Los diez mejores inicios de novela, según Luciano Lamberti

la-carretera-001

1. El comienzo de La carretera, de Cormac McCarthy, con un sueño terrorífico del padre que anuncia el clima de toda la novela y (un poco) el tema, que es la vuelta del hombre a un estado bestial y la pervivencia de unos pocos que aún conservan su humanidad (el “fuego” prometeico que el padre le da al chico).

“Al despertar en el bosque en medio del frío y la oscuridad nocturnos había alargado la mano para tocar al niño que dormía a su lado. Noches más tenebrosas que las tinieblas y cada uno de los días más gris que el día anterior. Como el primer síntoma de un glaucoma frío empañando el mundo. Su mano subía y bajaba al compás de la preciada respiración. Retiró la lona de plástico y se puso de pie envuelto en aquellas prendas y mantas pestilentes y buscó algún atisbo de luz en el este pero no lo había. En el sueño del que acababa de despertar vagaba por una gruta y el niño lo llevaba de la mano. La luz de los dos bailaba en las húmedas paredes de roca caliza. Como peregrinos de fábula engullidos y extraviados en las entrañas de una bestia granítica. Humeros de piedra donde el agua goteaba y cantaba. Tañendo sin tregua en el silencio los minutos de la tierra y sus horas y días y años. Hasta que se hallaban en una enorme estancia de piedra donde había un lago antiguo y negro. Y en la orilla opuesta un ser que levantaba su chorreante boca del gour y miraba hacia la luz con unos ojos tan blancos y ciegos como los huevos de araña. Balanceaba su cabeza a ras de agua como para captar el olor de aquello que no podía ver. Agazapado allí, pálido y desnudo y translúcido, sus huesos de alabastro grabados en sombra en las rocas que tenía detrás. Sus intestinos, su palpitante corazón. El cerebro que latía dentro de una empañada campana de cristal. La criatura movía la cabeza de lado a lado y luego soltaba un gemido grave y daba media vuelta y dando tumbos se alejaba silenciosamente hacia la noche.”

Imagen

2. El comienzo de It, de Stephen King: un barquito que corre al lado del cordón en un día de lluvia. Una imagen infantil y (también) terrorífica, o que se volverá terrorífica unas pocas páginas después. El mismo narrador parece estar sorprendido de que esa sea su primera imagen de una novela río con mil quinientas páginas y una multitud de personajes. Se lo presté a mi novia y esa imagen ya le dio demasiado miedo y la dejó. 2

“El terror, que no terminaría por otros veintiocho años -si es que terminó alguna vez-, comenzó, hasta donde sé o puedo contar, con un barco de papel que flotaba a lo largo del arroyo de una calle anegada de lluvia.

   El barquito cabeceó, se ladeó, volvió a enderezarse en medio de traicioneros remolinos y continuó su marcha por Witcham Street hacia el cruce de ésta y Jackson. El semáforo de la esquina estaba a oscuras y también todas las casas, en aquella tarde de otoño de 1957. Llovía sin cesar desde hacía una semana y dos días atrás habían llegado los vientos. Desde entonces, la mayor parte de Derry había quedado sin corriente eléctrica y aún seguía así.

   Un chiquillo de impermeable amarillo y botas rojas seguía alegremente al barco de papel. La lluvia no había cesado, pero al fin estaba amainando. Caía sobre la capucha amarilla del impermeable y a oídos del niño sonaba como lluvia sobre el tejado de un cobertizo… ” fin estaba amainando. Caía sobre la capucha amarilla del impermeable y a oídos del niño sonaba como lluvia sobre el tejado de un cobertizo… “

Imagen

3. La primera escena de El mundo según Garp, de John Irving, el ataque del degenerado del cine a Jenny Fields te agarra de los pelos y te obliga a no soltar la novela. 2

“Jenny Fields, la madre de Garp, fue arrestada en Boston en 1942, por herir a un hombre en un cine. El hecho ocurrió poco después del bombardeo japonés a Pearl Harbor. Entonces la gente se mostraba tolerante con los soldados, porque, de pronto, todos eran soldados, pero Jenny Fields seguía firme en su intolerancia respecto al comportamiento de los hombres en general y de los soldados en particular. En el cine tuvo que cambiar tres veces de asiento, pero en todas las ocasiones el soldado volvió a acercarse a ella, hasta que quedó sentada contra la mohosa pared, detrás de una columna tonta que apenas le permitía ver el noticiario, y decidió que no volvería a levantarse y cambiar de sitio. El soldado apareció a su lado una vez más. […] 

[…] El soldado del cine no buscaba su bolso. Le tocó la rodilla, Jenny le habló en voz alta y clara:

– Quítame de encima tus asquerosas manos.

