Dos muertos (David Acebey)

Para Martha y Jorge Vargas

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En este pueblo somos muy amables y tenemos de todo: profesor, curandero, alcalde, escuela, petróleo y jinetes por montones. También tenemos dos ricos, un avaro, tres poetas, cuatro beatas, dos putas, un mendigo al que le decimos Presidente y un coplero que soy yo. Lo único que nos faltaba era un preso para la celda que hizo construir el Gringo de nuestra ONG. Tuvimos uno, pero como era ladrón ajeno, no quisimos que él la estrenara y lo despachamos a su pueblo con media arroba de azotes.

El Gringo es un voluntario del Cuerpo de Paz y eligió nuestro crimen para hacer un doctorado en antropología criminal. Es muy observador y nunca ríe. La primera vez que habló en público fue cuando estábamos por declarar culpable a la persona que mató al Picador.

-Me opongo -dijo en buen cristiano.

Le cedí mi asiento para que dirija el juicio, porque tenía una carta de recomendación del Ministro de Justicia. Pidió un cuarto intermedio para charlar conmigo y, como el pueblo apoyó su pedido, nos fuimos a la sombra de un algarrobo, a unos diez metros del que usamos en las reuniones. Nos sentamos en un tronco y sacó un aparatito de su morral, que después, cuando aclaró el crimen, nos enteramos que era una computadora con internet incrustado.

-¿Picador fue el nombre verdadero del occiso? -preguntó

-Era nuestro picador cuando teníamos desafíos en otros pueblos -dije.

-¿Y por qué era el picador?

-Por enano, por liviano y por buen jinente.

-¿Y cómo murió?

-Los jinetes mueren montados -dije para que sonriera.

-Cayó del caballo -dijo serio y se puso a teclear lo que dijo. Calló unos segundos y agregó: -Estamos partiendo de cero culpable, comisario, porque en este caso hasta el caballo es sospechoso.

-No cayó del caballo, cayó de una mujer -aclaré.

-Me miró como a sospechoso y yo lo miré tal cual era: alto, ingenuo y más lampiño que huevo recién afeitado.

-¿Un ataque cardiaco? -preguntó.

-Un corcoveo de la Eva Soto -respondí.

-¿Se golpeó la cabeza al caer? -inquirió como no dando importancia a sus palabras; pero yo sabía que esa pregunta fue la más repetida en sus investigaciones.

-Ella le pateó el coto -dije señalando el cuello.

-¿Y por qué le pateó el coto?

-La Eva Soto dijo que accidentalmente, cuando el Picador quiso volver a montarla -dije y volvió a mirarme como buscando en mis gestos al encubridor del verdadero asesino.

-Montar, ¿del verbo fornicar? -preguntó con ademanes tan expresivos, que nuestras beatas se persignaron.

-Sí -dije en voz baja -montar del verbo ñaca, ñaca, ñaca….

-Entonces, ella es inocente -afirmó.

-El Picador fue más inocente -afirmé.

-¿Por qué?

-Porque murió virgen.

-¡Pero intentó volver a montarla!

-El duelo fue de mutuo acuerdo.

-¿Y cuál fue el mutuo acuerdo?

-Que si él aguantaba los corcoveos, ella le daría el premio.

-Si fue un duelo, usted está confirmando que no hubo crimen.

-Es una provocadora, ya mandó cinco jinetes al curandero -aclaré.

-Entonces que la juzguen por puta; pero no por asesina.

-Ella no es puta.

-¿Quién es la persona que está tomando mate con la acusada? -dijo mirando disimuladamente, a la grandullona que actuaba como si no le importara su juicio.

-El hermano menor del finado.

-Puso la computadora en su bolso y se rascó la cabeza.

-¿Cree que le esté reclamando por la muerte?

-Por la pinta, le está pidiendo la herencia.

-¿Herencia?

-La revancha.

– ¿Venganza en la cama?

-El maizal es mejor cancha.

-No entiendo, no entiendo -dijo y volvió a rascarse la cabeza. Estaba como emborrachado por mis respuestas, pese a que yo trataba de ser claro.

-Hablemos del velorio -dijo.

-Ni los hermanos lloraron -dije.

-¿Por qué?

-Para no ofender al finado. ¡No sé cómo explicarle! Era el mejor domador, el mejor picador y ningún caballo lo había volteado… ¿Y usted monta? -pregunté.

-Monto mi moto -dijo y continuó rascándose.

-Tal vez por eso no entiende nada -dije en voz baja, cuando se levantó para dirigirse a la gente.

-Pidió tiempo para aclarar el crimen y se encerró en su cuarto para consultar textos y profesores, y para pulir las páginas que había escrito antes del juicio. Al día siguiente, sacó una orden para exhumar el cadáver y lo examinó a solas. ¡Era un fanático del oficio!

Una semana después expuso sus argumentos de manera que los jueces ciudadanos no dudaran en dictaminar la inocencia de la Eva Soto; pero cuando la declararon culpable, hizo un gesto despectivo por quienes mataron su doctorado en antropología criminal, que ni nos permitió decirle que tenía razón en la inocencia, porque se fue muy enojado, espuleando su moto a más no poder, hasta que pasó lo que le pasó…

Hoy se cumple un año de su partida y le estamos agradecidos -en especial yo- porque de no ser por él, la Eva Soto hubiera seguido con su manía de humillar jinetes en los matorrales y yo, que no soy jinete por culpa de mis almorranas, no habría tenido la oportunidad de enloquecerla de amor con mis coplas, hasta lograr que me rogara compartir su condena, en la celda que hizo construir nuestro finado Gringo.

Este cuento ganó el Primer Premio en el Concurso de Cuento Corto Policiaco del, ahora extinto, suplemento cultural Fondo Negro de la ciudad de La Paz el 2003.

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