nikolai Vassilevitch. En el próximo capítulo narraré lo que le paso después, y ese será el último capítulo de su vida. Pero para dar una interpretación de sus sentimientos hacia su esposa, o hacia todo lo demás, es otra tarea más difícil, aunque lo he intentado en otra parte de este volumen, y referiré al lector a ese modesto esfuerzo. Espero haber arrojado suficiente luz a la cuestión más controversial y de la que ya he develado del misterio, si bien no sobre Gogol, si sobre su esposa. En el transcurso de este escrito he, implícitamente, desmentido la insensata acusación de que él maltrataba o incluso golpeaba a su esposa, al igual que otras absurdeces. ¿Y cuál otra puede ser la meta de un humilde biógrafo que servir la memoria de este genio elevado del que es objeto nuestro estudio?

Tommaso Landolfi (Pico, Frosinone, 9 de agosto de 1908 – Roma, 1979) fue un escritor y traductor italiano. Además de por su singular obra narrativa, destacó especialmente por sus traducciones del ruso. Aunque escasamente conocido por el gran público, tal vez a causa de su lenguaje preciosista y barroco, así como por mantenerse distanciado de las principales tendencias literarias italianas de las postguerra, es considerado uno de los grandes escritores italianos del siglo XX.

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