Varias personas volvieron la cabeza.

 – Oh, vamos… -gimió el soldado”.

 

Imagen
4. La hermosa primera imagen de El guardián entre el centeno, de Salinger, donde el protagonista precursor del indie está sentado en una montaña oyendo a lo lejos un partido. También un símbolo de lo que sigue en la novela, su soledad, su apartamiento del género humano. 

“Si de veras desean oírlo contar, lo que probablemente querrán saber primero es dónde nací, cómo fue mi in­fancia miserable, de qué se ocupaban mis padres antes de que yo naciera, en fin, toda esa cháchara estilo Da­vid Copperfield; pero, para serles franco, no me siento con ganas de hablar de esas cosas. En primer lugar, me aburren soberanamente y, en segundo término, mis pa­dres sufrirían un par de hemorragias cada uno si conta­ra algo demasiado personal acerca de ellos. Son muy sus­ceptibles para esas cosas, en especial mi padre. Son buenísimos, en cuanto a eso no tengo nada que decir, pero también más susceptibles que el demonio. Además, no pienso contarles toda mi cochina autobiografía ni nada semejante. […]

Bueno, era el sábado del partido de fútbol con Saxon Hall, es decir, un gran acontecimiento en Pencey. Se trataba del último encuentro del año, y había que suici­darse o hacer una burrada por el estilo si Pencey perdía. Recuerdo que alrededor de las tres de esa tarde estaba en la cumbre de Thomson Hill, justo al lado de ese ca­ñón absurdo que intervino en la campaña revoluciona­ria. Desde allí se divisaba toda la cancha, sobre la que se afanaban los hombres de ambos equipos. No se al­canzaba a distinguir bien la tribuna principal, pero po­día oírse a sus ocupantes aullar y rugir alentando a Pen­cey — porque prácticamente estaba reunido allí todo el colegio, menos yo—, o lanzar algún débil grito aislado en favor de Saxon Hall, pues el equipo visitante casi nunca venía acompañado por muchos partidarios”.

Imagen
5. El comienzo de Rayuela, de Julio Cortázar, porque me recuerda a una época en la que las novelas cambiaban mi forma de ver el mundo.

“¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua. Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual era lo menos casual en nuestras vidas, y que la gente que se da citas precisas es la misma que necesita papel rayado para escribirse o que aprieta desde abajo el tubo de dentífrico”. 

¿Encontraría a la Maga? Tantas veces me había bastado asomarme, viniendo por la rue de Seine, al arco que da al Quai de Conti, y apenas la luz de ceniza y olivo que flota sobre el río me dejaba distinguir las formas, ya su silueta delgada se inscribía en el Pont des Arts, a veces andando de un lado a otro, a veces detenida en el pretil de hierro, inclinada sobre el agua. Y era tan natural cruzar la calle, subir los peldaños del puente, entrar en su delgada cintura y acercarme a la Maga que sonreía sin sorpresa, convencida como yo de que un encuentro casual e

Imagen6. Lo mismo con Mientras agonizo, de Faulkner: una forma de ver el mundo, de verlo a través del lenguaje de sus múltiples narradores. Más una experiencia de vida que una novela.

“Darl

    Jewel y yo sa­li­mos del al­go­do­nal, por el sen­de­ro, uno det­rás del ot­ro. Aun­que voy a qu­in­ce pi­es de­lan­te de él, cu­al­qu­i­era que nos ob­ser­va­ra des­de el co­ber­ti­zo del al­go­dón pod­ría ver el somb­re­ro de pa­ja de Jewel, ro­to y ra­ído, sob­re­sa­li­en­do por en­ci­ma de mí.

    El sen­de­ro, ali­sa­do por las pi­sa­das y re­co­ci­do cu­al ado­be por los ca­lo­res de julio, va de­rec­ho, co­mo ti­ra­do a cor­del, por ent­re los ver­des li­ños de las plan­tas, ha­cia el co­ber­ti­zo, si­tu­ado en me­dio del al­go­do­nal. El sen­de­ro, ali­sa­do por tan­tas y tan­tas pi­sa­das con ob­se­si­onan­te pre­ci­si­ón, al lle­gar al­lí, se tu­er­ce y ro­dea el co­ber­ti­zo, for­man­do cu­at­ro án­gu­los de su­aves vér­ti­ces, pa­ra in­ter­nar­se de nu­evo en el al­go­do­nal”.  for­man­do cu­at­ro án­gu­los de su­aves vér­ti­ces, pa­ra in­ter­nar­se de nu­evo en el al­go­do­nal”. man­do cu­at­ro án­gu­los de su­aves vér­ti­ces, pa­ra in­ter­nar­se de nlllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllllll

