GUERRA Y GUERRA. Hanneman 1964-2013

                                                                                                                                  Por: Maximiliano Barrientos

jeff_hanneman

Jeff Hanneman, uno de los guitarristas fundadores de Slayer, murió a los 49 años debido a una falla hepática. Van muriendo uno a uno. De ahora en más los vamos a ver morir. Curiosamente, mientras escribo esto, no escucho ninguna de las canciones de Slayer que oía en la adolescencia, en los parlantes de mi computadora suena Emmylou Harris, canciones antiguas de country que tratan de gente que extraña a un lugar al que no va a poder volver. Cuando el heavy metal era lo único que oía sabía de dónde era, no tenía necesidad de volver a ninguna parte. Tenía rabia, no nostalgia.         

Slayer es una banda formada en California a principio de los 80 que estuvo en la vanguardia del thrash metal, hacía uno de los sonidos más agresivos de la época: “el equivalente sónico a una golpiza”, fueron las palabras que empleó Mariana Enríquez cuando les hizo un perfil en Página 12. Cuando yo los escuchaba había cumplido quince años, tenía el pelo largo, pesaba como quince kilos menos y pasaba la mayor parte del tiempo en una tienda de heavy metal que funcionaba en una autoventa. El dueño se ganaba la vida vendiendo autos usados, traía discos con una importadora y se le ocurrió montar un negocio que fusionara sus dos pasiones: motores y música pesada. La autoventa sigue estando en el mismo lugar, segundo anillo y Madre India. La tienda de discos duró con suerte un par de años, y luego, con la aparición de la piratería, cerró definitivamente. Me iba ahí todas las tardes, me gustaba ver videos y hablar con los escasos clientes. En esos años, mediados de los 90, Slayer ya tenía un prestigio consolidado. En los conciertos underground a los que asistía era fijo escuchar Reign in Blood como un himno. En ninguno podía faltar esa canción de Slayer, al igual que Seek and Destroy de Metallica y Troops of Doom de Sepultura.  La gente se volvía loca al oír los primeros acordes, esos duelos de guitarra entre Jeff Hanneman y Kerry King. El sonido que saturaba el aire de los bares o hangares cruceños donde tenían lugar los recitales era malísimo, pero el puterío que se armaba cuando alguna banda interpretaba esos covers era serio. Nunca he vuelto a ver algo parecido, tanta gente en trance, golpeándose unos a otros, llevando sus cuerpos al límite, metiéndose en lugares del cerebro que era imposible acceder de otra manera.

          Muchos años después, tomando cervezas con un amigo médico, me contó que había estado en un recital que Slayer dio en Buenos Aires. Dijo que el poder que desplegaban en vivo era devastador, que no había musicalmente nada que se le comparara en intensidad. Mi amigo contó que cuando regresaba a Santa Cruz se topó con ellos en el Duty Free de Ezeiza. Se acercó a los integrantes y les pidió que posaran junto a él para una fotografía. Me gusta imaginarlo allía brazado a los viejos ídolos de la adolescencia. Me gusta imaginar que todos están viejos, pero que algo no se estropeó como el resto de las cosas. Algo permaneció intacto en la terquedad, conservado en estado de pureza. Pienso en esa clase de escenas cuando necesito explicarme el concepto de palabras tan problemáticas como fidelidad. ¿Qué es la fidelidad? La fidelidad es mi amigo con treinta y dos años posando para una foto con sus héroes metaleros y temblando de la emoción, tartamudeando, con las manos humedecidas por el sudor. Hanneman no aparece en la foto porque la fascitis necrotizante que literalmente le estaba comiendo la piel lo había obligado a retirarse. Hanneman es el gran ausente en la fotografía que mi amigo se tomó con los Slayer. Desde ahora en más esa fotografía será para siempre el registro de una ausencia.

          Las canciones de Slayer, en buena parte, trataban de la guerra. Muchas de las canciones que oíamos religiosamente en los 90 trataban de la guerra. El propio Hanneman era un obsesionado por la guerra. Su padre fue un veterano que peleó en el bando de los aliados a pesar de ser alemán. Al igual que Lemmy Kilmister–el gran gurú de la distorsión–, Hanneman tenía un aobsesión con las medallas nazis, pero el interés estaba relacionado a un fetichismo con el objeto y no a una ideología segregacionista. Junto a los amigos con los que ahora piso tímidamente la treintena repetía a gritos los coros de War Ensemble, Mandatory Suicide y Hallowed Point. No recuerdo qué sentido tenían para nosotros, pero eran el zumbido de fondo, el paisaje perfecto. De eso se llenaban las tardes de los 90, así es como las recuerdo: mucho tiempo libre, electricidad en el cuerpo, rabia. Durante el invierno tan crudo de Iowa City, cruzaba la ciudad emblanquecida por la nieve escuchando discos como el South of Heaven o el Season in the Abyss en mi iPod, eso hacía que las inclemencias climáticas no se metieran con mis estados de ánimo, eso hacía que no me ablandara. La guerra estaba ahí, no se había ido a ninguna parte. Era bueno sentirse unido a eso, surfeaba en el ruido por unas horas.

 

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One Comment

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  1. Carlos Velásquez agosto 19, 2013 — 4:55 pm

    Fueron muchas las tardes que caminamos con lo ahorrado de la escuela para ir a esa tienda… Un saludo Maxi!

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