ANIVERSARIO: LA MATILDE CUMPLE 70 AÑOS DE UNA VIDA DE COLORES

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Por: Adhemar Manjón

Matilde Casazola abre la puerta de madera color verde de su casa, en la calle Bolívar, cerca de la cárcel de San Roque, en la capital boliviana. Para llegar a su sala hay que pasar por un pequeño patio con muchas flores y plantas ornamentales.

Matilde cuenta que está bien, aunque recientemente tuvo  algunos problemas de salud. “Tengo una invitación de la editorial Gente Común para publicar otro de mis libros inéditos. Estuve revisando el libro y ya empezaré a hacer las correcciones para su publicación, posiblemente a mediados de año”, dice mientras se sienta. Los retratos de sus familiares y amistades más cercanas, ya sea en fotografías o en dibujos hechos por ella, a la que llaman de cariño ‘Pocha’ o ‘La Matilde’, adornan las paredes de su hogar.

Matilde hoy cumple 70 años y agradece a la vida y a Dios por permitirle continuar con el trabajo de recuperar todo lo escrito a lo largo de los años, tanto en poesía como en canción, y así seguir publicando. “No es un trabajo que uno puede hacer un día y al otro día sacar. Es una cosa de recrearlo, de crearlo, de saborearlo lentamente y eso requiere a veces meses, pueden ser años. Ahí es donde uno se da cuenta de que es un privilegio poder vivir más tiempo”.

La Matilde tiene un huerto detrás de su casa, similar al que tenía la mayoría de las casas en Sucre cuando ella era niña y pasaba el tiempo colgada de los árboles con su hermana mayor y sus amigos. “Tengo recuerdos muy lindos, siempre relacionados con la naturaleza, con la magia de las voces naturales, como el viento, el sonido del agua del río, la lluvia, los grillos y las luciérnagas”.

Matilde recuerda las primeras canciones de la adolescencia, cuando tenía 13 o 14 años y hacía un par de años que ya había ganado un premio de los Juegos Florales en su Sucre natal. Esos años cuando empezó con el juego de la música y la poesía. “Yo iba descubriendo cómo se hacían los sonidos en la guitarra y empecé a elaborar melodías. Un tiempo que tocaba para aprender me salían estas melodías y me gustaba tararearlas y les ponía unas letras así, medio surrealistas, no muy coherentes, pero me gustaba hacer eso y de esa manera empecé a componer sin darme cuenta”.

Matilde y su juventud errante cuando, a sus 24 años, se fue a buscar mundos con “aquel titiritero” argentino, mucho mayor que ella. El gran amor  con el que se casó y por el que conoció otras personas igual que ellos. “Vivíamos al día, no se sabía cómo nos iba a ir. Era siempre un poco vivir en el camino. Pero eso me permitió disfrutar de la amistad de todo tipo de personas que conocí durante esta vida errante. Durante muchos años viví esa vida. De ahí recién fue que mi vocación se definió, mi vocación como música”.

La Matilde y el regreso a Bolivia en 1973, cuando ya tenía 30 años y quería asentar su carrera musical y literaria. El titiritero había quedado atrás y ahora estudiaba la guitarra para estar lista para el primer recital. Ese primer recital al año siguiente en la Peña Neira en la ciudad de La Paz, donde decidió establecerse. “Esa fue una segunda etapa en mi juventud, una etapa en la que empecé de cero. Había un público muy heterogéneo ahí y hubo un impacto en sí en la forma y estilo de mi canción. Yo no era cantante, yo era una voz que decía cosas sustanciales y era una guitarra que tampoco era un espectáculo, sino yo ahí, sentada en una silla, tocando. Ninguna cosa convencional y conocida para la gente, sobre todo si era una mujer querían que subiera al escenario, que cantara muy lindo y que diera algunas vueltas ahí”.

Matilde y esos meses en Europa a comienzos de los ‘80, cuando estaba deprimida por la muerte de Luis Espinal y de su gran amigo Marcelo Quiroga Santa Cruz, y se la pasaba encerrada en su casa. Su amiga francesa Silvie Génovèse se la llevó a dar conciertos nueve meses y pudo recuperarse y alegrar al público con sus canciones.

Matilde y ese encuentro en España, al final de su vida europea, con un amor de juventud que casi la hace renunciar a su retorno a Bolivia, un exsacerdote con el que mantuvo correspondencia durante años y que ahora se le aparecía para reclamar un lugar en su vida. “Se concretó el encuentro con él después de tanto tiempo y esto para mí también fue una sacudida en mi vida personal. Por poco me quedé a vivir allá”.

Matilde y el retorno a Sucre después de muchos años de no pertenecer a ningún lugar. “Me quedé acá por mi mamá. Me di cuenta de que había viajado mucho y ella necesitaba compañía. Ella me había dado tanto. Uno se da cuenta de que los hijos tenemos deberes, entonces me fui quedando, y además me llevaba muy bien con ella. Era una persona de una sensibilidad artística, me entendía”.

La Matilde y las canciones y los poemas que siguen formando parte de la educación sentimental de las personas, como aquel que dice: Yo busqué el amor un día/vestida de oro nuevo/de arbolitos jóvenes y traviesos/Me herí tanto la planta de los pies/caminando/sin llegar a alcanzarlo/que, tendida en el rojo desierto/me ceñí con serpientes de palabras.“Encontré el amor y lo perdí. Al final en algún poema he escrito que el amor cambia de rostro, ¿no? El amor es el mismo en realidad, pero cambia de rostro y uno cree que el amor está en esa persona y se enamora de la persona. Al final, de lo único que uno está enamorado es del mismo amor y eso me ha pasado muchas veces”.

Matilde en su casa, con la guitarra y los libros, con la música y la poesía. “Desde que me separé he vivido sola. Pero nunca he vivido sola en realidad. Tengo amigos que me dan momentos muy gratos, tengo lecturas, aficiones; por ejemplo, me gusta coser. Cosas que hacen que uno se distraiga y lleve una vida más de colores, no siempre en un solo tono”, dice Matilde.

Matilde agarra la guitarra y canta dos canciones. Buena forma de acabar la entrevista.

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Transita sus días como atada al viento

Nunca pensé en tener hijos, porque el titiritero, mi esposo, ya había estado casado antes y tenía hijos que eran casi de mi edad, porque él era mucho más mayor que yo. Entonces ahí me di cuenta de que teniendo una familia era más difícil si yo quería liberarme después. Yo sentí siempre que mi vida, mi vocación por el arte, me han llevado por caminos muy insólitos y no siempre que alguien vive con otra persona le puede exigir que le entienda o le acepte lo que uno quisiera hacer.Entonces, cierta libertad es importante para el artista, y tener hijos y todo eso al final puede ser maravilloso, pero no deja de ser una atadura en el mundo, en la tierra, y alejarte puede hacerlos sufrir y yo no quería tener un hogar inestable. Si habría tenido otro tipo de vida, hubiera elegido una familia, pero la forma como se ha ido conduciendo mi vida, un poco por el destino también ha sido medio atada al viento.

(Nota publicada en el suplemento cultural Brújula el 19 de enero de este año)

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