Imagen
7. ¿Otro de Faulkner? Bueno, sí: el comienzo de Las palmeras salvajes, que según el mito Borges “cortó” (puso un punto y aparte donde no lo había) al traducirlo porque era demasiado confuso. Alguien que golpea la puerta de un doctor bajo la lluvia, escena que terminará de cerrar al final de la novela. Wonderfull. 2.

“Sonó otro aldabonazo, a la vez discreto y perentorio, mientras el doctor bajaba las escaleras, y el resplandor de la linterna eléctrica lo precedía en el hueco (con manchas pardas) de la escalera y en el cubo (con manchas pardas) del vestíbulo.

Era una casita de playa, aunque tenía dos pisos, alumbrada por lámparas de petróleo —o por una lámpara, que su mujer había llevado al piso alto cuando subieron después de cenar. El doctor usaba camisón, no pyjama; por la misma razón que fumaba en pipa, que nunca le había gustado y que nunca le gustaría, entre el cigarro ocasional que le regalaban sus clientes, entre un domingo y otro en los que fumaba tres cigarros que le parecía podía permitirse comprar, aunque era propietario de la casita de la playa y de la casita vecina, y también de la residencia con electricidad y paredes revocadas, en la aldea a cuatro millas de distancia. Porque ahora tenía cuarenta y ocho años y había tenido dieciséis y dieciocho y veinte en la época en que el padre le decía (y él lo creía) que los cigarrillos y los pyjamas eran para maricas y para mujeres”.

s después. El mismo 

Imagen
8. El comienzo tranquilo de Cicatrices, de Juan José Saer, con Ángel y Tomatis jugando al pool. Saer tenía 24 años cuando la escribió, yo creo que es su mejor novela, una reescritura santafesina de El sonido y la furia (otra vez Faulkner, shit). 2

“Hay esa porquería de luz de junio, mala, entrando por la vidriera. Estoy inclinado sobre la mesa, haciendo deslizar el taco, listo para tirar. La colorada y la blanca —mi bola es la de punto— están del otro lado de la mesa, cerca del rin­cón. Tengo que golpear suavecito, para que mi bola corra muy despacio, choque primero con la colorada, después con la blanca y pegue después en la baranda entre la colorada y la blanca: la colorada va a golpear contra la baranda lateral, antes de que mi bola choque contra la baranda del fondo, hacia la que tiene que ir en línea oblicua después de chocar contra la blanca. Así: suavecito, mi bola va a despedir a la co­lorada —la cual va a chocar contra la baranda lateral— y va a rebotar hacia la blanca, mientras la colorada viene a su vez hacia la blanca desde la baranda lateral, en línea recta. Mi bola va a formar un triángulo imaginario. La colorada va a recorrer la base de ese triángulo, de una punta a la otra. Si el cálculo no es exacto la colorada no va a tener tiempo de recorrer una determinada parte del trayecto hacia la blan­ca. La colorada tiene que haber pasado ya determinado pun­to de la mesa —viniendo desde la baranda lateral— antes de que mi bola choque contra la baranda del fondo y vuel­va para abajo otra vez, despacito, en línea oblicua”. antes de que mi bola choque contra la baranda del fondo y vuel­va para abajo otra vez, despacito, en línea oblicua” antes de que mi bola choque contra la baranda del fondo y vuel­va para abajo otra vez, pacito, 

Imagen
9. El comienzo de Ana Karenina, la ultracitada frase acerca de las familias felices y las infelices, y de inmediato el ejemplo: el ruso (no me acuerdo el nombre) que le había clavado los cuernos a su esposa y el consiguiente lío en la casa. El adulterio como esencia de la burguesía.

“Todas las familias felices se parecen unas a otras; pero cada familia infeliz tiene un motivo especial para sentirse desgraciada.

En casa de los Oblonsky andaba todo trastrocado. La es­posa acababa de enterarse de que su marido mantenía relacio­nes con la institutriz francesa y se había apresurado a decla­rarle que no podía seguir viviendo con él. 

Semejante situación duraba ya tres días y era tan dolorosa para los esposos como para los demás miembros de la familia. Todos, incluso los criados, sentían la íntima impresión de que aquella vida en común no tenía ya sentido y que, incluso en una posada, se encuentran más unidos los huéspedes de lo que ahora se sentían ellos entre sí.

La mujer no salía de sus habitaciones; el marido no co­mía en casa desde hacía tres días; los niños corrían libre­mente de un lado a otro sin que nadie les molestara. La ins­titutriz inglesa había tenido una disputa con el ama de llaves y escribió a una amiga suya pidiéndole que le buscase otra colocación; el cocinero se había ido dos días antes, precisa­mente a la hora de comer; y el cochero y la ayudante de co­cina manifestaron que no querían continuar prestando sus servicios allí y que sólo esperaban que les saldasen sus ha­beres para irse”. ayudante de co­cina manifestaron que no querían continuar prestando sus servicios allí y que sólo esperaban que les saldasen sus ha­beres para irse”.

Imagen

10. Los Pichiciegos, de Fogwill arranca con una descripción de la nieve para introducirnos lentamente en su mundo de desertores y locura cien por ciento argentina. Una versión literaria de ese cine picaresco y deforme que presentaba a Emilio Disi y Franchella en películas originalmente norteamericanas (cf. Exterminators).

“Que no era así, le pareció.  No amarilla, como crema; más pegajosa que la crema. Pegajosa, pastosa. Se pega por la ropa, cruza la boca de los gabanes, pasa los borceguíes, pringa las medias. Entre los dedos, fría, se la siente después.

     -¡Presente! –dijo una voz abotagada.

     -Pasa –respondió. No “pasá” sino “pasa”. Así debían decir.

    Entonces la voz de afuera dijo “calor”, y haciendo ruido rodó hacia él un muchacho enchastrado de barro.

  -No hace frío –habló el llegado-, pero habría que apuntalar algo más el durmiente…

    -Después se hará –le dijo, mientras sentía que el otro se acomodaba enfrente, embarrado, húmedo, respirando de a saltos. 

Imaginaba la nieve blanca, liviana, bajando en línea recta hacia el suelo y apoyándose luego sobre el suelo hasta taparlo con un manto blanco de nieve. Pero esta nieve ahí, amarilla, no caía: corría horizontal por el viento, se pegaba a las cosas, se arrastraba después por el suelo y entre los pastos para chupar el polvillo de la tierra; se hacía marrón, se volvía barro. Y a eso llamaban nieve cuando decían que los accesorios tenían nieve. Nieve: barro pesado, helado, frío y pegajoso”. 

torial funesiana, 2009) y la nouvelle “Los campos magnéticos” (La Sofía Cartonera, 2012) También ha publicado el libro de poemas “San Francisco Córdoba” (Editorial funesiana, 2009) y la nouvelle “Los campos magnéticos” (La Sofía Cartonera, 2012) También ha publicado el libro de poemas “San Francisco Córdoba” (Editorial funesiana, 2009) y la nouvelle “Los campos magnéticos” (La Sofía Cartonera, 2012) También ha publicado el libro de poemas “San Francisco Córdoba” (Editorial funesiana, 2009) y la nouvelle “Los campos magnéticos” (La Sofía Cartonera, 2012) También ha publicado el libro de poemas “San Francisco Córdoba” (Editorial funesiana, 2009) y la nouvelle “Los campos magnéticos” (La Sofía Cartonera, 2012) También ha publicado el libro de poemas “San Francisco Córdoba” (Editorial funesiana, 2009) y la nouvelle “Los campos magnéticos” (La Sofía Cartonera, 2012) También ha publicado el libro de poemas “San Francisco Córdoba” (Editorial funesiana, 2009) y la nouvelle “Los campos magnéticos” (La Sofía Cartonera, 2012) 

Luciano Lamberti, escritor argentino nacido en San Francisco (Córdoba) 1978. Tiene publicados los libros de relatos “El asesino de chanchos” (Tamarisco, 2010) y “El loro que podía adivinar el futuro” (Editorial Nudista, 2012).  Además del libro de poemas “San Francisco Córdoba” (Editorial funesiana, 2009) y la nouvelle “Los campos magnéticos” (La Sofía Cartonera, 2012) Ha participado en varias antologías.

Anuncios

One Comment

Add yours →

  1. lucrecia Ponce de León agosto 24, 2013 — 2:33 pm

    interesante la opinión de este autor acerca de la forma de iniciar una novela, muchas de ellas me parecieron alucinantes, absolutamente atrapantes, hace que no podamos dejar de seguir leyendo.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: